Crónicas del Gachi (XI): Pantano de Baños, playa de Linares

Una ciudad sin playa es una ciudad acomplejada. Por más que su Ayuntamiento invierta en Medioambiente, Cultura o Fomento, por muchos premios y muestras de reconocimiento que pueda recibir, siempre le faltará algo. Al menos así lo creen sus habitantes. Les sucede a metrópolis globales como Sao Paulo, París o Milán; a urbes medias tipo Lille, Zaragoza o Florencia; a capitales de provincia del estilo de Córdoba, Pamplona o Toledo. Y también a Linares, otra integrante de un club nada selecto.

Hay villas que no admiten sus propias carencias y afirman “ser de montaña”. La mía, en cambio, camufló su tara enviando pobladores a ocupar de facto el Pantano de Baños de La Encina. Así nació la playa de Linares, término muy arraigado a pesar del agua dulce y de ubicarse fuera de nuestro término municipal.

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La playa de Linares te ofrece menos que las convencionales: no hay arena para hacer castillos ni orilla suficiente para jugar a la pelota. Tampoco puedes surfear ni almorzar en sus inexistentes chiringuitos. No obstante, el agua no es tan gélida como Rías Baixas, está prohibido arrojar basura y se puede pescar y montar en piragua. O lanzar piedras sobre la superficie a modo “salto de rana”, un pasatiempo de otra época que aún pervive. E igual de satisfactorio que, recién salido del agua, devorar el bocadillo de embutido envuelto en papel de aluminio que tú mismo has preparado para la ocasión. Y es que la infancia nunca pasa de moda en aquellos lugares que conservan caminos para bicicletas.

El clima en esta región suele ser benigno todo el año, salvo en los veranos de 35ºC a medianoche. Esos mismos en los que el Pantano presenta, a modo de protesta, una mayor afluencia de gente y de coches. Es entonces cuando reduce su distancia con respecto a las playas estandarizadas, sobre todo en lo relativo al sonido-ambiente y a la acumulación de residuos no siempre orgánicos. La historia de siempre, solo que a menor escala.

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No obstante, el pantano nunca será un destino de lujo ni masificado. Pocos faranduleros presumirán de haber puesto un pie en estas lindes casi desconocidas. Allí, los focos se mantienen apagados. Y no deja de ser parte de su encanto, como el hallarse inmerso en un mar (de olivos) o pertenecer a Baños de la Encina. Un pueblo pequeño de calles empedradas, presidido por un castillo edificado en pleno Califato de Córdoba que encierra mil y una historias. Quizás las cuente en mi próxima entrada.

castillo baños

 

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