La Política frente al Romanticismo

Desde la Antigüedad clásica se ha definido a la política como el noble Arte de gobernar. Lo mismo pensaba el ilustre profesor de la Universidad de Harvard Michael Ignatieff (Toronto, 1947) cuando tres letrados desconocidos (a los que denominó  los hombres de negro) le invitaron a cenar una noche de octubre del 2004 para proponerle un plan tan apetecible como indigesto: regresar a Canadá para convertirse en Primer Ministro. La sociedad canadiense y el Partido Liberal le necesitan– argumentaron. Además, reunía varías de las virtudes que todo representante desearía tener: una mente abierta, talante dialogante y reflexivo, espíritu crítico, un sólido bagaje intelectual y no menos experiencia internacional. Eso fue al menos, lo que le hicieron creer. Ignatieff aceptó.

Mas la realidad, juez implacable, le hizo ver que la Política consistía en “algo más que virtudes”. Y se lo hizo pagar caro: en las elecciones legislativas de 2011, el Partido Liberal al mando de Ignatieff cosechó el peor resultado de toda su dilatada historia.  Fuego y cenizas, éxito y fracaso en política, es la crónica su  aventura fallida.  Y desde el siempre egoísta punto de vista del lector se agradece tal desdicha. Solo así nos podría haber regalado un libro tan extraordinario como imprescindible para quienes estemos interesados en comprender las claves de la política contemporánea.

Con un estilo ameno y claro, unas  veces ensayístico y otras pedagógico, su   lectura resulta agradable por muy escasos que sean nuestros conocimientos de Política.  La máxima que resume la esencia de sus 10 capítulos novelizados, consiste en que si bien la Política es y será siempre un Arte (dadas las dificultades que entraña el dominio de su técnica, así como la imposibilidad de aprenderlo en los libros),  en ocasiones dista mucho de ser noble. Una visión equidistante entre los testimonios de Maquiavelo y Mandela.

Portada del libro, via editorialtaurus.com

Algunos pensarán que se trata de un manifiesto firmado contra la política actual, para así poder desclavarse la espina que entre todos, pero nadie en concreto clavaron a la hasta entonces impoluta carrera del ilustre profesor. Nada más lejos de la realidad; Ignatieff muestra a lo largo de la obra amplios conocimientos políticos, y sobre todo, una pasión vocacional responsables de su enorme prestigio como académico que exhibe aún retirado de la vida pública.

Incluso manifiesta nostalgia ante determinados ejercicios de su extinta vida como representante de la ciudadanía, como el contacto con la gente de a pie, el poder escuchar sus problemas-en no pocas ocasiones insospechados e ignorados desde el exterior- para plantearse nuevos interrogantes o la posibilidad de viajar hasta los rincones más recónditos de su propio país. Todas ellas actividades que,  en su opinión, justifican de sobra los malos tragos. La salud democrática de un país-afirma en uno de los capítulos-será más próspera cuanto más dependa de la gente de a pie, y menos de los platós televisivos.

No obstante, no menos importantes son las sombras ligadas al ejercicio de la actividad política, como la falta de privacidad. Cuando estás metido de lleno en política, has de vigilar cada uno de tus gestos, acciones y palabras. Paradójicamente, el eco y la atención mediática que recibes juegan en contra de tu persona (no del personaje al que encarnas, ojo al matiz). Lo sufrió en carne propia nuestro autor con motivo de declaraciones referentes a la guerra de Irak a favor de la intervención estadounidense, o cuando cuestionó el uso de la fuerza por parte del Estado de Israel contra civiles palestinos. Incluso tuvo que dar explicaciones por un fragmento de una obra anterior en el que parecía condenar la independencia  ucraniana por alabar la histórica solidez del Imperio Ruso, cuna de sus antepasados. En ningún caso tuvo la intención de provocar ni de ganarse la enemistad de las distintas comunidades que integran la Canadá actual. Pero en política importa más la interpretación de tus palabras que aquello que en realidad querían significar. Amargo descubrimiento.

El profesor tampoco muestra su conformidad con el hecho de que los adversarios en política hayan pasado a ser enemigos personales, a imagen  y semejanza de los Estados Unidos de América. De tal forma que la convergencia y el diálogo se vuelven muy difíciles,  tanto que imposibilitaron la coalición de su partido con los socialdemócratas Nueva Democracia, prolongando el gobierno del Partido Conservador en su país. Durante todos los años que desempeñó la labor parlamentaria, Michael Ignatieff no hizo ningún amigo que militara en partidos distintos al suyo, como bien  lamenta en repetidas ocasiones.

Pero sin duda alguna, si algo desagradó especialmente a Ignatieff fueron tanto la falta de reconocimiento como los ataques gratuitos recibidos, calificándolo de “visitante” o “extranjero”. El gran error consiste en tomarse esos ataques como algo personal, porque en política nada lo es– admite en otro capítulo. Qué fácil es decirlo, pero qué difícil ha de resultar al otro lado de la tribuna, más aún cuando no se está acostumbrado a manejar los insultos  como herramienta de trabajo. O que su ideal de una Canadá abierta y cosmopolita, poblada por jóvenes cultos trotamundos -como tiempo atrás el mismo autor- fuera incomprendido por su electorado y despreciado por sus adversarios conservadores, apelando a un patrioterismo provinciano de a pie, mucho más sencillo y eficaz.

Al fin y al cabo, así es la Política, se excusaban sus oponentes, ya fueran de izquierdas o de derechas, francófonos o anglosajones, tras haber descalificado en público por enésima vez a la cabeza visible del Partido Liberal. Y movido en parte por su responsabilidad ante la ciudadanía y el partido (su fracaso en cifras resultó poco menos que estrepitoso), por ver que la ideas recibidas no siempre se corresponden con la realidad y por una vocación que se le revelaba ausente, el ilustre profesor procedente de Harvard decidió volver a hacer lo que mejor sabía: dar clase y escribir. Un camino de ida y vuelta transitado por célebres pensadores como Cicerón, Alexis de Tocqueville o Max Weber, quienes dejaron la acción a quienes la mejor ejecutaban y se decantaron por la no menos importante labor del intelecto.

Michael Ignatieff probó suerte y fracasó. Como resultado, nos ofrece un libro cargado de valiosas anécdotas y reflexiones. Ideal tanto para quienes tienen pensado dar el salto a la arena como a los que, por el momento, nos contentamos observando a los toros desde la barrera. Y como lector, siempre desde la comodidad y el egoísmo que nos caracteriza, solo puedo concluir diciendo gracias, profesor Ignatieff, por un libro como éste.

Michael Ignatieff, via huffingtonpost.ca
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