Postman y la caja tonta

“En 1984, agregó Huxley, la gente es controlada infligiéndole dolor, mientras que en  Un mundo feliz es controlada infligiéndole placer. Resumiendo, Orwell temía que lo que odiamos terminara arruinándonos, y en cambio, Huxley temía que aquello que amábamos llegara a ser lo que nos arruinara. Este libro trata de la posibilidad de que sea Huxley, y no Orwell, quien tenga razón.”(Neil Postman, Divertirse hasta morir, Prefacio)

El escritor, sociólogo y pedagogo estadounidense Neil Postman (1931-2003) ha sido junto a Marshall McLughan la mayor celebridad dentro del reducido universo de los académicos de la Comunicación. Un campo bastante paradójico, pues la naturaleza teórica de la disciplina comunicativa se ha visto siempre como un tema discutido y discutible: si  la trasmisión del mensaje es eficiente, será su misma eficiencia lo que nos haga prestarle más atención al propio contenido que a la trasmisión del mismo. Dejando el rollo epistemológico aparte, es importante resaltar de Postman tanto su carácter todoterreno como su amplia y acertada visión de futuro. En su ensayo “Divertirse Hasta morir: el discurso público en la era del show bussiness” bien que lo demuestra.

Su tesis se resume en que la televisión ha cambiado, a peor, la manera de comunicarnos, informarnos y entreternos. Para él, la comunicación y la información de hoy en día son indisociables del entretenimiento, eje central de la industria audiovisual. Así, la brevedad, la inmediatez, la buena presencia ante la cámara y sobre todo la diversión son los rasgos que definen nuestra era, la de la imagen, que no del contenido, y de la forma, en detrimento del fondo.

Postman desmonta a lo largo de su libro aquella visión positivista de que el avance  tecnológico facilita la vida humana y complementa los logros pretéritos. Cualquier innovación comunicativa (escritura, imprenta, radio…) no complementa a las anteriores, sino que altera todo el funcionamiento de la sociedad y sus códigos internos, también la mentalidad y el comportamiento de sus miembros. La televisión, según el autor, viene a ser la heredera con el telégrafo y la fotografía, cuya esencia se opone radicalmente a la del libro y la prensa escrita, de una naturaleza más pausada, reflexiva y orientada hacia el diálogo.

Con un estilo pedagógico y conciso, pero sin llegar a caer en la banalidad y simpleza que tanto critica (sería un error imperdonable en esta obra) las casi 200 páginas de Divertirse hasta morir repasan la decadencia sociocultural de Estados Unidos a lo largo de su Historia; desde sus orígenes, cuando fueron la nación más alfabetizada, con más libertades y gobernada en exclusiva por intelectuales, hasta la llegada a la presidencia de un actor hollywoodiense como Ronald Reagan y todo su séquito, curtido en platós de televisión.

Con semejante contexto solo cabe preguntarse cómo se ha podido llegar hasta aquí. Cómo puede ser que a Orson Welles le recomendaran no meterse en política por ser un rostro conocido y que un intelectual de la talla de Thomas Paine no hubiera ido nunca a la universidad; que los debates en la época de Lincoln, de unas siete horas de duración y prolongables a varios días, estuvieran abarrotados de amas de casa y obreros ávidos de cultura política. Uno se pregunta cómo es posible que todos esos acontecimientos tuvieran lugar en el mismo país que nos trajo el neoliberalismo, la MTV, la comida rápida o el Tea Party.

Y la respuesta no está en la idiosincrasia de la sociedad estadounidense, sino en la televisión. No en su abuso, sino en su mero y cotidiano uso. Los padres fundadores de los Estados Unidos de América tenían una mente tipográfica, configurada por la imprenta y la lectura, como el resto de la sociedad de su época, ya fuera civil o clerical. La televisión rompe los espacios, tiempos y reglas de juego del aprendizaje; los teólogos deístas dan paso a los telepredicadores de masas, la Gaceta de Boston a Fox News, y George Washington a su tocayo George W. Bush. Es ley de vida. Se trata de la involución de la República de las Letras a  la Sociedad del Espectáculo, ni más ni menos.

¿Es posible una televisión de calidad, con el espíritu ilustrado? Se cuentan numerosos intentos, pero la experiencia nos muestra que se quedan en eso, en un cúmulo de buenas intenciones. Las intervenciones de no más de dos minutos con 15 de publicidad cada media hora abortan todo intento de una televisión racionalista e intelectual.

El problema, insiste, está en el formato, cuyas reglas de juego determinarán el contenido. Un programa de debate (por ejemplo, La Sexta Noche) siempre será mas recomendable que cualquier reallity show, mas el objetivo sea formarse e informarse, es preferible escuchar una versión radiofónica o leer los artículos de prensa firmados por los mismos contertulios. He aquí la versión 2.0 de las enseñanzas de Marshall McLuhan, aquel que acuñó la sentencia tan lapidaria como pegadiza de “el medio es el mensaje”.

A pesar del estímulo intelectual que supone la prosa ácida y fresca de Postman, se puede sacar punta a sus radicales postulados. Primero, porque no tiene en cuenta las múltiples inteligencias del ser humano, y si bien para los que, al igual que él, tenemos una mente más bien “tipográfica” (es decir, que disfrutamos más leyendo y escribiendo que viendo cuadros o con una cámara entre manos) este libro es una gozada, dudo mucho que agrade a un fotógrafo, pintor o cineasta, no necesariamente frívolo y materialista.

Tampoco las mentes tipográficas y visuales son opuestas y excluyentes (¿cómo se explica sino el oficio de dramaturgo o guionista?). Habría sido más humilde por su parte enfocar sus reflexiones como “esto es así, y no me gusta” que augurar el descalabro de la cultura y del mundo tal y como lo conocemos. Aunque de esa manera apenas le habríamos hecho caso.

Por otro lado, y como amante de la ciencia ficción, más adecuado resultaría el símil con Farenheit 451 de Ray Bradbury, que con Un mundo feliz, de Huxley. Se trata de un futuro no tan remoto, una sociedad menos jerarquizada (aunque igual de estúpida y adicta a los excesos y placeres) y mucho más televisiva y televidente. Sobra decir que el infoentretenimiento es perfectamente compatible con un gobierno autoritario reacio a mostrar sus vergüenzas, que no partes nobles, y si no, mirad a vuestro alrededor. Aunque en Literatura, para gustos, los autores.

Afirmaba el reportero Ryszard Kapucinsky que la ventaja del mundo occidental frente a las sociedades en vías de desarrollo era la capacidad de autocrítica frente al victimismo generalizado. El hecho de que este libro proceda de un académico norteamericano deja abierta la puerta a la esperanza y a la redención frente a un panorama desalentador, tan surrealista y realista a la vez. ¿Qué pasaría si Neil Postman levantara la cabeza y contemplara los estragos que ha causado Internet a la comunicación humana? Seguramente se volvería a la tumba. No sin antes regalarnos otra obra tan imprescindible. Por el momento, tenemos que conformarnos con ésta. Disfrutadla.

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