El significado del éxito

El pasado domingo hubo partido en Linarejos. Era el último del año y de la primera vuelta de la liga, conocida como Torneo de Apertura allá en Argentina. Antes de acceder a la tribuna de la prensa, la recepcionista me retuvo. “Toma. No la pierdas”, dijo a la par que me entregaba una tarjeta blanca. En ella podía leerse mi nombre, el de mi periódico y el recordatorio de que ésta era propiedad del club de fútbol que me la había cedido. En ese momento me acordé del yo de hace más de una década, un niño temeroso sin apenas responsabilidades, que como tantos otros devoraba con pasión las crónicas de su equipo en la prensa local. Y sonreí. Porque, con algunos años de retraso, acababa de culminar un sueño de la infancia: cubrir para un medio de comunicación los partidos del Linares.

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Nos hacen creer que el éxito, vocablo tan de moda, es ocupar un puesto o alcanzar un hito que te reporte la falsa adulación de que aquellos a los que nunca importaste lo más mínimo. En realidad, muchas veces sin ser conscientes, nos preparamos para vivir así, de cara a la galería y en permanente contradicción, que intentamos romper huyendo hacia delante. Grave error.

Creo que la mayor satisfacción siempre parte de estar en paz con uno mismo. Y advierto que no resulta nada sencillo. No es fácil acordarse de las irrelevancias que hace no tanto nos paralizaban, de las personas a las que no tratamos bien o de aquellas que nos hicieron daño. No es fácil revivir nuestros fracasos, ya sean amorosos, académicos o profesionales, muchos de ellos inevitables pese a la buena voluntad y toda la energía invertida. No es fácil mirar atrás, localizar a un yo irreconocible y perdonarle todas sus locuras. Pero hay que hacerlo. Solo así, tras conversar con el niño que una vez fuimos, uno se da cuenta también de sus propios logros.

Vivimos tan ensimismados y a tal velocidad que con frecuencia nos olvidamos de aquel extraño que a pesar de las diferencias iniciales se convirtió en nuestro mejor amigo, del lugar que dejamos de visualizar en postales porque pudimos visitar en persona, del examen que parecía imposible y que aprobamos con nota o de aquella representación que encantó a un público que no notó nuestro nerviosismo. De todos los grandes triunfos del ayer, quizás hoy irrelevantes, pero que hasta hace poco configuraban nuestro pequeño mundo.

Volviendo al partido del domingo, admito que cuando era niño sentía envidia sana de Ángel Mendoza, Miguel Ángel de la Cámara y del resto de cronistas deportivos locales. Pensaba que no había nada mejor que recibir un salario a cambio de contar los partidos de tu equipo. Con el tiempo, uno se cura de espanto y de ingenuidad, renuncia a ciertas metas y se plantea otras nuevas. Es ley de vida. Sin embargo, aquel día un niño del mismo lugar pero de otra época se sintió inmensamente feliz. Y otro bastante mayor empezó a entender de verdad lo que significa el éxito.

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