Nos quieren súbditos

Hace un par de días casi me atraganto mientras consultaba la prensa durante el desayuno. La culpa la tuvo el artículo Cervantes ya no es una opción: el PP aniquila la literatura del bachillerato, de EL ESPAÑOL. En él, Carlos Mayoral lamenta la supresión de Literatura Universal en el segundo curso de ese ciclo. Pasará de asignatura de evaluable para Selectividad a optativa de primero. Perderá peso. Y no es la única tragedia: Cervantes, el boom latinoamericano o el Siglo de Oro ya no son más materia de examen, ni por tanto, de estudio.

Me gustaría creer que se trata de la enésima torpeza del Gobierno actual, pero unas declaraciones del exministro Wert recogidas en el artículo me llevan a pensar lo contrario. Y el mensaje implícito me parece de lo más perverso: leer es inútil, porque así lo dicta el mercado laboral. Lo que significa que las mentes más creativas, las difíciles de homologar, no tienen hueco en este sistema. Adiós a la teoría de las inteligencias múltiples, sálvese quien pueda hacer números y balances, como bien expresó mi amiga Olatz en su blog.

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‘Muerte de Don Quijote’. Grabado de Gustavo Doré.

Algunos opinan que no vale la pena dramatizar. Que quitar una asignatura tiene una importancia relativa. Y así es. Yo también pienso que el problema de la Educación en España va mucho más allá de ampliar o reducir el número de optativas. Con Literatura Universal en Selectividad, nuestro sistema educativo ya era un mierda. Pero sin ella, el tufo se volverá todavía más intenso: la falta de pensamiento crítico y el “aborregamiento generalizado de los jóvenes de hoy” no se van a paliar si se impide a los alumnos conocer a los autores que dedicaron su vida y su obra a combatirlo.

Creo además que detrás de todo esto subyace una cuestión cultural o ideológica: la batalla entre el los partidarios del utilitarismo economicista en el sistema educativo frente a los humanistas que priorizan su rol cívico y redentor. Nuestro actual Gobierno parece decantarse por los primeros. Nos quiere útiles, sumisos, ‘empleables’; capaces de realizar múltiples tareas a la vez aunque carezcan de sentido final. Nos quiere súbditos, no ciudadanos; que obedezcamos antes de que desarrollemos nuestras propias ideas.

No se trata de fomentar las humanidades a lo loco. Ante la falta de preferencias o la coexistencia de diversas aptitudes siempre es recomendable escoger el camino seguro. Mas los diferentes también tenemos derecho a serlo. A estudiar autores clásicos, lenguas muertas o especies protegidas. A formarnos para trabajar en profesiones menos convencionales. O al menos, a intentarlo. Y si existen más vocaciones de un tipo que de otro, si demasiadas personas no pueden dedicarse a aquello para lo que nacieron, tal vez sea hora de plantearnos qué tipo de sociedad estamos construyendo; una conclusión desagradable para el poder establecido.

Soy de los que piensan que la Educación tendría que prepararnos para la vida, liberada del funesto apellido “laboral”. Lo aprendido a lo largo de la etapa formativa debería servirnos para siempre, profesiones (y pretensiones) al margen. En la presente época, con casi toda la información al alcance de un clic, memorizar el qué, cuándo y dónde resulta cada vez más prescindible. En cambio, dilucidar el cómo y el porqué de todo se ha vuelto más necesario que nunca. Ese sería un enfoque sencillo y práctico a la hora de emprender cualquier reforma educativa. Uno de tantos.

Pero seamos francos: nada va a cambiar. No les interesa a los que mandan. Su prioridad es maquillar unas estadísticas vergonzantes. Hacer creer a Europa y al mundo que no somos lo que somos. Verter tanta gasesosa en el vino hasta que pierda gusto y color, manteniendo, eso sí, la botella y el precio originales. Cuando finalmente lo logre, el partido en el poder impondrá la Religión Católica o la Educación para la Ciudadanía y recortará o ampliará competencias a las consejerías de Educación de cada comunidad autónoma. Hasta que dentro de cuatro años, el nuevo Gobierno decida deshacer todo lo que hizo el anterior. Y así sucesivamente.

Poco a poco, se irá levantando un escenario en el que, según Jesús Nieto Jurado, “veremos en Sant Jordi a tetonas y cocineros y magufos vendiendo libros. Y será el final, con el crujir de dientes y las trompetillas de Jericó”. Algunos, los más afortunados, buscarán consuelo entre sus semejantes y podrán rememorar tiempos pretéritos. La mayoría ni siquiera tendremos a quién llorar. Ni palabras para expresarnos.

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