Titiriteros, ruido y neo-mojigatos

El Arte no tiene por qué ser transgresor, pero tiene todo el derecho. No debe forzosamente estar politizado, ni encerrar un mensaje más o menos claro o contundente, si bien su propia naturaleza se lo permite. Porque la expresión es inconcebible si no tenemos nada que decir. Y porque para que fluyan las ideas, las opiniones y las historias ha de existir un clima de libertad. Esto es, ausencia de miedo a que te repriman por lo que piensas, dices o haces. Aunque molestes. Aunque estés equivocado. Aunque creas que te falta el talento para ello.

La detención de uno titiriteros en el madrileño barrio de Tetuán el pasado sábado 7 de febrero supuso un duro golpe a los cimientos de la civilización occidental. Apelando a un principio se justificó la ausencia de otro, derribándose con brusquedad uno de los principales rasgos de nuestra cultura común europea: la crítica social a través del teatro, que con tanto acierto plasmaron en sus obras Sófocles, Shakespeare, Lope de Vega o Molière.

Es evidente que este cuento no es inocente y que su trama contiene fallos. Títeres desde abajo no era una compañía convencional ni para el gran público. Estaban relacionados con grupos anarquistas autogestionados, como afirma este artículo de El Mundo. También podemos deducirlo si leemos su página web. Y la obra La bruja y don Cristóbal. A cada cerdo le llega su San Martín probablemente no resultaba adecuada para niños. Los propios artistas lo avisaron al comienzo de la representación, según otro artículo de eldiario.es. No tendrían que haber sido contratados para un espectáculo presentado como “infantil”.

Pero alguien lo hizo, y ese alguien, con un cargo en el Ayuntamiento de Madrid, debería, por de pronto, asumir su responsabilidad. “Fue un error, sentimos las molestias, no volverá a ocurrir”. Nada más (ni nada menos). Y si la alcaldesa, doña Manuela Carmena, considerase oportuno realizar cambios en su equipo de gobierno, también tendría todo el derecho. Pero aplicar legislación anti-terrorista a una banda de titiriteros por una pancarta que una de las marionetas luce en un determinado momento del espectáculo (según los autores, a modo de crítica) chirría mucho.

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Integrantes de la compañía “Títeres desde abajo”// Foto via: titeresdesdeabajo.blosgspot.es

Los  artistas fueron detenidos, y sus armas (las marionetas) requisadas. Puede que la obra fuera de mal gusto y violenta, pero eso no es un delito. Tampoco lo es la proyección de esas pelis de acción en las que ganan los malos (o en las que los supuestos buenos hacen gala de una moralidad cuestionable), la edición de revistas en las que de destripa la privacidad de famosos que no hacen nada por la humanidad o la producción y distribución de pornografía entre adultos, tan denigrante para la mujer. Pero en una sociedad que presume de madura, democrática y plural, hemos de tolerarlos.

El quid de la cuestión puede que se halle en que no distinguimos las nociones de tolerancia y respeto. Toleramos el error, respetamos al semejante.  No hay que considerar como “arte” toda “obra cultural”; de hecho, empleamos muy a la ligera el primer término. Pero sí hemos de permitir que exista, en el ambiente y contexto adecuados. Y que otros puedan disfrutar con ellas. 

Además, La bruja y don Cristóbal ya había sido representada. Si mal no recuerdo, en un centro social que también era el local de la CNT de Granada, ciudad donde se fundó Títeres desde abajo. Acudieron varios menores con sus padres, y no se registraron incidencias de ningún tipo. Y no creo que el público madrileño sea muy distinto del granadino ni que la actuación haya diferido en demasía. Sí, en cambio, el trato mediático que se ha dado a uno y otro acontecimiento. A saber por qué.

No me gustan las poses. Ni las de los neo-mojigatos que apelan a la dignidad de las víctimas del terrorismo, ni la de los pseudo-libertarios que sacralizan su libertad de expresión, que no la de los demás. Ambos son ejemplos del  hombre-masa de Ortega y Gasset, tan nocivos en esta globalizada época de redes sociales interconectadas, ruido y distorsión.

Cualquier opinión sincera y razonada me parece digna de expresarse en público, aunque no coincida con la mía. El partisanismo visceral e irracional, en cambio, desmerece cada postura. No obstante, en mi obligado esfuerzo de mirar un poco más allá, hay algo que me preocupa. Y no es otra cosa que esa histeria colectivizada, de carácter totalitario y prohibicionista. Siempre en el nombre del Bien, de la buena educación o de los Derechos Humanos, tócate los cojones (sí, acabas de leer “cojones”).

Me inquietan las muletillas que se jodan, se lo merecen, así aprenderán. El pensar que cualquier castigo es liviano para aquel que no piense como nosotros y no sea de los nuestros, aunque la situación roce lo esperpéntico. Lo escandaloso del asunto de los titiriteros radica en la arbitrariedad a la hora de aplicar las leyes, un hecho que cuestiona la solidez del Estado de Derecho y la más que ausente separación de poderes en este país. He aquí el drama que nadie percibe.

Igual de preocupante me parece que el pueblo reclame más control, sanciones y prohibiciones sobre sí mismo. Que se recojan firmas para ilegalizar un partido o una bandera, que escribamos cartas a nuestro periódico habitual pidiendo la destitución de tal o cual columnista y que justifiquemos las posibles agresiones que pueda recibir un periodista o un político por situarse al otro lado de nuestra trinchera. También que se prohíba a determinados músicos dar conciertos por el contenido de sus letras, o que se quiten de los planes de estudio escolares a autores de enorme talento, pero con opiniones impopulares hoy en día.

Todo aquello encierra un principio muy oscuro y perverso: que sean otros, no nosotros, quienes hagan el esfuerzo de pensar y discernir entre lo que está bien y lo que no. Ideas y opiniones prefabricadas, en una época en la que pensar libremente ha pasado a ser un problema porque estamos demasiado ocupados. Me pregunto qué otras causas merecen más la pena que el ejercicio de la libertad, aunque prefiero no saber la respuesta.

 “La libertad, Sancho, es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos; con ella no pueden igualarse los tesoros que encierran la tierra y el mar: por la libertad, así como por la honra, se puede y debe aventurar la vida” dijo el gran Miguel de Cervantes por boca de Don Quijote. Siglo XVII. Qué bien les vendría a la reciente plaga de (pos)modernillos consultar, de vez en cuando, la biblioteca de sus padres.

Yo solo espero, si no es mucho pedir, poder seguir haciendo teatro , escribir y conversar libremente, pasándomelo bien y sin miedo a acabar en la cárcel. Tal y como lo he hecho hasta ahora. Por favor. Os aseguro que no siempre es fácil.

Gracias de antemano.

Freedom Forever by katsh

 

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