Crónicas del gachi (III): ciudad, campo, aire

Nadie valora lo que tiene hasta que le deja de ser propio. Sobre todo lo inmaterial: un paisaje, un clima, tus costumbres, tus paseos. Las pequeñas cosas de la vida no son espectaculares, son, sencillamente, nuestras. El otro día pude comprobarlo dando una vuelta por el paseo de Linarejos, dirección a la vía verde que conecta con La Cruz y Vadollano. Un paisaje que nunca hasta entonces había apreciado como era debido.

Hacía una temperatura ideal para los autóctonos, desagradable para los norteños. El sol apretaba, aunque estaba lejos de ahogar. Además, en el Paseo siempre hay roales de sombra. Los 700 u 800 metros que debe haber entrela fuente de La Paloma y el Zapatones (apelativo a la estatua de Andrés Segovia),  son ideales para entrar en calor, en sentido literal y metafórico. Más adelante es cuando comienza de verdad el recorrido.

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Mis pasos me llevan ahora a los jardínes de Doña Luci, conocidos como el parque de la Virgen o dónde se hace botellón en la feria. Salvo en esa época, se trata de un lugar tranquilo el resto del año. Tal vez demasiado. Es bien sabido que bajo la sombra de los árboles se cierran grandes acuerdos, siempre lícitos, casi nunca legales. Aunque camellos, chulos y estraperleros se andan con sumo cuidado, mucho más durante los días que la basílica de la Virgen de Linarejos se vestía de gala para celebrar sus fiestas patronales. Finales de mayo, principios de junio, posiblemente, los mejores días del año en tales latitudes.

No es Linares un pueblo muy devoto a su Virgen. Todo el mundo la respeta, y en los colegios los niños siguen cantándole y ofreciéndole sus dibujitos, que cada año acaban expuestos por esas mismas fechas en el interior de la iglesia. Pero hay bastantes celebraciones por delante, y los más mitómanos ya se han buscado otras figuras a las que rendir pleitesía. Gente que sabe enumerar más vírgenes que apóstoles cuándo en realidad solo hubo una frente a los 12. Nunca dejará de sorprenderme.

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La vía verde se ubica justo detrás del templo. A partir de aquí, nuestros ojos presenciarán todo un espectáculo de flora, fauna (de personas más que animales) y olores. Siempre con un aire, cálido y perfumado, muy característico del ese paisaje. La industria y los olivos ceden poco a poco el terreno a las antiguas minas y a los eucaliptos, jaramargos y demás plantas salvajes. La huella antrópica se diluye, la presencia humana permanece, encarnada en corredores, ciclistas y paseantes que han decidido tomar el aire. Es curioso, pero al cruzarte con tales transeúntes, puedes perfectamente resumir los tipos generales de naturaleza humana que existen, a saber, aquellos que saludan al cruzarse contigo, los que solo lo hacen si tú tomas la iniciativa y los que, por la razón que sea, pasan del prójimo.  Y no hay más, no le deis más vueltas.

Curiosa también es la voluntad azarosa y caprichosa del paso del tiempo. Donde antaño se localizaban minas de plata y plomo, ahora solo se vertebran sus ruinas. Donde antes afloraba riqueza y venía tanto capital extranjero interesado y pudiente, como los emigrantes paquistaníes dispuestos a trabajar en aquello que los autóctonos evitaban a toda costa, ahora se ubica el quinto municipio con más paro de España, en el que cada día aumentan los locales vacíos, los negocios en liquidación y la lista de prejubilados, cuyos hijos y sobrinos se ven obligados a buscarse el pan lejos de casa ante la falta de oportunidades. La reconversión industrial primero, y la comercial después, corrieron en Linares la misma suerte que la democracia en Rusia: nunca acabaron de consolidarse. Y al igual que en la patria de Tolstoi, aquí siempre lo paga el pueblo.

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Pero nos sigue quedando el consuelo de ser una de las ciudades más sociales del mundo, como desveló hace poco Europa Press. Y de saber conjugar el verbo tapear, que no presenta las mismas formas que irse de pintxos. Y de tener caminos en los que perderse y así poder alejarse del espacio y del tiempo, sin ni siquiera salir de la ciudad. Al ritmo que el mundo cambia y el ecosistema se degenera, no deja de ser un privilegio el poder pasear por una vía verde, espacio de resistencia a las homogéneas y globalizadas junglas de asfalto y polución.

Porque seguimos necesitando a la naturaleza y al ejercicio como al aire que respiramos. Precisamente para eso, para tomar aire, cargar las pilas o desestresarse, o quizás ambas a la vez. Como hice yo aquella tarde de finales de mayo, rompiendo mi rutina monótona de estudio para, por raro que resulte, hacerla más productiva.  Y porque nunca está de más reconciliarse por enésima vez con tus raíces, con tus recuerdos, con el paisaje y el aire de tu tierra.

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Estuvo muy acertado Rilke al afirmar que uno no tiene más patria que su infancia. Será por eso que aún habiendo visto y estado en más y mejores lugares, siga extrañando Linares cuando llevo demasiado tiempo fuera. Y que disfrute tanto al volver, como aquella tarde soleada de finales de mayo, paseando por la vía verde. Tomando aire, ni más ni menos.

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