Crónicas del gachi (VI): berrea otoñal

Si las banderas de los distintos territorios lucieran los colores propios de su vegetación, la de la comarca de Linares incluiría diversos tonos ocres. Esos mismos que caracterizan a olivos y encinas (tanto al tronco como a las hojas), así como a la tierra dispuesta para el arado o los caminos transitables sin asfaltar. O a la jara y al romero, con algunos reflejos más claros gracias a las margaritas, lilas y jaramagos que se entremezclan en un común y único espacio protegido de la acción del hombre.

Y cuando comienza el otoño en los alrededores de la localidad de Baños de La Encina (famosa por su castillo milenario), el marrón se multiplica en forma de ciervos, que salen de su escondite para protagonizar la berrea. En otras palabras, su ritual  de apareamiento, en el que los distintos machos alfa  de la manada emiten su característico berrido para enfrentarse y poner en juego no solo su cornamenta, sino también la posibilidad de procrear ese año e incluso la propia pervivencia en el clan. Y es que el mundo animal tampoco fue nunca justo ni igualitario.

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Lo más curioso es que los ciervos están tan acostumbrados al vaivén de los coches que solo se espantarán si perciben que un motor se detiene.  Si ya es difícil localizar a los animales con el ojo humano, más aún resulta hacerlo con cualquier tipo de cámara, a menos que tengamos la pericia suficiente para apretar el botón en pleno movimiento. En cualquier caso, la estampa del entorno, que no deja de ser bella para quienes ya no lo tenemos cerca, basta para que la excursión valga la pena.

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Existe una norma jamás escrita de sacar una conclusión de cada viaje. Algo que justifique la inversión de tiempo y dinero en un mundo en lo que nada es gratis. Esta vez, la mía fue la de lo idóneo que sería que en las escuelas se nos enseñara a reconocer a los animales y a las plantas, nuestros poco estimados compañeros de ecosistema, en lugar de tanta materia dúctil y maleable en función de quien nos gobierne. Y también, que sigue siendo una suerte el seguir teniendo espacios naturales tan cerca, y sobre todo, que éstos sean parte de nuestra vida. Qué pena me dan las generaciones venideras, y no solo las de Linares y su comarca.

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