Chabacanos al poder

La televisión ya no es un mero soporte; ahora también configura una nueva categoría periodística. Cada día escribimos, leemos y conversamos sobre su programación. Por mi parte, nada que temer. Lo que sí me preocupa es que el medio determine el mensaje, como bien diría Marshall McLuhan, de manera que el llamado ‘estilo televisivo’ se acabe enquistando en todas las formas de comunicación contemporánea. En otras palabras: brevedad, inmediatez e impacto en detrimento de la profundidad; adiós al análisis, larga vida al zasca.

En las últimas semanas, los televidentes españoles pudimos contemplar como un tertuliano hacía perder la paciencia a un economista hasta que finalmente decidió abandonar el plató; o la reacción de un presentador que, dolido tras verse caricaturizado en otro programa, se burló de las cifras de audiencia de éste. También tuvimos la oportunidad de observar en riguroso diferido los intentos del presidente de una asociación para desacreditar a un entrevistado del que afirmaba no tener ningún interés en conocer. Todos ellos demostraron compartir al menos dos tendencias en su comportamiento, tales como tener razón te exime de justificar tus afirmaciones y todo vale por conseguir audiencia. Un cóctel explosivo que me atrevo a bautizar como orgullo chabacano, con denominación de origen 100% televisiva.

Los tres son algo más que casos particulares, valga como prueba que todavía se hable de ellos y que susciten opiniones tan dispares. Mas pese a todo y a todos, me resiento a creer que otra televisión sea imposible. Espacios como Millenium, en La 2 de TVE, o Fort Apache, en Hispan TV, constituyen sendos ejemplos de un estilo que debería extenderse, sintetizable en pensar y escuchar antes de hablar y nunca una palabra más alta que otra. 

Quizás, el primer paso para arreglar la pequeña pantalla pase por revisar nuestra percepción del perfil telegénico tradicional, vinculado al histrionismo y a la superficialidad, y demandar otras formas profesionales más asociadas a los conductores radiofónicos. Me temo que no tengo una respuesta, a diferencia del incombustible Neil Postman, célebre por su pesimismo respecto a la caja tonta. Sea como fuere, mientras no convirtamos a la sucesión de imágenes en movimiento en el sustituto irrevocable de la palabra escrita, nada estará perdido.

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Viñeta de El Roto. Fuente: El País.
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