Paseo burladés

De puntillas y sin hacer ruido. De esa forma solemos pasar allá donde vamos. En parte por miedo, en parte por comodidad, también  por la (mala) educación recibida o las circunstancias externas. En mi caso, tres años en Navarra me han valido, muy a mi pesar, para conocer esta tierra tan bien como podría hacerlo un peregrino estacionario que se dirija a Santiago por el Camino Francés, con una estancia de no más de una semana. Por eso no me lo pensé dos veces cuando, hace poco, mi amiga Claudia me propuso dar un paseo por Burlada.

El periodo de exámenes es aquel durante el que hacemos cosas que ni siquiera nos planteamos el resto del año. Desde ver pelis y series de bajo presupuesto a ordenar nuestra ropa interior, todo sea por no ponerse a estudiar. Hacer turismo en Burlada encaja perfectamente en esa tipología de actividades insólitas. Pensaba que lo único que podría aportarme aquella caminata era buena compañía y conversación, medicinas para todos los dolores no patológicos. Y una vez más me equivoqué.

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El paraje dónde Claudia me llevó se localizaba a orillas del Arga, relativamente cerca en distancia, mas muy lejano de mis hábitos y lugares frecuentes. Inmerso en plena naturaleza, la inevitable huella del hombre casi pasaba desapercibida; los transeúntes más o menos parroquianos  no alteraban el espectáculo de rayos de sol al atardecer, acompañado de una brisa agradable por su ligereza e incluso algunos animales domésticos que disfrutaban de cierta libertad, como puede verse en las fotos.

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Muchas veces pensamos lo grande. Soñamos con largas distancias, exóticos lugares y astronómicas cifras, tanto en ingresos como en costes. Nada de eso es recriminable. El único fallo consiste en mirar directamente al horizonte y no percatarse de todo lo que queda a nuestro alrededor. A veces incluso enfrentamos ambas realidades, como si encerrasen una naturaleza opuesta, cuando en realidad se complementan. No se llega a escalar un ocho mil sin haber recorrido antes las montañas de tu comarca, como tampoco se puede debutar en Maracaná sin haber jugado al fútbol en las embarradas pistas de las favelas.

Tampoco podremos disfrutar de la vuelta al mundo si somos incapaces de acercarnos a esos lugares de nuestro entorno que merecen la pena. Siempre es mejor hacerlo en buena compañía, un aspecto que no depende de nosotros, sino de la fortuna que hayamos tenido en encontrar (o no) a gente con la que nos sintamos a gusto. En eso sí que soy un privilegiado. Gracias Claudia.

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