Memorias azulillas desordenadas

Recuerdo la primera vez que fui a ver un partido de fútbol en vivo. En concreto, al viejo municipal de Linarejos. Aquella tarde, un sábado del ocaso primaveral, lucía un sol radiante, mas el calor era aún soportable. Apuré mi partida al Yoshi Island, mítico juego de la Super Nintendo, hasta que unos amigos de mi padre nos recogieron, a mí y a mi abuelo. No recuerdo el rival, tampoco la categoría (¿Tercera, tal vez?) solo el resultado: 2-1, con remontada incluida. Esa tarde aprendí que lo importante no es cómo empieza todo, sino la manera en que termina. Gran lección que no me abandonaría nunca.

Pasaría un tiempo hasta que volviera al campo por segunda vez. Esta vez sí tengo una imagen más nítida. ¿Adversario? el filial del Recreativo de Huelva, equipo que acababa de subir a la división de oro ese año. Sus canteranos querían redondear la gesta con otro ascenso a Segunda B, superando previamente al Linares. Aparentemente, teníamos la sartén por el mango al haber derrotado al Tomelloso y al Don Benito, pero en esto del fútbol nunca se sabe.

El  equipo azulillo me enseñó la tan arriesgada costumbre de procastinar, empatando a nada aquella tarde y dejando sus deberes pendientes para la semana siguiente, en la capital onubense. Pero nuca es demasiado tarde si la dicha es buena. Y si el qué merece la pena, el dónde, el cómo y el cuándo son y serán siempre secundarios. Y de esa forma memoricé mi segunda y tercera lección balompédica, respectivamente.

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De los años en Segunda B tengo muchos y muy variados recuerdos. Desde destituciones de entrenadores notables como Vicente Campillo o José Antonio Vázquez Bermejo a la llegada de otros que cumplieron de sobra su cometido como Juan Carlos Álvarez o el inolvidable Pedro Pablo Braojos.

También de jugadores que si bien vinieron desde fuera, se convirtieron en el alma máter del equipo (me vienen a la cabeza los nombres de Óscar Benito, eterno guardameta y ahora segundo entrenador, y el todavía líder de la zaga y capitán Francisco Pérez, “Chico“). Un perfil que encaja muy bien con la sociedad linarense, al tratarse de una ciudad construida por forasteros que quisieron y supieron integrarse a gracias al buen hacer en su trabajo. Como ellos. O como mis padres, sin ir más lejos.

Y cómo olvidar nuestras “estrellas” cuyo nombre se coreaba al unísono en las gradas: Gabriel “el tanque” Bordi, Romerito, la “gaviota” Catanha (cuyos cromos con la elástica del Celta aún conservo), Moncho, Dani Bouzas, Pedro Díaz, Cidoncha, David Gallo, Sergio Postigo, Oscar Ventaja… aunque lo admito, el jugador que más me impresionó en Linarejos por su entrega y energía fue Jorge Troiteiro. Hasta el día que observé a Sneijder en Anoeta, creo que su último partido con el Real Madrid, nunca antes había visto tantas carreras, sprints y recuperaciones de balón tan seguidas y sin casi despeinarse.

Siempre me llamaron la atención los guardianes del arco. Me sentía indentificado con ellos al jugar casi siempre de portero, también por la soledad y el exceso de responsabilidad que les caracteriza. Además de a Óscar Benito, presente en varios ascensos, recuerdo como conseguimos sacar de Euskadi a uno que empezó muy bien y se fue por la puerta de atrás, de nombre Garikoitz Basauri. Y a Moso, al que veía en la tele (cuando retransmitían los partidos de Segunda los sábados) con la elástica del Pontevedra. Y a los “Manus” (Martínez y Arroyo). Si las porterías de Linarejos pudiesen hablar, seguro que podrían contarnos mil y una anécdotas,tics y manías de cada uno de ellos.

Pero el jugador número doce, que no es otro que la afición, ha ido siempre unido a mi memoria cuando pienso en el Linares. Por ejemplo, al llenar un campo de 10.000 localidades en partidos de 2ªB y Tercera, cuando varios equipos de superior categoría apenas reúnen la mitad. También me viene a la cabeza la corona fúnebre que solía recibir Josu Ortuondo cuando volvía a Linarejos, ya como entrenador del Extremadura de Almendralejo. O el buen rollo con las aficiones del Córdoba, Poli Ejido, Écija, Racing de Ferrol, Zamora, Pozoblanco y otros tantos, así como de la rivalidad y los piques con el Cartagena, Granada, Las Palmas y sobre todo el Real Jaén.

Rivales dignos 034D7JAE-DJA-P1_1hubo unos cuantos. Cómo olvidarse del duelo fraticida por los puestos de ascenso con el Racing Portuense, escuadra que nos humilló en Linarejos y que además nos eliminó de la Copa del Rey, si bien, casi al final de la temporada, les vencimos a domicilio. Acabé cogiendo cariño a aquel equipo. O el todopoderoso Cádiz,  quienes demuestran constantemente que la 2ªB se les queda pequeña. Recuerdo, un año que ascendieron, que fueron incapaces de ganar en Linarejos. O el filial sevillista, por el que desfilaron unos Ramos, Navas, Capel, Puerta y varios peloteros que acabarían consolidándose en el fútbol español. El Sevilla B, luego Sevilla Atlético, era el equipo que medía el pulso de la categoría de bronce. Los “grandes”, dirigidos por Joaquín Caparrós en aquel tiempo, también nos visitaron en un cruce de la Copa del Rey. Se llevaron la eliminatoria, aunque el “premio” fue nuestro al haber llegado hasta allí eliminando previamente al Leganés, todo un Segunda.

Hace ya seis años, el chiringuito se fue al traste. Espantada de Junta Directiva, deudas y salarios impagables, disolución. Algunos jugadores (Fran Carles, Corpas, Navas…) decidieron emular a Buffon, y  como el portero de la Juve, antepusieron el club a su carrera. Sin ellos, la gesta de cuatro ascensos en seis años hubiera sido del todo imposible. Fue doloroso aquel final. El verdadero aficionado, el que se compraba su abono y era un fijo cada dos semanas en el campo, no se merecía un descenso por razones extradeportivas. Tampoco los jugadores que se dejaron la piel clasificándose durante tres temporadas consecutivas para el play-off a Segunda División.

Ahora, de nuevo en el lugar que nos corresponde, toca aprender de los errores. Primero, no dejándose llevar por las prisas, queriendo conseguir todo a cualquier precio y por la vía rápida. Ni permitir que el club deje de ser de sus socios, por y para ellos, desconfiando siempre y en todo momento de los inversores ajenos al fútbol que prometen el Cielo en la Tierra. Apostar por la cantera, porque tarde o temprano,  siempre dará sus frutos. Cultivar buenas relaciones con otros clubes y aficiones, pues siempre es agradable ser respetado fuera, y nunca se sabe cuando te puede venir bien que te echen un cable. Y por último, ser fiel. El verdadero drama de este ascenso no será volver a descender el año que viene, sino encontrarse un campo medio vacío, con más camisetas del Barça o del Madrid que azulillas. Por eso, desde aquí, me comprometo a subir a Linarejos siempre que esté por Linares y que el equipo juegue como local.

Suele decir en sus homilías Alberto Jaime, párroco de la iglesia de San Francisco de nuestra ciudad, que te derrotan no los que te tiran al suelo, sino quienes te roban la alegría. En estos seis años nada ni nadie lo ha conseguido, por eso hemos vuelto.  No nos dejemos vencer ahora, en la categoría que nunca debimos perder. Aunque viendo cómo ha transcurrido todo este año, no creo que eso suceda. En cualquier caso, muchas gracias por todo equipo.

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