Errónea indignación

Pamplona, enero de 2017. Las marquesinas de las paradas de ‘villavesa’ (autobús), amanecen decoradas con carteles de la última campaña de la asociación Chrysallis, integrada por las familias de los menores transexuales del País Vasco y Navarra. Hay niños con pene y niñas con vulva. Así de sencillo, reza su eslogan. La mayoría sufre cada día porque la sociedad desconoce esta realidad, acompaña el segundo nivel de texto. Hablemos de ello, su felicidad también depende de ti, concluye el anuncio. Por el momento, nada que no sea cierto.

La infancia es un periodo en el que por definición se sufre, bastante más si eres diferente. Solo por su radical sencillez, esta campaña me parecía loable. Ya es complicado nacer distinto, no se lo pongas más difícil, dicho de otra manera. Pero no todos lo ven así.

Lo sé porque, hace unos días, un amigo compartió en su muro de Facebook la siguiente fotografía:

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¡Y los pollos tienen escamas y las sardinas alas!, puede leerse en la hoja del centro. No he conocido ningún caso, ni a nadie que pueda corroborarlo, pero da igual. Lo realmente pintoresco no es eso, ni que se tache el anuncio con cinta policial. Tampoco el intento mojigato de tapar la zona genital de dos de los niños con el folio. Lo más inquietante fueron las excusas, que no argumentos, empleadas por algunos para justificar el amago de vandalismo.

En efecto, minutos después de publicar la foto, en el muro de mi amigo podían leerse todo tipo de improperios contra los mensajes de Chrysallis amparándose en la Ley Natural y la Biología, para a su vez despotricar contra el supuesto el lobby integrado por quienes defienden la ideología de género “cuyo único objetivo es destruir la familia tradicional”. No podemos permitir que se corrompa de esa manera a los niños indefensos. A los transexuales hay que quererlos, pero no dejar que se extiendan. Los niños no tienen la madurez suficiente para este tipo de imágenes. Al fin y al cabo, aunque sean dibujos, están desnudos.  

Al principio me escandalicé; poco después empecé a sentir una mezcla de rabia y pena. No pude resistir el impulso y expresé mi opinión, como tantos otros. Daba igual; los que pensábamos que la campaña era correcta, aunque muy mayoritarios, no les íbamos a convencer.

Conozco a varios de los que se echaron las manos a la cabeza e intentaron justificar este pequeño pero simbólico acto de sabotaje. No son estúpidos, tampoco iletrados. Sin embargo creen, con toda su honestidad, que las potenciales víctimas son los niños mal llamados “normales” que pueden observar el anuncio mientras esperan el autobús, no aquellos a los que les ha tocado nacer hermafroditas o transgénero. A pesar del infierno en el que muchos de estos últimos viven y que se refleja en un alto porcentaje de intentos de suicidio, o del acoso escolar al que se ven sometidos por no encajar con los parámetros de una sociedad intransigente. Pese a todo, piensan que lo esencial del asunto radica en que el dibujito sin colorear muestra a cuatro niños desnudos. A su entender, “corrompe a los menores”. Cuestión de sensibilidades.

Da la impresión de que en esta época hubiera que estar indignado todo el tiempo. Justo por eso, creo que a los ciudadanos de hoy nos corresponde realizar un gran esfuerzo para distinguir las luchas que merecen la pena de aquellas que resultan contraproducentes o directamente erróneas. Debemos aprender a diferenciar entre quienes quieren derribar muros y aquellos que claman por construirlos, entre los que intentan erradicar prejuicios y quienes los propagan; a discernir los principios y valores inclusivos de los excluyentes.

No siempre es fácil. Yo también he juzgado mal a quien no debía por ignorancia o miedo. Mas a día de hoy tengo muy claro que criminalizar desde mi zona de confort a colectivos que sufren supone el primer paso hacia algún tipo de barbarie de la intentaré no formar parte.

Esta campaña me parecía loable, pero me equivocaba. Acabo de darme cuenta de que, por desgracia, sigue siendo más que necesaria. Mucha suerte con ella a Chrysallis Euskal Herria.

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