Barásoain, encuentro con raíces navarras

Volver a tus orígenes siempre es reconfortante. Lo experimentamos toda la familia- en especial mi abuela- cuando hace dos fines de semana visitamos Barásoain, la localidad navarra que la vio crecer. A diferencia de las urbes impersonales donde todo se puede reducir a una cifra, cada pueblo posee una idiosincrasia que lo hace único. También a sus habitantes, de un carácter, integridad y espontaneidad desde luego envidiables.

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Se trata de un pueblecito muy particular. En Barásoain no viven más de 600 vecinos, si bien durante las fiestas de San Bartolomé, el 24 de agosto, tal cantidad se multiplica por indefinido. La iglesia tiene un aforo de 500 personas, señal inequívoca que todavía ejerce un rol central en la vida de los lugareños. A las elecciones municipales solo concurre una única lista, de un color azul oscuro navarrísimo, para nada euskaldún. ¿Para qué mas? si aquí nos conocemos todos– aclara un vecino amable y resuelto- además, el pueblo está bien como está.  Y es que en determinados lugares, la costumbre y la tradición tienen más fuerza que todo lo demás. Incluso que los las modas, tendencias y medios de comunicación, las lavadoras de cerebro contemporáneas.

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Para tomar algo nos encontramos dos lugares: un restaurante de carta y menú diario, casi lleno, y un bar social-vecinal o “Casa del Pueblo”, amplio edificio de piedra y dos plantas, que no ha mucho perteneció a mi familia. Mi abuela se crió entre esas paredes, bajo la responsabilidad de sus tíos y con la compañía de varios animales domésticos, que no mascotas. Y a pesar de ser propiedad privada, las puertas de aquella permanecían casi siempre abiertas para todos. Eran otros tiempos. Ahora, los vecinos organizan todo tipo de eventos, aparte de pasar a diario para tomar su zurito, txikito y jugar la partida de cartas. Un grupo de jubilados nos enseñó el interior del edificio. Faltaban paredes, habitaciones y todas esas baratijas de incalculable valor sentimental. No obstante, no deja de ser un buen final para una casa que, por problemas de herencia, a punto estuvo de caer en manos muertas y quedar abandonada a una suerte irredenta. Hoy, en vez de ser la casa de nadie, es la casa de todos, y así será hasta que los lugareños lo consideren oportuno.

Con frecuencia me pregunto qué me deparará el futuro, dónde, cómo y con quién acabaré mis días. Puede que termine asentándome más lejos de lo que soy capaz de imaginar, y que mis descendientes solo compartan conmigo la sangre y el apellido, tal vez ni éste. En tal caso, si alguna vez visitaran el pueblo de sus ancestros sentirían, al igual que yo en Barásoain, una extraña mezcla de distancia y cercanía, en un lugar que pudo haber sido pero que nunca fue mi hogar. En el que la familia Arrazubi, una de las más notables del lugar que durante años ostentó una enorme influencia y poder, mas cuyos descendientes, entre los que formo parte, apenas atinan a la hora de colocar el municipio en el mapa. Un lugar que, hace décadas, lo era todo para los míos, y ahora bien que podría ser nada si no nos hubiésemos acercado aquel día.

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Tengo vértigo. Vértigo de pensar que mi casa de Linares desde donde escribo estas líneas pueda algún día resultar totalmente ajena para mi familia, quedando reducida a un espacio casi de ficción en el que transcurrieron las típicas batallitas de su abuelo, no tan distinto de aquellos parajes de los cuentos que los niños escuchan antes de dormir. Y frente a las voluntades y caprichos del Azar y del Destino no hay nada que podamos hacer. Bueno sí, siempre que cuidemos a la Memoria de los estragos del paso y del tiempo, y mantengamos intactas nuestra curiosidad por conocer y conocernos, que a larga siempre coinciden, como comprobé aquella jornada en Barásoain.

Seguramente acabe volviendo a aquel pueblo, posiblemente para las fiestas patronales, siguiendo el consejo de sus vecinos. Hasta ese momento, solo puedo compartir mi experiencia a través de esta entrada y sus fotos. Espero que os guste y que os haya animado a ir. Doy  fe de que seréis bien recibidos.

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