Hendaya, la bella durmiente

Hendaya es una pequeña villa marítima ubicada en el País Vasco francés (o Iparralde), a escasos metros de la frontera española con Irún. Salvo en los meses de verano, la ciudad aparenta menos de los quince mil habitantes censados, gracias a una calma rayana en el tedio que caracteriza su ritmo vital. De hecho, casi todos los trabajadores del pueblo finalizan su jornada laboral y se encierran en su casa antes que el Sol, incluso en los días de menos luz.

Aparte de albergar la infructuosa entrevista entre Franco y Hitler durante la Segunda Guerra Mundial o disfrutar de las primeras patadas del ex-futbolista Lizarazu, campeón del mundo en el 98, poco y pocos han trascendido más allá de las fronteras de esta localidad, que no deja de ser un pueblo. Bonito, sí, pero no exento de la asfixia, la estrechez de miras y las rencillas internas propias de todo pueblo de acá o de más allá.

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Pero a pesar de todo, me encanta Hendaya. Primero por razones personales; fue en esa playa, de arena fina y mareas bailonas, donde di mis primeros pasos, también donde escuché mis primeras palabras en francés. O donde descubrí los trenes de gran velocidad, con destino a Eurodisney, hace ya unos cuantos años.  Y no menos decisivo es que allí resida buena parte de mi familia materna. Cuando un lugar, una persona o una experiencia están ligados a tus recuerdos, sobra toda explicación para justificar el apego hacia él o ella.

También existen motivos objetivos que justifican este idilio. Como la recientemente construida pasarela que comunica la playa con Behobia y la antigua aduana fronteriza, construida, como no, con fondos europeos. Lugar ideal para tomar fotos, correr, pasear al perro o simplemente despejar tu mente mientras mueves las piernas a tu propio ritmo. O el barco que comunica la ciudad con Fuenterrabía, villa guipuzcoana situada justo en frente y que también merece una visita.

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Pero no me hubiera gustado ser de Hendaya. Hendayais, quiero decir. Mi visión del mundo y de mi propio entorno serían muy distintos, y no creo que para bien. Tal vez me hallaría ahora mismo despotricando contra aquellos visitantes ocasionales que, como yo mismo, aprovechan las zonas verdes, la playa  y demás infraestructuras para pasear y bienvivir hasta que el cansancio se les presente. No entendería qué necesidad tienen de mover el culo hasta un lugar que no es el suyo donde hay gente que no conocen y que además habla en otro idioma. Ni esos horarios tan extraños, haciendo todo más tarde y más despacio o quizás demasiado deprisa. Pero por suerte, aunque hendayófilo, no soy hendayais.

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Hace poco tuve la ocasión de volver con un amigo brasileño. Lo bueno de viajar es que el dónde no es más importante que el con quién, pudiendo así disfrutar de nuevas experiencias en los mismos lugares una y mil veces. Por eso mismo, por todo lo que se nos quedó por hacer o probar (submarinismo, surf, montañismo…) y por toda la gente a la que aún no he llevado y que no conoce este lugar, además de por mi familia, sé que volveré pronto a Hendaya, la bella durmiente. À très bientôt, j’espere.

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