Mi huida

El ser humano es nómada por naturaleza. Fue la Civilización, que no la Cultura,  quien le obligó a asentarse. Siglos y siglos más tarde ha ido buscado excusas, inventando así territorios, fronteras, identidades y creencias varias para calmar su frágil conciencia. Pero el impulso de huir siempre ha estado ahí. Yo ya lo vuelvo a sentir, cual ave migratoria en busca de cobijo.

11827467175_5920ceee97_k

Juan Tallón, cuyo mayor admirador es amigo mío, lo expresaba muy bien en un artículo de la Jot Down: “la huida es así, necesaria y absurda. De ahí que cuando no sabes qué hacer, a veces huir es la respuesta acertada. Por qué. No lo sabes. Simplemente sabes que tienes que huir. En esa maniobra fugitiva se oculta tu necesidad de replantear el destino.” A veces no sabes con exactitud los porqués, simplemente, intuyes que tienes que largarte. Porque nada es eterno y todo ciclo tiene un comienzo, y por tanto, un final. Que se lo pregunten a Pep Guardiola.

En apenas cinco meses me tocará cambiar de vida. Una huida forzada. Se supone que abandono la mejor época por otra no tan buena, y que debería estar triste por eso. Pero no es mi caso. Siento más bien alivio, y a la vez, inquietud ante un destino por construir, aunque del todo incierto. Mi tristeza, tal vez hastío, viene de no haber terminado nunca de adaptarme a mi entorno, ni a sus principios, ni a un código que siempre me pareció indescifrable. La frustración de no poder nunca llegar a ser tú mismo, y la pesada carga de no perdonártelo del todo. Por eso, he decidido planear mi fuga. No tiene ningún mérito; la película se acaba, y si el guión no da un giro inesperado, conviene ir pensando en salir antes para evitar el atasco de siempre a la salida del cine.

En estos meses intentaré desgastarme lo menos posible. Lo cual no significa pasar de todo, al contrario, ahorraré fuerzas para estar en lo que hay que estar. Se acabaron los compromisos vacíos y el quedar bien. O el agradar al mayor número de personas en todo momento. O el hacer lo que se supone que tengo que hacer cuando hay que que hacerlo. Repito, no es una llamada a la rebeldía, ni un canto al odio contra mis semejantes. Nada más lejos de la realidad. Creo que la autenticidad, aunque escasa y muy cara, es un valor seguro, además de una inversión que tarde o temprano se vuelve rentable. Y agradable para la mayoría. También me he dado cuenta de que nunca tendré un perfil maquiavélico, y que más  vale aprender a vivir con ello que todo ese sufrimiento propio de quien se rebaja para, en vano, intentar sobrevivir en un escenario hostil.

Mi escapada se fundamentará, aparte de en cumplir mis obligaciones imprescindibles, en aprender todo lo posible de aquí al verano, tanto dentro como fuera de la universidad y de los libros. Y en las buenas conversaciones, entre tazas de café o vasos de cerveza, con quienes no necesitan posar ni fingir para alegrarte el día o la noche. También en llevar a cabo planes con los que de verdad disfrute, y los que posiblemente no podré repetir en otro escenario. Y en conservar y profundizar las relaciones que merezcan la pena, y por qué no, abrirle la puerta a otras nuevas. Porque al que no dejaron salir antes no se le puede culpar por haber llegado tarde. En definitiva, intentaré que esta escapada sea lo más parecido a poner en práctica el verbo trascender. Una palabra que casi todos ignoran, por más que la relean en el diccionario.

Efectivamente, el futuro me motiva más que el presente. Pero si descuidamos este último, sacrificamos también el primero. Es una de las lecciones más valiosas que he aprendido en esta etapa de la que pronto me despediré. Necesitamos ilusiones con las que soñar para que la rutina nos manche un poco menos, pero también mirar alrededor y tomar aire cuando la proyección se vislumbre demasiado lejana. Al final, tantos siglos de Historia solo han valido para dar la razón al sabio Aristóteles en aquello de que en el equilibrio se encontraba la virtud.

Recuerdo, en la imprescindible novela Farenheit 451 de Ray Bradbury, como uno de los personajes se lamentaba por la muerte de su abuelo. No solo era él quien se había ido, sino también las melodías que tocaba con el violín, los talleres de manualidades o los cuentos que enseñaba a sus nietos, aparte de toda esa alegría desinteresada que le caracterizaba. Creo que, en su inmenso dolor, le estaba rindiendo el mayor de los homenajes, primero al reconocer sus pequeñas grandes obras, después al estar continuando su legado en el tiempo. Darse para dar, dar para poder darse. Trascender, en una palabra. Espero que algún sea yo el que aprenda su significado. Y si no fuera mucho pedir, ojalá me diera tiempo antes de largarme de aquí.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s