Tarde toledana

Pasear por Toledo equivale a viajar en el tiempo. La ciudad manchega alberga vestigios de todas las épocas, mejor preservado que la mayor parte del patrimonio de cualquier otra villa. Además de un museo hecho ciudad, Toledo es un modelo para todas las urbes futuristas en cuanto a equilibrio entre tradición y modernidad. Su mayor defecto tal vez sea a la vez el artífice de su perfecta conservación: un tamaño reducido, casi pueblerino.

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Atravesada por el Tajo, la capital visigoda se divide en una zona moderna, en la margen izquierda y de reciente construcción, y otra histórica, a la diestra del río, en el pasado destinada a la Ciencia, el Arte y la Cultura y hoy reservada al turismo. Fue esta última la que recorrimos aquella tarde de sábado en la que decidimos romper la monotonía en pos de un plan alternativo, esos que siempre merecen la pena.

Una vez has llegado al caso histórico, lo mejor es callejear. Un lujo al alcance de muy pocas ciudades y que siempre resulta placentero entre pasadizos estrechos a la sombra. En Toledo, perderse te puede deparar más de una sorpresa, sin pagar otro precio que volver sobre tus propios pasos durante no más de 10 minutos.

La convivencia entre culturas, uno de los grandes desafíos del presente, fue durante varios siglos la seña de identidad de esta ciudad. La llamada escuela de traductores de Toledo, que quizás nunca existió como institución, sigue presente espiritualmente en una arquitectura que combina en armonía elementos cristianos, judíos y musulmanes.

La cercanía existente entre la catedral y la judería sería impensable en un mundo en conflicto como el actual, celoso de sus fronteras y orgulloso de los nuevos muros. Toledo sigue siendo un sinónimo de tolerancia, pluralidad y respeto al diferente. Creo que no ha existido nunca mayor piropo para aludir a un territorio habitado por el hombre.

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El paraje en el que se ubica la Ciudad Imperial evoca al Sur. El secarral color pajizo combina con los tonos verdosos y ocres de la ribera del Tajo. Las casas bajas y la intensa luz que sirvió de inspiración a El Greco, por su parte, consiguen dotar de gracia y personalidad a un paisaje que en otras circunstancias resultaría desolador.

Dicen que una ciudad acaba siendo, en parte, producto del carácter de sus habitantes. No me siento capacitado para jugar el rol de los toledanos, pues en nuestra visita solo encontramos transeúntes que al igual que nosotros, se hallaban de paso. Dicho esto, y partiendo de lo absurdo que resulta presumir de algo que no depende de ti, dudo que alguien se atreva a negar que los pobladores autóctonos tienen motivos de sobra para sentirse orgullosos de Toledo, antigua capital de España y actual de Castilla-La Mancha. Como viajero, solo espero que la sigan manteniendo igual de bien.

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En cualquier caso, como bien saben los espíritus curiosos, un viaje no es tanto a dónde vas, sino con quién. Explorar una villa anclada en el tiempo siempre resulta grato; hacerlo a coste cero, de manera casi improvisada y en buena compañía, sin duda marcan la diferencia.

Solo me queda dar las gracias a Luis, Joaquín, Nerea y Lucía por regalarme un día que, dentro de unos años, recordaré con una sonrisa. No lo olvidéis nunca, la vida es pa’nosotros. 

 

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