Crónicas del gachi (VII): postales de la Navidad linarense

La Navidad nos cambia las formas, que no el fondo. La ciudad de Linares también muta. Sus calles, repletas de transeúntes, son decoradas con luces y guirnaldas que destacan por vistosas debido a su sencillez. Las personas de las que llevas tiempo sin tener noticias aparecen de repente. Y a todos nos entra una especie de relajación vital que contrasta con los impulsos consumistas propios de estas fechas. Nadie parece inmune a lo último.

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En esta época, a falta de metro, un trenecito recorre las calles más céntricas de la ciudad. Aquí también hay gorrones que intentan no pagar el ticket. Otros rasgos autóctonos de la navidad linarense son los puestos del Lugarillo, los del paseo de Linarejos o los de la Plaza del Ayuntamiento, que lo mismo te venden churros que calcetines.

También los belenes que, no sin esfuerzo, suelen montar las cofradías, abiertos a todo tipo de público. Y no podía olvidarme de los animales que, en un intento de recrear el ambiente que rodeaba al sagrado portal en la época de Herodes, se convierten en atracción para los más pequeños. Me encantan las caras de los niños al extender sus minúsculas manos para tocarlos, aunque lamento que no haya forma de saber si las bestias están también conformes con su mera condición de atracción de feria.

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Irónica imagen. Fotografía original de Antonio del Arco.

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Este año, con motivo del estreno global del séptimo episodio de Star Wars, la ciudad se llenó de soldados imperiales, wookies, cazarrecompensas y algún que otro personaje del universo intergaláctico de George Lucas. La concejalía de Turismo captó ese filón mediático-comercial y se curró un original anuncio para promocionar las visitas y el consumo. Pero si el dinero no viene de fuera y solo se limita a circular entre sus vecinos, me temo tardaremos un tiempo en despertar de esta larga pesadilla llamada recesión económica.

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Photocall de Star Wars en la Plaza de San Francisco. Fotografía original de Antonio del Arco

La Cabalgata de Reyes tampoco se libró aquí de la polémica. En ciudades como Madrid o Barcelona se relacionaron los cambios en sus respectivas alcaldías con la descristianización y comercialización del tradicional desfile. En el gachi las quejas fueron idénticas, si bien gobiernan los mismos desde hace tiempo. Que si faltan pastores y romanos y sobran Bob Esponjas y Piolines, que si las vestimentas de los reyes son de todo menos tradicionales, que si los caramelos de hoy ya no saben igual. Posiblemente tengan razón. Mas no son sino proclamas inútiles; en el caso de Linares, esta cabalgata no es más que una marcha complementaria a la de la feria de San Agustín, allá por el mes de Agosto, de la que aprovecha buena parte de su atrezzo. Y sin mayor ambición que el disfrute de los niños.

Mucho más alarmante me parece que la mañana del 6 de Enero las calles estén desiertas, cuando no hace tanto los reyes de la casa las ocupábamos a nuestro antojo, mostrando altivos los regalos de la noche anterior. Ese, y no otro, es el drama de la Navidad, que ya ni siquiera se puede asociar a la infancia. Y por desgracia, no depende del partido que nos gobierne.

A pesar de todo, siempre merecerá la pena regresar a casa por Navidad. Volver a Linares significa salir de tapas entre semana, ir al cine el día del espectador, quedar a tomar un café en cualquier momento (que fácilmente se prolongará hasta la hora de la cerveza) atravesar el Pasaje del Comercio desde Zara hasta El Corte Inglés (o a la inversa, casi siempre para no comprar nada), echar un partido de lo que sea en San José o La Garza, desayunar churros y sobre todo, disfrutar del privilegio de ir andando a cualquier parte.

Por descontado,  se sabe que nunca te dará tiempo a quedar con todo el mundo ni a hacer todo lo que tenías en mente. Es el precio a pagar por haberse ido. Y sí, yo también sé que no son los mejores planes que uno pudiera imaginar, pero aquí n’ hay na’ mah k’acer, añadirían mis paisanos.

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Siempre he pensado que trasladarse a otro lugar es comenzar una nueva película y dejar pausada la que estabas viendo en ese momento. Y el regreso entraña justo el proceso inverso: descansar de la rutina y, paradójicamente, tomar aire en el lugar que te vio crecer, que de tan igual a  como era antes te parece radicalmente distinto.

Creo que esto solo lo podemos entender quienes, por la razón que sea, hemos abandonado el hogar familiar. Al cual volvemos cuando nuestras circunstancias nos lo permiten. Y en donde volveremos a vernos (si Dios quiere) en Semana Santa.

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