Los males de mi tierra

Generalizar está mal visto. La escuela sirve para aprender que el mejor escribano comete más de un borrón y que las excepciones confirman todas las reglas. Sin embargo, con frecuencia pensamos que cualquier afirmación acerca de un colectivo es sinónimo de dogmatismo. Entonces, pudorosos, callamos para no hacer frente a las estadísticas más impopulares. Dicho de otro modo: nos escudamos en que los alemanes no eran todos nazis para obviar que los nazis eran alemanes. Y aunque resulte ingrato, deberíamos asumirlo. Del mismo modo, convendría tener presente que si bien los andaluces no somos analfabetos, el fracaso escolar es uno de los grandes males de nuestra tierra. Y creo que nunca hemos sido lo suficientemente críticos a la hora de analizarlo.

Hace poco, mi ciudad acogió un festival de Literatura Fantástica. En él participaron escritores, editores, traductores y demás profesionales del sector. Sin embargo, la única representante política que se implicó en su organización y participó en el acto fue la concejala de Juventud.

No quiero juzgar a nadie. A mí mismo me fue imposible asistir y supongo que fueron los que se quedaron con las ganas. Pero me temo que no es casualidad que este último evento -exitoso en cuanto a afluencia, por cierto- pasara tan desapercibido políticamente, mientras que actividades relacionadas con el mundo cofrade o la tauromaquia se sigan considerando de postín. Actividades, dicho sea de paso, a las que acuden a mansalva periodistas, fotógrafos y un sinfín de personalidades ilustres, que no ilustradas. Gomina y caspa. He ahí la mejor metáfora de nuestra sociedad: afanados por figurar, por salir en la foto, acabamos dando la espalda a los libros.

En efecto, pienso que existe una relación demasiado estrecha entre el retraso socioeducativo andaluz y la mentalidad frívola, heredada del señorito, que manda aprender a leer y escribir para distinguirse socialmente, comprar libros para decorar estanterías y dejarse ver en la feria o en los tablaos para lucir traje y vestido. Esa misma mentalidad que considera la Cultura como una pose de cara a la galería, y no como lo que es en realidad: un instrumento para el cambio social que nos hace más libres.

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Carátula de ‘Andalucía, la que divierte’ (Pepe Suero, 1978)

Hay una copla de Pepe Suero, sencilla y a la vez punzante, cuya letra demuestra una insólita lucidez pese al dolor que irradia. Sus primeras estrofas rezan lo siguiente:

Andalucía, la que divierte,
grabao a fuego lleva un puñal
de yunques viejos que la dirigen
y la enseñaron solo a rezar.

Andalucía, de pueblos llanos
de rubio trigo y limpia sal,
tienes la pena de tus poetas
los que murieron y morirán.

El bueno de Pepe Suero lo supo ver. Se dio cuenta de que la ignorancia y la autocomplacencia seguían amordazando a sus paisanos. Y como no podía ser de otra forma, las instituciones le ignoraron, al igual que a Carlos Cano o a Diamantino García. Los tres coincidían en lo esencial con el también proscrito Antonio García Trevijano, a quien no le tembló la voz al afirmar que el español era un pueblo dramático, pues bajo una apariencia de superficialidad y simpatía, “sobre todo en Andalucía”, escondía tras de sí el drama del fracaso. Un drama confirmado por todos nuestros universitarios que no conocen tales nombres y sí el de tantos futbolistas y toreros.

Sí, yo también tengo claro que leyendo a Bécquer, Machado o Alberti no se crearán puestos de trabajo de la noche a la mañana. Ojalá fuera tan fácil. Pero si amueblamos un más y mejor nuestras cabezas y nos esforzamos en avivar nuestro legado cultural, quizás, en una o dos generaciones, las dolorosas estadísticas relativas a igualdad de género, al abandono escolar o al desempleo juvenil acaben mostrando una realidad menos desagradable, sin necesidad de ‘maquillar’ ningún dato. Y así, tal vez, aquellos que acumulen cierto capital lo inviertan en su propia formación para después crear riqueza en su tierra y beneficiar a sus habitantes. Como sucede en los países más desarrollados, ni más ni menos.

Siempre he pensado que nacer en Andalucía es un privilegio. Su luz, su clima y el carácter de su gente alimentan el espíritu de cualquiera. Pero con el estómago vacío, de poco sirve. Mucho me temo que si no erradicamos de una vez los males de nuestra tierra, las risas pronto se convertirán en llanto y todo nuestro arte se revelará como una farsa. Dramático desenlace. Espero que aún estemos a tiempo de reescribirlo.

 

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Un comentario sobre “Los males de mi tierra

  1. Temo mucho que el “dramatismo”, le lleva ya cierto tiempo siendo inoculado a las poblaciones de todo Occidente con resultados exitosos, para quienes lo promueven, con neoesclavitud clasista inducida. Otra cosa es que los españoles y más todavía los residentes en Andalucía, tengan mayor vulnerabilidad en función de mayor sensibilidad. Recomiendo el hiper-proscrito libro “Behold a Pale Horse” de William Cooper, Light Technology Publishing, 1991.
    Su autor, eminente periodista y escritor norteamericano, fue asesinado por policías de paisano en los EEUU. Léetelo, si lo encuentras y no lo has leído todavía, entenderás muchas cosas.

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