Hasta siempre, Iracundo

“El Pablo” y yo bajamos como alma que lleva el diablo camino de nuestras casas. En los días venideros, sus padres saldrían el Jueves Santo a ver la procesión del Nazareno y nos dejarían en casa solos. Era un buen plan para el día del Jueves Santo. Había licores encerrados bajo llave y, por supuesto, conocíamos el escondite de dicha llave mágica. Un colega de su hermano mayor nos había grabado gran cantidad de cintas de casete de grupos como los Eskorbuto, Kiss, Metallica, Kortatu, y un largo etc de buena música.

El Jueves Santo llegó…

Bebíamos cuando escuchamos el fuerte redoble de tambor de música de Semana Santa. Nos asomamos al balcón. En el edificio de enfrente estaba un tipo ataviado de penitente tocando la caja. Volvimos dentro y cerramos el balcón.

Nos quedamos dormidos. A la mañana siguiente, el olor a churros y chocolate caliente nos despertó.

Pocos fragmentos literarios reflejan lo que significa crecer en Linares como éste de El Iracundo. Su autor, Miguel Ángel Noguera Ureña, fue un hombre del Renacimiento en plena Posmodernidad: maestro con vocación de escritor, hizo sus pinitos en el cine mientras su obra pictórica se exponía en Madrid o en Bilbao. Recientemente había publicado Soñar Mata, un diario surrealista no apto para lectores comerciales, como bien advirtió en su contraportada.

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Miguel Ángel Noguera Ureña

Lo conocí hace unos meses, en Entrelibros. Ejercía de jurado en el premio literario que concede la librería. Él mismo lo había ganado el año anterior con su Iracundo. Quería hablar. Conmigo, con las autoridades, con cualquiera que le escuchara. “La cultura no se valora como es debido en esta ciudad”, afirmaba. “Y no será por falta de artistas… pero para que te hagan caso, tienes que irte fuera, triunfar y volver. No hay otra”. Estaba resentido, aunque en ningún momento dejó de ser amable.

Tras invitarme a luchar por las causas perdidas, supongo que como a todos sus lectores, me dio su teléfono. Para que lo entrevistara, le preguntara cualquier duda o simplemente, “para hablar”. No pedía nada más. Por desgracia, jamás podré concederle ese gusto. Miguel Ángel Noguera Ureña nos dejó hace un mes, el 29 de junio de 2017.

“Matar a un hombre es algo despreciable. Le quitas todo lo que tiene, y todo lo que podría llegar a tener” afirma Clint Eastwood por la boca de Will Munny en Sin Perdón. Cuando muere un creador, la tragedia es todavía más profunda: de golpe desaparece su mundo interior, con todos sus personajes y escenarios. También se borran las emociones, los sentimientos y las ideas que el público estaba llamado a experimentar. Sin Miguel Ángel, todas las personas más o menos creativas y sensibles hemos perdido algo. Algo difícil de explicar y que nos deja huérfanos; más solos y abandonados en este páramo cultural en el que se ha convertido todo.

Para honrar su memoria, no se me ocurre nada mejor que continuar creando. Del mismo modo, desde aquí os propongo desarrollar al máximo la imaginación en la medida de lo posible. Pintura, poesía, cine, fotografía… da igual, una obra sincera siempre es valiosa. Él mismo estaría de acuerdo.

Y a su vez, animo a todos aquellos que se vean privados de originalidad a invertir algo de tiempo en la Cultura. Que frecuenten más el cine, el teatro, las bibliotecas y librerías. Que por un momento vivan más allá de la óptica del beneficio y del consumo. Así, tal vez dentro de unos años, nuestra ciudad se parezca más al Madrid, la Barcelona o el Bilbao que tanta envidia sana producían a nuestro autor. Aunque póstuma, esa sería su mejor victoria.

En fin, allá donde estés, te recuerdo que tenemos una conversación pendiente. En lo que a mí respecta, te haré caso y seguiré escribiendo. Hasta siempre, Iracundo.

 

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