Carmen Linares: el arte de la sencillez

Tal y como hiciera el más célebre personaje cervantino, Carmen Pacheco decidió añadir al suyo el nombre de su patria y llevarlo consigo antes de recorrer el universo de los tablaos. Varias décadas más tarde, Carmen Linares se ha convertido en una leyenda viva del Flamenco. Su reconocimiento resulta unánime, incluso por parte de aquellos no iniciados en este noble arte. Así quedó demostrado el pasado miércoles 18 de mayo, tras el recital ofrecido en el Museo de la Universidad de Navarra.

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La cantaora Carmen Linares. Fotografía de Ana Palma.

Carmen Linares brindó al público navarro un repertorio rico y equilibrado, aunque no extenso, que incluía nanas populares y poemas versionados de Juan Ramón Jiménez y Federico García Lorca, en el que se atrevió con palos tan distintos como las cantiñas, los fandangos o un cierre apoteósico por bulerías. Incluso, a petición de un espontáneo, hubo lugar para las tarantas, ese canto desgarrao de su tierra, que también es  la mía. Un detalle que favoreció el desarrollo espectáculo, porque como bien saben los entendidos, el flamenco y esa chispa que algunos llaman espontaneidad y otros improvisación son del todo indisociables. De ahí la grandeza de este género.

Cuando era pequeño solía decir que no me gustaba el folclore. Justificaba mi ignorancia bajo una máscara de desinterés e indiferencia, incluso de soberbia intelectual, al menospreciar el mérito de sus músicos y comparar su labor o formación con la de colegas dedicados a géneros distintos. Un grave error del que me percaté gracias a la actuación de una paisana, dotada de un talento solo comparable al de su sencillez y naturalidad.

Carmen Linares, seguramente sin proponérselo, ha conseguido intelectualizar el flamenco, convirtiéndolo en patrimonio cultural, sin por ello echar a perder sus raíces populares y toda esa impronta oral casi mitológica, muy ausentes en una Europa que hace tiempo que se convirtió al Racionalismo.

Me gusta pensar que el Arte, así como la Cultura, son universales. Que están por encima del hombre pero que le son accesibles, y que cualquiera, al margen de sus circunstancias y condiciones, puede emocionarse con una gran obra. O que al menos podría llegar a hacerlo si hiciera el esfuerzo de cultivarse. Y aquel 18 de Mayo salí más convencido de todo esto. La culpa la tuvieron las repetidas ovaciones y aplausos que Carmen Linares cosechó en el auditorio del Museo de la Universidad de Navarra durante prácticamente toda su actuación. Una conexión casi mística.

El chovinismo nunca trajo nada bueno, lo sé. Pero tras asistir a un espectáculo de una artista sin un atisbo de pretensión ni egolatría, que daba muchas veces las gracias y muy pocas órdenes, uno no puede sentir sino orgullo de haberse criado en el Gachi.

Gracias por todo, Carmen Linares. Firmado: un paisano orgulloso.

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