Dudas razonables

El otro día, en la farmacia, se confundieron al devolverme el cambio. Diez euros de más. No reparé en ello hasta que salí del establecimiento.  Devolverlo o quedármelo, no había más opciones. Lo honrado sería entregarlo, es lo primero que crees. “Pero a mí tampoco me sobra el dinero. Diez euros son una suma insignificante, pero no tanto para un estudiante universitario, avergonzado de ser mantenido íntegramente por sus padres y las becas. Además, el medicamento este es carísimo, casi un euro por comprimido. No creo que cueste tanto producirlo. Quienes lo fabrican sí que se quedan con el dinero que no les corresponde, especulando con la salud de sus acérrimos clientes, dispuestos a todo con tal de aliviar su mal. Todo el mundo sabe que las grandes compañías invierten en favor del desarrollo y progreso humano solo si les resulta rentable. Porque les importa una mierda”.

El tiempo transcurría mientras yo seguía quieto en mitad del tránsito urbano, debatiendo con la voz de mi conciencia. “Si me quedo ese billete, podría hacer el bien usándolo. Cediéndoselo a alguien que lo necesite más que yo, por ejemplo. O invitando a una ronda de cervezas a mis amigos el fin de semana. O invertirlo en libros y material universitario, que nunca está de más. También podría no hacer nada de eso y gastarlo de manera egoísta. O bien lo puedo dejar por descuido en el bolsillo de cualquier abrigo, no sería la primera vez. En cualquier caso, no es culpa mía. Nadie ha sido consciente del error, excepto yo. Puede que ahora la farmacéutica. Y ella no sabe si me he dado cuenta, es más, no lo he hecho hasta salir de la farmacia. Por honradez no puede acusarme de sus propios fallos. Ni ella ni nadie”.

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Cada vez, las dudas me reconcomían más.”¿Y si hubiera sido al revés?  Imaginemos que, por descuido, hago perder dinero a mi empresa, ¿cómo me sentaría si alguien de fuera intentara subsanarlo?” La balanza comenzaba a desequilibrarse irremediablemente hacia un lado. “¿Qué pasará con la dependienta? Me imagino que será ella, o en su defecto la otra empleada, las que soportarán la pequeña pérdida. Supongo que los medicamentos se adquieren de antemano. Y no es agradable saber con antelación que a fin de mes no te van a cuadrar las cuentas”. Finalmente regresé sobre mis pasos para devolver aquello que no me pertenecía. Cierto sentimiento difícil de definir me envolvía. No era culpa, tampoco rabia, más bien sentía llevar puesta en mi frente una pegatina con la palabra INGENUO.

Cuando salía de aquella farmacia por segunda vez, una mujer de mediana edad, que parecía haber contemplado la escena desde el principio, comentó, delante de todos y en voz alta: “Da gusto ver que aún queda gente honrada”.

– Sí. Esto tiene dos direcciones. Si me hubiera cobrado de más, también se lo habría dicho- afirmé, cada vez más convencido de mi acción.

– Eso te honra mucho. No todos hacen lo que tú- concluyó la señora, con una seriedad impregnada de ternura propia de un maestro orgulloso de su pupilo.  Os prometo que no la conocía de nada.

Y así termino esta anécdota. Aquel día descubrí que es muy diferente, y desde luego mucho más complejo, el rol de actor que el de espectador. Juzgar es fácil. Actuar no tanto. Y esa picaresca de aprovecharse de toda facilidad que la vida nos ofrece y que encima nos obliga a sentirnos orgullosos de nuestra “inteligencia” ha hecho mucho daño al subconsciente colectivo. A mí también. Puede que, después de todo, la crisis en la que aún seguimos inmersos no sea tan difícil de explicar.

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