El eco del maestro Umberto

Ha muerto Umberto Eco. Fue un intelectual italiano contemporáneo conocido por sus artículos de opinión, sus tratados de Semiología, Arte y Filosofía y, sobre todo, por ser el autor de El nombre de la rosa, la novela ambientada en la Edad Media que catapultó su fama en el resto del mundo. A los culturetas de turno les toca hacer cómo que están tristes, aunque no hayan leído nada (ni de él ni de nadie) en la vida. Yo más bien estoy preocupado. Se nos acaba de ir un partisano de la Cultura, que optó por hacerse entender en lugar de destacar, sin un ápice del elitismo que caracteriza a la intelectualidad occidental.

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Para Umberto Eco la Cultura era una, sin distinción entre la alta y la baja. Consideraba a la humanidad entera parte de su público, y la definía como algo más que la suma de meros espectadores. No excluía, por la sencilla razón que no le gustaba sentirse excluido.Tampoco se especializó en nada concreto, violando así el primer mandamiento del mundo contemporáneo.

Voy a ser sincero: de Umberto Eco solo había leído artículos de opinión y ensayos, aparte de numerosas entrevistas, varias de ellas en formato digital o audiovisual. Si conozco El nombre de la rosa fue por la adaptación cinematográfica que  en 1986 realizó Jean-Jacques Annaud, con Sean Connery como protagonista. Muy recomendable, por cierto. No me considero hijo de su obra. Mas creo que tenía algo que convendría recordar para siempre: su actitud. La lucidez individual al servicio del pueblo, como herramienta para construir una sociedad mejor.

No le tembló la voz para denunciar lo que el llamaba la macchina del fango, esto es, el proceso por el cual los medios de comunicación crean noticias de la nada con el único propósito de desprestigiar y ensuciar nombres propios, cayendo en la calumnia y en la difamación si fuera oportuno. Os suena, ¿verdad?

Entre sus preocupaciones se encontraban también la de la función de la universidad, el futuro del Periodismo, los peligros de Internet, la apatía de los jóvenes hacia la lectura o la histeria colectiva en una época globalizada en la que somos incapaces de entendernos con nuestro vecino. Cuestiones sobre las que nunca está de más pararse a pensar.

Italia, por suerte, mantiene una gran reserva de intelectuales críticos e incómodos, herederos de su esplendoroso legado cultural, que mantendrán vivo el eco de la voz de Umberto. De nosotros depende, en cierto modo, extender- o divulgar, como hubiese dicho él- esa actitud guerrillera hacia los poderes establecidos y la masa atomizada, aunque siempre inclusiva y tolerante respecto al prójimo. No será fácil. Porque como él mismo afirmó, no todas las verdades están hechas para todos los oídos.

En fin, a los que aquí seguimos nos toca continuar luchando. Grazie per tutto, maestro. 

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