Crónicas del gachi (VIII): una estampa pintoresca

Sucedió un lunes estival cualquiera, excesivamente cálido y monótono, como todos en Linares o en cualquier rincón de Andalucía. Rondaban las ocho de la tarde y me dirigía al Polideportivo San José para encontrarme con unos amigos que habían jugado a fútbol-sala. Solían contar conmigo pero, por alguna razón que no recuerdo, esta vez había declinado su invitación.

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De camino al pabellón Julián Jiménez observé el campo de fútbol de hierba sintética. Solo una mitad estaba ocupada. Un grupo de adultos, entre los que se alternaban algunos jóvenes con otros más veteranos, disputaban un partido de fútbol 7. La falta de forma de los mayores la compensaba su inmejorable colocación y una aceptable visión de juego. También lucían petos amarillos como distintivo. Enseñanzas que brinda la experiencia, supongo.

Cuál fue mi sorpresa al mirar las porterías. La que me era más cercana la defendía una niña de no más de 12 años. Vestía una camiseta rosa y una falda vaquera, y no disponía de más equipamiento que unas zapatillas de deporte. Ni medias, ni rodilleras, ni coderas, ni tan siquiera unos guantes que le garantizasen un mejor agarre y le protegiesen las manos del hipersónico Jabulani, balón a la moda por aquel entonces. Su altura apenas cubría la mitad de la distancia entre el larguero y el suelo.

La estampa de la meta opuesta, más alejada y a pleno sol, se antojaba igual de pintoresca. Dos niños, de estatura aún menor, compartían el rol de arquero. El más adelantado se ocupaba de las salidas y de los disparos de larga distancia; el de atrás era el encargado de salvar los balones imposibles para su colega, observando atento desde el segundo palo. De haber sumado la edad de los 3 porteros no habría igualado siquiera a la del jugador de campo más joven.

– ¿No te da miedo jugar con gente tan grande?- le pregunté a la chiquilla en el tono más amable que me fue posible, intentando camuflar mi asombro.

-Bueno, la verdad es que un poco- respondió con su más sincera inocencia- intentan no tirarme fuerte, pero sí que me asusto cuando están muy cerca. He ido con mi padre y sus amigos. Les falta gente, por eso los de la otra portería también son niños.

Seguí viendo aquella pachanga hasta que mis amigos aparecieron. No transcurrió mucho tiempo más, solo el suficiente para darme cuenta de que aquella niña me acababa de regalar una lección para toda la vida: no hace falta ser el mejor en lo que haces, tampoco disponer del más moderno equipamiento, ni tan siquiera que el contexto o las circunstancias nos resulten favorables, para pasar un buen rato. Basta con rodearse de gente agradable con la que no te sientas juzgado y mantener una actitud receptiva, siempre predispuesta a la diversión. Así de simple. Así de raro.

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Lo confieso: yo también solía jugar de portero. Y cuando desenganchaba los balones de la red a la par que los jugadores rivales celebraban el tanto anotado, me inundaba una irreversible impotencia con sabor a bilis que aumentaba conforme avanzaba el cronómetro. Una sensación simultánea de rabia y culpa que me inhabilitaba para lo esencial, que no era otra cosa que disfrutar del partido.

Aún tengo demasiado que aprender y mucha gente en la que fijarme. Por de pronto, si mis amigos vuelven a llamarme, no tardaré en calzarme unas botas de tacos ni en ajustarme los guantes de látex. Gracias por todo, pequeña.

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