Pongamos que hablo de Madrid

El pasado fin de semana, también conocido como el “no puente” de Todos los Santos, tuve el privilegio de acudir al curso de formación para embajadores del Diálogo Estructurado, organizado por el Consejo de la Juventud de España en su sede central madrileña. Explicar el contenido del módulo llevaría varias entradas y aún así no despejaría todas las dudas. Me veo más capacitado para expresar lo que se siente al pasear entre las calles de la capital española. Vamos al lío.

Madrid mola. Puedes hacer de todo siempre. A la ciudad no se le pueden sacar demasiados defectos; sí, en cambio, unos cuantos excesos: en las distancias, en la polución del aire, en los precios, y sobre todo, en la cantidad de gente circulando y en la longitud de las colas para entrar o salir de cualquier parte. Aunque todo ese ajetreo insufrible para los autóctonos supone el mejor antídoto contra el tedio y la monotonía ligados a la vida provinciana.

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La sede del Consejo de la Juventud se ubicaba en la calle Montera, famosa por el oficio de algunas de sus damas; nuestro hostal, en la Plaza del Carmen. Podría decirse que estuve “encerrado” entre las paradas de metro de Gran Vía, Sol y Callao. Qué más se puede pedir, me dirán. Pues por ejemplo, vistas como las de la azotea donde tuvo lugar el curso, ideal para presenciar el atardecer de un sábado víspera de Todos los Santos.

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Al caer la noche, Madrid despierta. El bullicio tal vez no se intensifique, pero desde luego se hace patente. Circular a pie se hace tan complicado como hacerlo en coche, cualquier parón o despiste para comprobar una dirección incluye un riesgo de colisión.

Pero si algo bueno tiene tanto tráfico es la diversidad que integra. Si buscas una buena historia, estampa o fotografía, esta es tu ciudad. Siempre que tengas la paciencia para sentarte y observar, algo de lo que los lugareños andan muy escasos. Paradojas metropolitanas, supongo.

En Madrid no sobra nada ni nadie. O mejor dicho, caben todos y de todo. Quienes venimos de fuera importamos tanto como los que viven allí: casi nada. Lo cual no deja de ser una ventaja, ya que garantiza el cumplimiento de la vieja premisa democrática de nadie es más que nadie, casi desconocida en los pueblos de la España profunda caciquil.

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Si París bien vale una misa, Madrid merece otras tantas, o en su lugar un curso, congreso o cualquier evento que nos ocupe un fin de semana. Es cierto que de esa manera resultará imposible sacar partido a nuestra visita. Y que también tendremos otra excusa para volver. Siempre merecerá la pena, porque existen tantos madriles como el número de veces que hayas estado.

Cada viaje a la capital de España me sabe a poco. Se trata de una ciudad a la que nunca me cansaré de volver. Y no se me ocurre mejor manera de acabar que con un par de estrofas de una canción que compuso mi paisano Joaquín Sabina para homenajear a la ciudad que le perdió y a la vez le ganó para siempre. Años más tarde la versionó el tristemente desaparecido Antonio Flores. Para los que estén más perdidos, pongamos que hablo de Madrid.

Allá donde se cruzan los caminos,
donde el mar no se puede concebir,
donde regresa siempre el fugitivo,
pongamos que hablo de Madrid.

[…]Cuando la muerte venga a visitarme,
que me lleven al sur donde nací,
aquí no queda sitio para nadie,
pongamos que hablo de Madrid.

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