Las reglas de Gardner Botsford para editar un texto

No hace mucho, pensaba que la escritura significaba plasmar sobre el papel o el monitor lo dictado por la inspiración divina. Que las palabras genuinas nunca debían modificarse. Que editar era un ejercicio propio de aquellos mediocres incapaces de dar con las palabras correctas. Por suerte, me di cuenta de que estaba equivocado por completo.

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Memorias de Gardner Botsford (1917-2004)

Escribir es revisar para luego volver a escribir. No hay otra. Requiere vocación, pero sobre todo constancia. Y al igual que durante un combate de boxeo o un concierto de rock, el público no percibe las horas y horas de práctica que encierra cada movimiento. Lo más difícil es que todo parezca fácil.

Gardner Botsford (1917-2004) fue redactor, editor y director de la prestigiosa revista The New Yorker. Decían que era capaz de mejorar cualquier texto y que “resultaba muy difícil averiguar cómo lo había hecho”. Al escritor Daniel Gascón le debemos la traducción al español de las cinco reglas con las que el periodista norteamericano simplificó el arte (o la artesanía) de la Edición. Desde aquí le doy las gracias.

Comparto a continuación los consejos de Botsford para profesionales de la edición de textos. Os adelanto: todo se resume en humildad y trabajo; trabajo y humildad. Y así será siempre.

Regla general n.º 1: Para ser bueno, un texto requiere la inversión de una cantidad determinada de tiempo, por parte del escritor o del editor. Wechsberg era rápido; por eso, sus editores tenían que estar despiertos toda la noche. A Joseph Mitchell le costaba muchísimo tiempo escribir un texto, pero, cuando entregaba, se podía editar en el tiempo que cuesta tomar un café.

Regla general n.º 2: Cuanto menos competente sea el escritor, mayores serán sus protestas por la edición. La mejor edición, le parece, es la falta de edición. No se detiene a pensar que ese programa también le gustaría al editor, ya que le permitiría tener una vida más rica y plena y ver más a sus hijos. Pero no duraría mucho tiempo en nómina, y tampoco el escritor. Los buenos escritores se apoyan en los editores; no se les ocurriría publicar algo que nadie ha leído. Los malos escritores hablan del inviolable ritmo de su prosa.

Regla general n.º 3: Puedes identificar a un mal escritor antes de haber visto una palabra que haya escrito si utiliza la expresión «nosotros, los escritores».

Regla general n.º 4: Al editar, la primera lectura de un manuscrito es la más importante. En la segunda lectura, los pasajes pantanosos que viste en la primera parecerán más firmes y menos tediosos, y en la cuarta o quinta lectura te parecerán perfectos. Eso es porque ahora estás en armonía con el escritor, no con el lector. Pero el lector, que solo leerá el texto una vez, lo juzgará tan pantanoso y aburrido como tú en la primera lectura. En resumen, si te parece que algo está mal en la primera lectura, está mal, y lo que se necesita es un cambio, no una segunda lectura.

Regla general n.º 5: Uno nunca debe olvidar que editar y escribir son artes, o artesanías, totalmente diferentes. La buena edición ha salvado la mala escritura con más frecuencia de lo que la mala edición ha dañado la buena escritura. Eso se debe a que un mal editor no conservará su trabajo mucho tiempo, mientras que un mal escritor puede continuar para siempre. La buena escritura existe al margen de la ayuda de cualquier editor. Por eso un buen editor es un mecánico, o un artesano, mientras que un buen escritor es un artista.

 

 

 

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Un comentario sobre “Las reglas de Gardner Botsford para editar un texto

  1. Veo que estás fascinado por Gardner Botsford. Te sugiero que revises la abundante información periodística de su tiempo que consagra lo que todos conocían del personaje: Dios abajo nadie más excelso. El macrodesarrollo de la industria editorial estadounidense se basó en generar productos de consumo mayoritario, aunque para ello, tuvieran que maquillar -sus famosos editores- auténticas estulticias. Reflexiona, analiza y verificarás que lo mejor de la literatura universal pertenece a tiempos anteriores al éxito de los editores yankis. Sucede que la mediocridad diseñada, generalmente para personas de cultura media y absolutamente insuficiente, nos ha impedido volver a tener acceso al talento inaudito que nace del Renacimiento. Gracias a Dios, Cervantes y Shaquespeare carecieron de un cretino capaz de amputarles su talento.

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