Entrerraíles (IV): Zagreb, una capital particular

Frenesí, ruido y prisas por un lado. Extensas planicies, la imperiosa necesidad de transporte público e una inmejorable situación geográfica, por otro.  Las grandes capitales se acaban ajustando casi siempre a los mismos parámetros. Zagreb no. Manejable, pequeña y recóndita, la capital de Croacia pertenece a esa categoría de ciudades que sacrifican parte de su espectacularidad en aras de una mejor calidad de vida, tanto para los autóctonos como para los forasteros.

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La sensación de cambio de escala se hace patente nada más aterrizar en la estación ferroviaria, con relativamente buenos servicios para unas dimensiones tan reducidas. En ella, las palomas, ruiseñores y demás pájaros de ciudad sobrevuelan indistintamente por los andenes o el techo de la billetería, siempre al acecho de alimento. Pero lo que más puede impresionar a un urbanita es la frecuencia con la que los peatones atraviesan la vía ferroviaria. No sé de que me sorprendo, al fin y al cabo, es la manera más rápida de no equivocarse de tren.

Llama también la atención el número de trapos que cuelan de los balcones, esos que algunos llaman bandera y apellidan nacional. Croacia es un país joven y pequeño y por tanto, patriota. El nacionalismo resucitó tras la desintegración de Yugoslavia, y la terrible guerra balcánica de los noventa no hizo sino sacar a relucir los instintos más nocivos y primarios de los afectados así como reforzar ese afán por diferenciarse del prójimo. En cualquier caso, los croatas se escaparon bien ante los ojos de la Historia; si bien sufrieron e hicieron sufrir, no padecieron la destrucción de Bosnia, tampoco el rechazo y la condena internacional como Serbia, “buenos” y “malos” de la película, respectivamente.

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Ese aire discreto que desprende el país no es para nada una desventaja. Al contrario, les ha hecho crecer y prosperar sin la presión de los focos, permitiendo su ingreso en la Unión Europea el pasado año. O convertirse en un referente turístico de calidad (sobre todo por las playas Mediterráneas de Split,  a las que no pudimos ir, e incluso destacar a nivel deportivo, con una selección de fútbol que a punto estuvo de dar la sorpresa en el campeonato del mundo de 1998.

Aparte de Jaén, nunca antes había visto una ciudad inmersa en cuesta permanente. Una vez hayas salido de la estación de tren, puedes dirigirte hacia el Oeste si necesitas tomar un autobús o encontrar un albergue económico (hay tantos y tan próximos que confundirse supone un riesgo real, tal y como nos pasó a nosotros), al Este si quieres conocer el Jardín Botánico, o todo recto (cuesta arriba) para conocer el centro de la ciudad, en el que confluyen sin molestarse entre sí las iglesias(ortodoxas y católicas) con todo tipo de negocios y no pocas zonas verdes.

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Zagreb no es una ciudad cosmopolita. Sí, en cambio, mestiza. Los croatas, pueblo eslavo del sur, mantiene una esencia mediterránea dada su proximidad a Italia, que se manifiesta en una tez y un cabello generalmente más oscuro, a diferencia del resto de los balcánicos, y en una hospitalidad espontánea y natural para con el visitante, en lo que también coinciden con el resto de sus vecinos rubicundos ex-yugoslavos. Si te ven perdido, te ayudarán a orientarte, intuyendo tu vergüenza para preguntarles; si conocen tu idioma, en él se dirigirán a ti. Os lo aseguro por experiencia.

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La arquitectura prototípica de la ciudad es la decimonónica centro-europea: edificios más altos que anchos, con balcones y ventanales muy verticales, fachadas pintadas de colores tenues y en ocasiones de piedra y unas puertas imponentes para otorgar mayor solemnidad a las casas. Recuerda bastante a Burdeos. O a Lille, ciudad en la que viví un año, y a la que tuve la impresión de regresar cuando aparecimos en la plaza Ban Jelazic, todo un punto de referencia y un eje de articulación urbano, al igual que la Grand Place lilloise.

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Siempre he dicho que las ciudades, como las personas, tienen varias caras. Aparte de la nocturna y la diurna, en Zagreb tuvimos ocasión de experimentar el buen y el mal tiempo, como podéis haber visto en las fotos. Con en clima cambia la luz, la accesibilidad a los distintos lugares, la oferta de ocio (no hay terrazas ni espectáculos en la calle) y también tu propia energía y motivación. Por suerte, no lo hacen los precios, que para quienes venimos desde la eurozona, nos suponen una ganga (un euro equivale a 7,5 kunas, y no existen billetes de más de 400 kunas, creo recordar). Merece la pena aprovecharse  y  comprar recuerdos, como en mi caso, una imitación de la camiseta del combinado nacional de fútbol, el único que utiliza los cuadros en detrimento de las rayas.  O biencomer; Croacia tiene una gastronomía rica en carnes aliñadas y salchichas,  casi siempre acompañadas de una refrescante limonada, y postres muy elaborados y con un sabor muy intenso (perdonad que no de nombres, pero es que soy incapaz de recordar nada en serbocroata).

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Croacia no es un país  muy conocido, pero que cada vez más empieza a abrirse al mundo exterior, reflejando así el carácter y las necesidades de sus habitantes. Va a dar que hablar en los próximos años, seguramente para bien. Espero volver para  comprobarlo, esta vez a sus playas. Por de pronto, me llevo un recuerdo muy agradable de su capital, a pesar del mal tiempo de nuestro primer día. Y del pueblo de Samobor,  entrañable por sus edificios, sus paisaje, sus ruinas y su gastronomía. Aunque de él hablaremos en la próxima entrada.

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