Tarde de fútbol en Vallecas

El fútbol es lo más importante entre las cosas sin importancia, dijo en más de una ocasión el célebre Jorge Valdano. ¿Qué hace a este deporte algo tan especial? Diría que su sencillez, que le permite conectar con lo más profundo del alma de la gente. Eres de un equipo porque este  es parte de ti, como lo son tu barrio, tu ciudad o tu amigos. Esa comunión pude sentirla hace algunas semanas, en el Campo de Fútbol de Vallecas, cuando fui a ver al Rayo Vallecano, carismático club madrileño, en su enfrentamiento ante el no menos simpático Cádiz Club de Fútbol.

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El Rayito venía de jugar en Primera División. Su descenso fue trágico y no estuvo exento de polémica. Pero es en la adversidad, precisamente,  cuando la afición ha de responder. El precio de los abonos no se adaptaba a las circunstancias actuales, y los primeros resultados del equipo no habían sido los esperados. Aún y todo, aquella tarde, el público respondió. Enfrente tenían a otro club, al Submarino Amarillo, que lleva años lidiando con una inmerecida irrelevancia, malviviendo en la división de bronce con demasiada frecuencia. Me pregunto que hubiera sido de ese equipo sin una afición igual de fiel que la de su rival aquella tarde.

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Del partido, poco que comentar. Los locales salieron enchufados y acabaron endosando tres al conjunto visitante, que solo reaccionó cuando no le quedaban ni fuerzas ni tiempo. Un encuentro franjirrojo de principio a fin, para merecida alegría de unos hinchas sufridores por naturaleza. Qué sabrán de esto los dos grandes equipos de la ciudad, que con colores semejantes ofrecen una cosmovisión del fútbol bien distinta a la del Rayo.

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Yo también soy seguidor de un equipo pequeño. Del Linares Deportivo, en concreto. Sé lo que es tragarse partidos grises con resultados (y a veces arbitrajes) nada favorables,  padecer un trato perjudicial de la administración y de la prensa respecto a otros clubes de la zona y asistir con impotencia a reesctructuraciones de plantilla año sí, año también. Es el precio a pagar por tener un referente con el cual identificarse, nos consolamos al unísono los seguidores del fútbol modesto. Pero merece la pena; porque tu escuadra acaba siendo parte de ti, como lo son todos tus recuerdos.

Con el Rayo Vallecano sucede algo más. Y es que no solo representa un territorio determinado, sino a una clase: a la gente humilde y trabajadora. No tienen anhelos de grandeza, porque entonces dejarían de ser ellos mismos. Por eso me sentí como en casa aquella tarde, en el Campo de Fútbol de Vallecas, otrora Teresa Rivero, aunque fuese un forastero y mi estancia en Madrid y en el barrio haya sido temporal. Y también por eso seguiré animando al Rayito cada semana, desde la distancia, deseando que vuelva a Primera, la categoría que nunca debieron perder. Y a la que regresarán más pronto que tarde recordándonos aquello de que la vida pirata es la vida mejor.

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