Un fragmento

A veces sucede que, cuando menos lo esperamos, encontramos algo que nos detiene. Una escena, una melodía, un dibujo. O como en este caso, un fragmento de Isaac Asimov.

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Asimov entronizado con los símbolos de los trabajos de su vida, obra de Rowena Morrill.

Mal acostumbrados a extensos escritos que no dicen nada, a conversaciones huecas y a palabras vacías que solo provocan emociones efervescentes, un texto que sea a la vez breve, claro y profundo supone una excepción digna de reconocimiento. Ahí va:

La Tierra no debería estar dividida en cientos de secciones diferentes, cada una habitada por un solo segmento autodefinido de la humanidad que considera que su propio bienestar y su propia “seguridad nacional” están por encima de cualquier otra consideración.

Soy partidario de la diversidad cultural y me gustaría que cada grupo identificable valorara su patrimonio cultural. Por ejemplo, yo soy un patriota de Nueva York y si viviera en Los Ángeles me encantaría reunirme con otros neoyorquinos expatriados y cantar Give my Regards to Broadway.

No obstante, este tipo de sentimientos deben ser culturales y benignos. Estoy en contra de ello si cada grupo desprecia a los demás y aspira a destruirlos. Estoy en contra de dar armas a cada pequeño grupo autodefinido con las que reforzar su propio orgullo y sus prejuicios.

La Tierra se enfrenta en la actualidad a problemas medioambientales que amenazan con la inminente destrucción de la civilización y con el final del planeta como lugar habitable. La humanidad no se puede permitir desperdiciar sus recursos financieros y emocionales en peleas interminables y sin sentido entre los diversos grupos. Debe haber un sentido de lo global en el que todo el mundo se una para resolver los problemas reales a que nos enfrentamos todos.

¿Se puede hacer esto? La pregunta equivale a: ¿puede sobrevivir la humanidad?

Por tanto, no soy sionista porque no creo en las naciones y porque los sionistas lo único que hacen es crear una nación más para dar lugar a más conflictos. Crean su nación para tener “derechos”, “exigencias” y “seguridad nacional” y para sentir que deben protegerla de sus vecinos.

¡No hay naciones! Sólo existe la humanidad. Y si no llegamos a entender esto pronto, las naciones desaparecerán, porque no existirá la humanidad.

Pocas veces he estado tan de acuerdo con un mensaje así de sencillo. Un minuto de lectura nos descubre la opinión del escritor de ciencia-ficción sobre el nacionalismo, la ecología, la diversidad o el sionismo. Y pone el acento en dos de los peores males nunca resueltos a lo largo de la historia: la ignorancia y los prejuicios.

Qué bien le sentaría a Europa, Estados Unidos y el resto del mundo algo más de Asimov. Y algo menos de lo que tenemos, y de lo que seguramente vendrá.

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