Entrerraíles (II): Milán, una ciudad con clase

Milán, como todas las ciudades del norte, tiene fama de fría, seria, gris. No obstante, tras haberme empapado de ella durante unos días, me voy con una impresión bien distinta. Y es que la capital mundial de la moda se convierte, a finales de junio, en un lugar idóneo para pasear y perderse, sobre todo si hace buen tiempo y, cómo en nuestro caso, te rodeas de excelente compañía.

Tanto el aeropuerto de Bérgamo como la Stazione Centrale son dos auténticos centros comerciales, lo que nada más llegar nos dará una idea del poder adquisitivo de sus habitantes. Porque Milán, más que adinerada, es una villa con clase. Los “nuevos ricos” que tanto abundaron en España en los años de la burbuja inmobiliaria no  tendrían tanta cabida en Milán, simplemente por falta de estilo.

La mejor manera de empezar un recorrido a pie es desde la plaza del Duomo, a la que se puede acceder directamente en metro (un medio de transporte que en esta ciudad funciona francamente bien, y complementa al autobús y al tranvía). Una vez allí, te verás impactado por 3 factores: la cantidad de palomas que sobrevuelan la plaza (superior, incluso, al número de turistas), los vendedores ambulantes, siempre al acecho, con el “palo de selfie” como producto estrella, y la propia majestuosidad de la catedral.

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Personalmente, recomiendo continuar el recorrido hacia el norte, que fue justo lo que hicimos, dirección al castello Sforzesco, el cual conecta con el parque Sempione. Durante el trayecto podrás tomar nota de una ciudad abierta y cosmpolita, que mira más hacia el norte (Europa) que al sur (el resto del país). Por lo visto, las diferencias norte-sur están muy marcadas en Italia, y como suele ser habitual, los de arriba tienden a mirar por encima del hombro a los de abajo. Aunque he decir que eran los propios milaneses quienes me confirmaban el estereotipo, haciendo un nada reprochable ejercicio de autocrítica.

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En el parque Sempione, más acogedor y menos conocido que el Hyde Park londinense, destacan los estanques y las zonas verdes para tumbarse a descansar o jugar al balón, tanto al sol como bajo la sombra de los árboles. Un escenario, que parecía fijo, alternaba espectáculos musicales con otros infantiles y de magia, siempre con gente pendiente de ellos.  Y es que la vida cultural de Milán parecía en un constante estado de ebullición, trasmitiendo una sensación-al menos, a forasteros como yo- de que siempre hay algo por hacer, tengas o no con quién hacerlo.

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No menos poderosa es el alma artística de la ciudad. En cualquier barrio puedes encontrar edificios impactantes, si bien no siempre dentro de un paisaje arquitectónicamente armónico a causa de los distintos periodos de industrialización que padeció la ciudad, y con ella buena parte de su patrimonio. Con la excepción, cómo no, del casco antiguo y del barrio de Navigli, conocido como el de los hipsters, aunque muy anterior a la aparición de esta tribu urbana. Dos zonas que conviene recorrer sin prisa, y casi sin mapa, para poder deleitarse más durante el paseo.

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Para recuperar energía tras una prolongada caminata, nada mejor que tomar una birra sentado en la plaza donde se ubican las columnas y la basílica de San Lorenzo, patrón de la ciudad. Varios grupos de jóvenes como nosotros hacían lo mismo, improvisando una suerte de botellón internacional en un marco histórico muy agradable, razón por la cual nadie depositaba los desperdicios en el suelo.

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Milán es esencialmente moderna, en todos los sentidos. No es casualidad que fuera elegida sede de la Expo  (a la que por falta de medios, no asistimos). Se viste bien, se come bien, te puedes mover bien, te tratan bien (por lo menos, si haces el esfuerzo de dirigirte en italiano) y por ende, supongo que se vive bien. En ella coexisten zonas con glamour, de turistas y extranjeros, a las que podríamos calificar de “interistas”, y otras más locales y pequeñoburguesas, como el municipio colindante de Sesto donde nos acogieron, más “milanistas”. (Nota para los no futboleros: la ciudad tiene dos equipos, el Inter, con los colores negro y azul, tradicionalmente más elitista, y el Milán, rojo y negro, más popular. Dicho esto, el segundo descendió por corrupto a mediados de los 80 y en los 90 estuvo presidido por el magnate Silvio Berlusconi. Y sí, a mi me tira más el Inter).

Confieso que nunca antes había estado en Italia. Y aterrizar en Milán en estas condiciones fue una gran forma de poner mi primer pie en “la bota”. Aparte de la hospitalidad de nuestra anfitriona, Nadia, y de nuestra amiga Francesca, que hizo las veces de guía, y de haberme reencontrado, aunque poco tiempo, con mis amigas del Erasmus, Annarita y Giulia, lo que más me gustó de la ciudad fue la gastronomía y el barrio de Navigli.  Sobre ellos hablaré en mi próxima entrada. Ci vediamo presto, spero!

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