Jodámonos

España duele, como diría el gran Miguel de Unamuno. El resto de Europa empieza a picar. Y qué suerte que en Occidente ignoremos otras realidades, llámense África, Asia o la América real, es decir, la no anglosajona (nótese mi sarcasmo malicioso).

A meses de unas elecciones generales en mi país predominan los cálculos electorales, diseñados por gestores sin personalidad a sueldo de candidatos egocéntricos. No hay diálogo, luego tampoco hay debate real. Sí, en cambio, cruces de declaraciones, ataques, insultos. Nada nuevo bajo el sol.

Recuerdo, durante el curso de 2º de Bachillerato, todo el malestar que sentía ante un sistema educativo del todo absurdo e ineficaz, en el que el fin mayor era pasar un examen global y los profesores, más víctimas que verdugos, concentraban sus energías en dar el temario a tiempo. Al cuerno el pensamiento crítico, el aprendizaje real o la formación humana y personal; todo aquello que pudiese perdurar en el tiempo era sacrificado en aras de la inmediatez, que en tales circunstancias llamábase Selectividad.

Cuando el temporal amainó y la mayoría de nosotros, a las puertas de la universidad, echábamos la vista atrás, no eran pocos quienes, observando a los que venían por detrás, clamaban cual diputada  incompetente valenciana: “que se jodan. Que sufran, como nosotros este curso. ” 

Al principio me escandalizaba, pero con el tiempo acabé compadeciéndome de esos compañeros. El sistema les había vencido, implántandoles su cruel y no menos contradictoria ideología: no pienses en nadie, no hagas nada, te mereces todo.  En otras palabras, el ego como eje vertebrador de nuestra vida, el otro como un enemigo en el momento que deja de sernos útil,  y todo eso inmerso en un sistema de frenética competitividad donde lo importante es llegar antes que el resto, da igual a costa de qué o de quién. Que se jodan. De tanto oírlo, llega un momento en que ni siquiera resulta soez.

La política de hoy mantiene intacto ese principio. Para llegar a ser candidato es tal la cantidad de obstáculos que hay superar que la mayoría de ellos se pierden a sí mismos por el camino, olvidando también los valores de su propio partido. Y una vez que alcanzan la cima, no estarán dispuestos a que nadie les baje. Ni si quiera la ciudadanía a la que tanto apelan.  ¿Y si se lo piden? Que se jodan.

 – Haber echo lo que yo. Haber estudiado/trabajado/sufrido como yo. Haberte amargado como hice yo (a saber que hacías tú mientras). Haber sido yo, que valgo más que tú. No me vengas con que tus circunstancias, ambición y personalidad eran distintas. Ahora jódete-responden ellos, qué casualidad, al igual que nosotros en tantas ocasiones.

Mientras tanto, sigamos sin dejar nuestros apuntes al compañero de clase. Tampoco saludemos al vecino, a menos que él tome la iniciativa, nuestra saliva es demasiado valiosa para malgastarla. No demos esa moneda que acabamos de encontrar en el bolsillo del abrigo al mendigo de la acera de enfrente. Ni preguntemos nunca qué puedo hacer por ti, no vaya a ser que respondan. Que se jodan.

Llegarán las elecciones, y gane quien gane, no habrá pacto por la educación, ni un cambio en las políticas ambientales, ni nada que solucione los problemas globales de largo alcance (aparte de ineficaces cumbres de peces gordos), ni que implique el porvenir de las generaciones futuras. ¿No fueron ellos los que nos votaron? Ahora que se jodan. 

Dicen que no hay futuro, pero nadie piensa en éste. Yo tampoco,  ando demasiado ocupado jodiéndome, por unos y otros. Y no sé vosotros, pero empiezo a estar harto. Y sobre todo cansado.

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