Prensa, autocrítica y malas noticias

Nos la han colado otra vez. Me refiero al caso de Nadia Nerea, la niña de once años enferma de tricotiodistrofia cuyo padre amasó cientos de miles de euros gracias a ella. No se me ocurre calificativo para definir a un progenitor que, aupado por el altavoz de la prensa, se lucra con el sufrimiento de su hija mediante el abuso la buena fe ciudadana. Sea como fuere, los periodistas no hemos estado a la altura, como tampoco lo estuvimos en vísperas de aquel referéndum que iba a garantizar la permanencia del Reino Unido en la Unión Europea, o antes de esas elecciones estadounidenses de las que Hillary Clinton saldría victoriosa. Ahí también nos la pegamos. Mea culpa. 

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Dibujamos escenarios ideales en los que el odio, el sufrimiento y la mentira no tienen cabida. Pensamos que ofreciendo una cosmovisión favorable al común de los mortales no solo desempeñamos nuestro oficio de la mejor manera posible, sino que además contribuimos a crear un mundo más justo. Nada más lejos de la realidad. Os diré un secreto: no somos tan importantes. No, al menos, para escribir sobre la marcha el transcurso de la Historia, pues ésta continúa su camino impasible ante las opiniones de cualquier mortal. Nuestro trabajo nunca fue ese.

Parecerá demasiado prosaico, puede que incluso desilusionante, pero creo que la esencia del Periodismo no es otra que contar lo que pasa. Así de simple. Todo lo demás es secundario, y desde luego que está fuera de lugar si contradecimos una premisa tan sencilla. Las mejores historias no tienen cabida en este mundo si no son ciertas. Los datos más esperanzadores no valen de nada si no se pueden corroborar. Y cuando se cometan errores esenciales tan graves no deberían admitirse las excusas por el exceso de prisa ante el cierre de la edición o por la falta de rentabilidad de nuestra empresa. Solo cabe pedir disculpas, tal y como ha procedido el diario EL MUNDO (chapeau).

Estoy harto del ombliguismo y la deformación profesional habitual de los periodistas. Sí, seguro que yo tampoco me libro y más de una vez las he padecido, para desgracia de los que me rodean. Lo lamento. Pero al igual que Ángeles Caballero, tengo muy claro que no somos la leche. Lo cierto es que el oficio, al igual que cualquier otro, tiene zonas sombrías y a veces resulta ingrato, incluso para las vocaciones más firmes.

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Viñeta de El Roto/ Fuente: El País

En nuestro proceso formativo nos dejamos comer el coco con escenas de Lou Grant, The Newsroom o Todos los hombres del presidente, cuando este mundo se parece más a Soy Leyenda o The Walking Dead: un escenario apocalíptico donde las puñaladas traperas son constantes y todos los perfiles acaban reducidos a dos: aquellos que piensan que el fin justifica los medios y los que lo niegan.

Probablemente, en la sempiterna crisis del Periodismo tenga algo que ver que los primeros se han impuesto a los segundos invocando a la revolución digital, también conocida como dictadura del click. Tal vez, el descrédito que padecen los medios de comunicación actuales impulse a la gente a actuar de manera contraria al dictado de aquellos. Por ejemplo, votando la opción más demonizada. Quizás, solo quizás, la constante ausencia de autocrítica cuente (y cueste) más de lo que pensamos.

Yo al menos tengo claro que en esta película, por muy molestos que resulten y por mucho miedo que nos puedan causar, los malos no son los zombis. Y no es una buena noticia.

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