Nostalgia entre bastidores

Echo de menos hacer teatro. Llegué hasta él en el colegio, mediante la típica función navideña, y lo redescubrí en el último año de universidad gracias a la tropa Teatrolari de Iruña. Nunca les agradecí todo lo aprendido a lo largo de un curso: técnicas de relajación y respiración, la importancia del entorno, la necesaria construcción y evolución de cada personaje y un sinfín de elementos difíciles de percibir que marcan la diferencia de cada representación. Creo que el desarrollo de Grecia y Roma se debió en mayor medida al talento de sus hombres sobre el escenario que en el campo de batalla.

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Actores de la Compañía Nacional de Teatro Clásico representan ‘La vida es sueño’, de Calderón de la Barca.

El prestigioso abogado y fugaz político Antonio Garrigués-Walker montó una compañía de teatro amateur para distraerse sus ratos libres. Qué mejor manera de desconectar de la realidad que diseñando otras, debió pensar. Los escenarios también acogieron un tiempo al füher del bigotito. Entre bastidores, Adolf aprendió a proyectar la voz para lanzar arengas a una audiencia anhelante de emociones. Años más tarde, cambiaría el teatro de verdad por el de la política, para desgracia de todos. También se dice que sobre la tarima se han entrenado algunos diputados de Podemos. Si fuera cierto sus adversarios deberían temblar, pues pocas escuelas te preparan mejor para la vida que las artes escénicas.

Hace ya más de un mes asistí con un amigo al teatro Cervantes de Linares a la representación de Quijhostia, un spin-off del clásico cervantino escrito y dirigido por Pedro Güido, con puesta en escena a cargo del grupo La Cuerda. Aunque fuera una comedia, no hubiera más de cuatro personajes y contara con una sola línea argumental, abordaba con maestría un gran tema que nos atormenta desde el principio de los tiempos: la diferencia entre amar y querer. Disfruté mucho desde el patio de butacas, pero en el fondo sentía envidia del elenco de actores. Pocos placeres superan al de sentir la gratitud del público ante un trabajo bien hecho que lleve tu firma.

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Hacer teatro es ponerse a la fuerza en el lugar del otro para emprender acciones de las que te creías incapaz. Perder el temor a ser juzgado y a equivocarse, prescindiendo del innecesario qué dirán. Te permite vivir en otro cuerpo, viajar en el espacio y en el tiempo sin salir de ti mismo; habitar en las grandes obras de la literatura universal y conversar con sus personajes. Y todo sin más elementos de apoyo que un texto, un escenario y alguien con quien interaccionar.

Fueron el teatro, el voluntariado y el erasmus en Francia los artífices de mi victoria frente al miedo escénico. Así que en caso de que os sobre el tiempo y os falten retos, no lo dudéis: apuntaos a la escuela o taller dramáticos que más os convenza de vuestra zona. Notaréis la evolución personal y el placer escénico en cuestión de semanas. Y para estrenar la lista de propósitos de 2017, prometo predicar con el ejemplo y volver a los escenarios cuando esté más libre. Os doy mi palabra.

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