No quiero ser un ‘millenial’

Vivimos una época en la que todo ha de tener un nombre, da igual en qué idioma. Al Madrid-Barça ahora se le denomina El Clásico, y el acto de revelar parte de la trama a quienes  aún no ha visto la película es un spoiler. Del mismo modo, a quienes nos hemos hecho adultos en el nuevo siglo se nos conoce como millenials. Yo tampoco sé desde cuándo.

Los millenials nos diferenciamos radicalmente de la generación de nuestros padres, repiten varios artículos de la prensa contemporánea. No nos interesa acumular bienes materiales, sino experiencias, de manera que invertimos nuestro tiempo y gastamos nuestro dinero viajando o acudiendo a festivales y espectáculos de toda índole, en vez de seguir el ejemplo de nuestros viejos al adquirir una casa más grande o un coche nuevo. Somos demasiado cool para “eso”, dan a entender los entrevistados.

Lo que mis coetáneos no mencionan son las facilidades de las que han dispuesto para disfrutar de una infancia tranquila y feliz, de una buena educación y una vida sin sobresaltos. Ni a costa de quiénes han vivido todas esas experiencias de las que presumen.

Decía Borges que todo escritor, y por tanto toda su obra, son siempre resultado de su tiempo. Lo somos nosotros, también nuestros progenitores, a los que la Providencia ubicó en un mundo hasta hace poco en blanco y negro, con viviendas multifamiliares y calles sin asfaltar. Para la generación anterior, un trabajo fijo y rutinario que permitiera llenar su nevera constituía un sinónimo de progreso y una vía para el ascenso social. Tampoco ellos se achantaban a la hora de presumir de ello con altivez, tal y como los millenials de hoy.

Nunca me gustaron las etiquetas. Generalizar implica faltar el respeto a las siempre respetables minorías. En este caso concreto, además, la dicotomía es falsa. No percibo ninguna diferencia esencial entre dos grupos de épocas distintas que se beneficiaron de un desarrollo económico superior para crear una monstruosa espiral de ocio y consumo que todo lo engulle y que imposibilita trascender. Un mayor grado de abundancia que ha servido para crear necesidades más y más superfluas, proceso que parece ya irreversible.

Me  apena pertenecer a la generación que se benefició de Internet y las vacunas, que pudo ver mundo y formarse en varias disciplinas y en distintos idiomas, pero que permaneció indiferente ante la miseria, el hambre o la desigualdad que padecían miles de semejantes en su época. Esa generación que ni siquiera se preocupó por el estado de la naturaleza, de la cultura o de ningún otro legado atemporal destinado a las generaciones venideras. Tal vez porque estábamos demasiado ocupados con las redes sociales o haciendo planes para el fin de semana.

Por eso mismo, porque sigo buscando algo diferente, porque quiero romper de verdad con el modo de vida heredado, porque creo fervientemente que el ocio y el consumo no han de dirigir mis pasos hacia ningún lugar, no quiero ser un millenial. Por favor, no me dejéis solo.

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Un comentario sobre “No quiero ser un ‘millenial’

  1. ¡Hola, Miguel! Gracias por el artículo, creo que da buena cuenta de las inquietudes que tenemos ahora mismo sobre la mesa. Me gustaría hacerte un apunte sobre el origen del término que nos designa como generación. No es peyorativo, es de hecho bastante neutro, y se lo debemos a dos escritores estadounidenses, Howe y Strauss. Los millennials son los sucesores de la generación X -seguro que te suena todo esto. O sea, que malas noticias para ti: eres un millennial y a efectos demográficos lo seguirás siendo toda tu vida. Me parece que el problema aquí es cómo compatibilizar la revolución digital (en la que crecemos y muchos jóvenes han nacido, los móviles son ya prótesis o apéndices de nuestros cuerpos) con una revolución cultural. Igual de potente, pero de una relevancia bastante más profunda. Todo lo digital, las conexiones que se han hecho posibles, el asunto de la aldea global y eso, es como un coche de carreras demasiado bueno y útil y difícil de conducir. Y nosotros (todos, todas las generaciones) somos un mono al volante, pero necesitamos a un Schumacher o a un Alonso. En realidad, gran parte de la solución a las desigualdades y otros conflictos que mencionas vendría por un cambio cultural muy drástico, muy, muy, muy drástico. Pero para eso, primero hay que empezar por cultivarse, y eso es imposible si no hay un interés real por conocer la cultura, el idioma, las raíces propias, y respetar las del vecino. Ahí 100% de acuerdo con que el ocio y el consumismo son unos sedantes. De hecho, toda la cultura del entretenimiento occidental es un sedante, comenzando por Marvel. Pero ser consciente de esto y actuar en consecuencia son dos cosas diferentes. En resumen, que el problema no es ser millennial. De hecho, ese término ya nos da una enorme y prometedora responsabilidad: estamos empezando el milenio. El problema está en que no se piensa suficiente, ni se imagina suficiente ni se educa en la curiosidad por cómo funciona de verdad nuestro país (y de esto a que interesen el resto de naciones hay menos de un paso). Y ahí es donde tenemos que querer hacerlo mejor que los viejos. Si nos han nombrado así, será que esperan algo.

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