Entrerraíles (VIII): Jajce, inmersión balcánica

Dormir es fundamental. Para todo. En especial, si quieres estar rebosante de energía y afrontar la jornada venidera. La falta de descanso te impide disfrutar de lo que haces mientras estás despierto. Lo pudimos comprobar el día que fuimos de Sarajevo a Jajce, un pequeño pueblo perdido entre las verdes montañas bosnias.

Objetivamente, disfrutamos de una excursión agradable durante un día de temperatura óptima en el que contemplamos paisajes naturales e históricos con mucho encanto. Subjetivamente, nos dimos una paliza recorriendo las carreteras comarcales de un país perdido sin casi comer y no habiendo descansado. Además, la necesidad nos impidió controlar bien nuestros gastos, sintiéndonos como aquel coche del anuncio de seguros que se perdía dinero por el tubo de escape. Con el tiempo, el recuerdo que nos ha quedado se parece más a la realidad objetiva que a la subjetiva. Y es que la mente humana siempre fue muy caprichosa.

Antes de ir a un sitio en cualquier medio de transporte ajeno conviene mirar bien los horarios. Distinguir salida y llegada, mañana y tarde. Y memorizarlo. Si no, os pasará como a nosotros, que tras perder el primer bus tuvimos que elegir entre esperar varias horas al siguiente o buscarnos la vida de otra forma. En ese momento, nos acordamos de un hombre calvo, ataviado como un camareroque nos acababa de preguntar where are you going. Aquellas resultaron ser las únicas palabras que sabía en inglés, como bien comprobamos una vez subidos en su improvisado taxi. En el trayecto no paró de repetir la palabra “petrucho” y cuando por fin comprendió que solo íbamos a compartir el viaje de ida decidió cobrarnos más de lo pactado. Por eso, lo primero que hicimos al llegar a aquel pueblo, tras tres horas por carreteras comarcales, fue comprar (esta vez sí) nuestro billete de autobús para la vuelta.

¿Que por qué queríamos ir a Jajce? Sobre todo por su entorno natural, presidido por unas imponentes cataratas. Para acercarte a ellas lo suficiente había que pagar un euro. Pensábamos que sería necesario si queríamos buenas fotos, aunque poco después descubrimos resignados que desde arriba las vistas eran aún mejores (y gratuitas). En cualquier caso, el placer de que te salpique una cascada no nos lo quitará nadie.

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El pueblo resultaba asombrosamente pequeño. Parecía estar anclado en la Edad Media, y no solo por su arquitectura, sino por la sensación de aislamiento respecto al exterior. Tras improvisar un picnic con lo que acabábamos de comprar en un supermercado local decidimos dar una vuelta dentro del recinto amurallado. En la oficina de turismo, típico local municipal multiusos, una chica que apenas hablaba inglés me vendió un mapa que ni siquiera estaba traducido. Pero el riesgo de pérdida resultaba ínfimo en unas dimensiones tan reducidas.  El castillo se encontraba en lo más alto del cerro sobre el que estaban asentados todos los edificios. Tras volver a pagar otro euro, nos adentramos, para permitirnos el lujo de echar una siesta en el interior, sobre la hierba. Y os aseguro que con tanta fatiga acumulada sabía a gloria bendita. Por cierto, la vistas desde lo alto no estaban mal.

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Nuestro viaje de vuelta no fue menos accidentado. El autobús de regreso había pinchado una rueda por lo que nos acoplaron en otro que también se dirigía a Sarajevo, no sin antes parar en cada pueblo que encontraba a su paso. Como era de esperar, cuando regresamos ya hacía horas que el sol se había ido a dormir.

Total, que empleamos todo un día en visitar un pueblo de unos pocos cientos de habitantes situado a escasos kilómetros. Aunque la mejor crónica de esta jornada la escribió, sin embargo, mi amiga Claudia Sorbet. Aquí os la dejo:

Amanecer en Sarajevo, cambiar el despertador porque estás convencida de que tu compañero de viaje siempre se levanta hora y media antes de lo necesario, mirar con los ojos entrecerrados el horario de autobuses, leerlo mal, coger un taxi ilegal hasta Jajce, pagar por ver unas cataratas que podrías haber visto perfectamente gratis, recorrer el pueblo sin rumbo como si de un personaje que se cae a pedazos de The Walking Dead te tratases, alimentarte a base de plátanos, buscar unas casitas con agua que el mapa señala claramente pero que claramente no se encuentran por ninguna parte. Andar, andar y andar hasta que no das más de ti, y seguir andando. Descubrir que en Bosnia no venden Doritos. Preguntar a unas niñas dónde está el río y simular un río con el brazo porque obviamente no saben inglés. Ver cómo te miran asombradas y continuar sin brújula por las calles de forma aleatoria. Subir escaleras hasta llegar a un castillo por el que también tienes que pagar, preguntarte si les valdrá la entrada para las cascadas, pagar por entrar al castillo y, tras verlo, tumbarte en la hierba a dormir ante la mirada fija de los visitantes. Y aun así, uno de los mejores días de mi vida. Un viaje que repetiría cien veces.

Y en efecto, yo también lo repetiría otras cien. Porque son esas aventuras las que te permiten ponerte a prueba, aprender aquello que no sale en los libros y te unen para siempre a determinadas personas y lugares. Y precisamente por eso, permanecen en tu subconsciente por los siglos de los siglos. Amén.

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