Crónicas del Gachi (XIII): aislamiento en Linares-Baeza

La estación Linares-Baeza da nombre a la pedanía en la que se ubica. Pertenece a Linares, y tal vez se trate de su entrada más importante. Al menos en cuanto a historia, pues se fundó en 1866. También en lo relativo a las historias, en plural: hubo un tiempo en el que su bar no cerraba en toda la noche y en él se clausuraban las juergas de la comarca. Pero no voy a contar nada de eso. Dicha estación ferroviaria está situada en uno de los tantos páramos meridionales de la Península cuyos servicios son cada vez más limitados. Para que os hagáis una idea, no hay un solo lugar donde comprar el periódico.

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Plaza de las palmeras de la Estación Linares-Baeza.

Lo comprobé hará cosa de un mes, esperando un tren. Aprovechando un ligero retraso en la hora de llegada, pregunté por un lugar para adquirir el diario. El señor de la ventanilla me envió al bar de enfrente, cuyo encargado admitió que no conocía ningún kiosco cercano. Vamos, que no había prensa en la Estación, al menos para los no suscriptores. Y no es el único ni el peor de los dramas; meses atrás, los vecinos de la zona estuvieron a punto de quedarse sin ninguna sucursal bancaria. Me parece lamentable. Y una cosa tengo muy clara: la culpa no la tienen ellos.

Hace poco, Juan Manuel de Prada denunciaba en su columna para XL Semanal cómo la filantropía había diluido la noción de calidad. Resulta más sencillo indignarse por redes sociales y enviar dinero a una causa remota (vía intermediario) que echar una mano al vecino. Creo que está en lo cierto.

Linares está muy mal y todos lo sabemos. Su economía aún no se ha recuperado del cierre de Santana, luego el descontento con las instituciones está más que justificado. Pero a veces, inmersos en nuestras legítimas quejas, nos olvidamos de mirar alrededor. Cerramos los ojos ante el cierre de pequeños comercios, el progresivo éxodo de la gente joven o que determinadas áreas de nuestra ciudad cuenten con servicios públicos más y más reducidos. Como la Estación Linares-Baeza, aislada y abandonada, hasta la fecha el único acceso ferroviario a nuestra ciudad.

Quizás, espero que no, llegue un día en el que no se pueda acceder a Linares en tren. Entonces volverán los lamentos nostálgicos y las movilizaciones espontáneas mientras se busca a quién señalar con el dedo. Y todo porque en su momento no quisimos -o no pudimos- ver un poco más allá de nuestro ombligo y darnos cuenta de las necesidades del otro, que de una u otra forma también son las nuestras.

En lo que a mí respecta, ignoro la receta para arreglar mi ciudad. Es más, desconfío del que presume de conocerla. Pero estoy convencido de que el primer ingrediente es preguntarnos qué podemos hacer por los demás, a pesar de nuestros propios problemas y limitaciones, para poder así actuar en consecuencia. Creo que ya toca recuperar esa costumbre tan sana.

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