Semanantaseando

La Semana Santa, la segunda feria de Linares, me despierta emociones contradictorias. He de aclarar que nunca la he vivido más allá del rol de espectador. Aunque tampoco me he planteado alguna vez un papel distinto, siendo francos. El carácter folclórico de un pueblo cada vez más deprimido, unido al respeto unánime a la tradición religiosa y sobre todo popular resultan poco menos que encomiables. Pero no vale engañarse: toda fiesta, religiosa o pagana, encierra cierta dosis de frivolidad que no deja en buen lugar al lugareño que la consume. Respeto la Semana Santa de Linares, y me gustaría que existiera siempre, mas creo que nunca llegaré a vivirla, tampoco a formar parte de ella.

Rescate, Nazareno, Expiración, Santo Entierro o “Resucitao”, toda procesión adopta el nombre del momento de la pasión de Cristo al que hacen alusión, y si bien aparecen por orden cronológico, en determinados puntos de la ciudad podrás ser testigo de un anacronismo evangélico. Dicho esto, no conozco a vecinos que haya protestado alguna vez; o bien no se dan cuenta, o bien no les importa. Quizás ambas cosas.

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Sea como fuere, siempre hay quienes rinden un mayor culto a las vírgenes. Cada paso tiene la suya propia. Existe cierta competencia, me imagino que al igual que entre las distintas peñas de un mismo equipo de fútbol o las diversas escisiones de las partidos políticos de izquierdas. En estos casos conviene recordar que madre no hay más que una. Deberían preguntar nociones mínimas del catecismo antes de formar parte de cualquier cofradía. Por ejemplo, el episodio de la adoración del becerro de oro, en el Antiguo Testamento. Y todo el Nuevo, no solo el tramo final.

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A veces me gustaría ser extranjero en mi propia ciudad. Así podría sorprenderme de los entramados y calles locales, quedar estupefacto ante la devoción (rayana en la idolatría) de cofrades, costaleros y músicos, adivinar lo que pasa por las cabezas de tantos rostros desconocidos, fotografiar sin descanso a penitentes, pasos y figuras. Nada de eso ocurre. Supongo que es el precio a pagar por haberte criado un determinado lugar y ambiente.

Cada vez creo con más firmeza que el alcoholismo y las distintas adicciones no son sino la respuesta natural de quienes han renunciado o les ha sido extirpada toda capacidad de asombro. Todos necesitamos entretenernos, y para hacerlo bien debemos quedar impresionados, ya sea de manera natural o artificial. Drogarse es la manera que tienen los más insensibles de estimular su goce. Otros lo logran mediante los pasos de Semana Santa. La mayoría, sin embargo, compaginan lo uno y lo otro, al menos en mi ciudad.

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Durante la Semana Santa linarense, el catalán se convierte en el segundo idioma. Por delante del castellano si indisociamos a este último del andaluz. Hijos y nietos recorren el camino inverso que padres y abuelos a mediados de un siglo veinte grabado en fotos color sepia. Es fácil reconocerlos: si ves  a alguien en un bar de la ciudad tomando tapas antes de la una de la tarde, puedes dar por hecho que viene de más allá de Despeñaperros.

Los lunes de Pascua no son festivos en Linares. Todo lo contrario; tras una semana de celebración en celebración, de súbito toca volver a clase o al trabajo. La cuesta de Pentecostés. No obstante, solo afecta a los más afortunados. ¡Quién pudiera currar! clama de desempleados cada vez más amplio, resignados a recuperar aquello que antaño les hacía desgraciados. Cruel paradoja, más si cabe que aquella de festejar la Pasión y Muerte mientras se maldice la Resurrección.

En cualquier caso, todo el mundo tiene derecho a tomarse un respiro, a olvidar sus penas, a manifestar su fe y devoción, a reencontrarse con la familia y reconciliarse con sus raíces. La Semana Santa no es solo eso, mas todo eso es Semana Santa. Si no existiera habría que inventarla. Y a pesar de quinquis, marrulleros, catetos de provincia o fervientes militantes del postureo que proliferan por las calles de Linares en estas fechas, prefiero esta celebración tradicional que cualquier otra prefabricada y posmoderna, no exenta de los excesos-ni de los defectos- que conforman la sociedad de hoy en día. Y con tales palabras me despido de ella. Hasta el año que viene, supongo.

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