Eterno Peter-Pan

Cuando era niño quería dejar de crecer. Síndrome de Peter Pan, le dicen. No asimilaba el abandonar todo aquello que articulaba mi vida de entonces, como corretear por la calle, coleccionar cromos de fútbol o madrugar el fin de semana para ver dibujos animados. Tampoco me identificaba con la prototípica imagen del rebelde adolescente sin causa ni más ambiciones que la de emular al adulto que no es. Sí, cuánto daño ha hecho Hollywood.

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Peter Pan, el niño que olvidó crecer, habitante del país de Nunca Jamás.

Años más tarde, sobrevuelan a mi alrededor los mismos fantasmas. Ha cambiado el texto, también el contexto, mas la historia permanece inalterada: tengo miedo a seguir creciendo. Porque el horizonte que se vislumbra no me entusiasma, y creo que me va a costar adaptarme a ese nuevo territorio por explorar.

Un terreno caracterizado por la volatilidad y superficialidad de las relaciones, en el que sobran cargos y faltan personas, en el que la moneda de cambio en toda transacción no es otra que el interés, casi siempre muy concreto y puramente material. Y efímero.

Un mundo en el que para sobrevivir debes elegir entre la más absoluta precariedad o la tediosa rutina, ambas embrutecedoras. Un mundo en el que ilusionarse con algo o alguien se considera una pérdida de tiempo, y en el que el ocio, los amigos y la familia se convierten en lujos innecesarios, y por tanto, prescindibles.

Dar pasos hacia lo desconocido mientras nos alejamos del niño que una vez fuimos forma parte un proceso tan ingrato como necesario. Me apena dejar atrás todo lo que en algún momento me hizo sonreír y que me convirtió en algo más que un mero individuo. Por eso tanta nostalgia, que no es otra cosa que el precio a pagar por haber sido feliz alguna vez.

Una señal inequívoca de envejecer bien, acaso la única, consiste en conciliar la sabiduría del anciano en el que poco a poco nos vamos convirtiendo con la inquietud infantil que nos caracterizaba no hace tanto. Aunar creatividad y destreza, vitalidad y sosiego, entrega y prudencia.

Y cuando las circunstancias nos lo impidan, entonces llegará el momento recordar, por enésima vez, que siempre hay una mejor manera de hacer las cosas y de tratar a nuestros semejantes.

Por de pronto, seguiré buscándola. Deseadme suerte en el camino.

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