Alegato a favor del multilingüismo

“El hombre es tantas veces hombre cuanto es el número de lenguas que ha aprendido.
(Carlos I (1500-1558) Emperador alemán y Rey de España).

Me vais todos a perdonar, pero yo también crecí con prejuicios y me fueron infundados objetivos tan nocivos como perversos durante mi etapa formativa. Uno de ellos era el deseo de dominar tanto el inglés como mi español materno. El primero por ser el idioma internacional, moderno, de puertas para fuera; el otro, porque me había tocado, para la intimidad y los quehaceres profesionales y cotidianos. No hay día  en el que no lamente haber actuado al dictado de pensamientos tan estúpidos.

Primero, porque todos los idiomas son igualmente valiosos, y la lengua de García Márquez no tiene nada que envidiar a la de Cormac Mcarthy. En segundo lugar, porque el inglés, si bien la más extendida, es tan solo una de las miles de lenguas que se hablan ahí fuera, ni es universal, ni es la más sencilla ni la más antigua ni (personalmente) la más bonita. Por último, y he aquí el más grave de mis errores, por haber reducido las lenguas a meros códigos de comunicación, como lo son el binario, el braille el HTML o el CSS.

Nuestro pensamiento siempre se verá condicionado por la lengua, y viceversa. Lo han dicho varios intelectuales, y lo empecé a entender cuando se comenzaba a vislumbrar el final de mi Erasmus en Lille y, en un intento de despedirme de todo corazón de mis nuevos amigos internacionales, les acababa obligando a echarme de menos con su correspondiente mueca de extrañeza como respuesta. O cuando he intentado decirle a un anglófono que algo no merecía la pena. En cada idioma pensamos de una manera y en un orden diferente, eso lo saben mejor que nadie mis amigos euskaldunes a quienes ya en el siglo XVI Cervantes rendía homenaje a través de uno de los personajes del Quijote.

El curso pasado,  las experiencias que viví pero sobre todo de las personas a las que tuve el gusto de conocer me impulsaron a materializar una idea a la que llevaba un tiempo dando vueltas: aprender italiano. Un idioma parecido al nuestro, que suena bien (debido en parte a que prácticamente todas las palabras acaban en vocal)  y cuya riqueza literaria cultural y literaria es envidiable.

La semana pasada concluyó el curso de introducción a la lengua italiana que voluntariamente decidí empezar para rellenar ese bien tan escaso que denominamos tiempo libre. Seguramente he perdido, aparte de dinero, décimas de mis calificaciones finales, minutos de sueño, eventos de todo tipo y las novedades televisivas del momento. Es un precio ínfimo a pagar a cambio del cine de Fellini, Tornatore, Benigni o Ponte Corvo; los libros de Alessandro Baricco, Umberto Eco, Luigi Pirandello o Italo Calvino y cientas de canciones que van de la Ópera al ska-punk, sin olvidarnos de clásicos ilustres como Umberto Tozzi o Ricchi e Poveri.

“Los idiomas son ventanas que te permiten divisar el mundo. En el universo judío estudiar idiomas es una obligación espiritual” me dijo una vez un gran profesor. Como forma de homenaje, y como arma frente a un mundo que tiende a cerrar ventanas y construir muros, condenándonos al encierro en nosotros mismos y a la orfandad espiritual, no se me ocurre nada mejor que seguir estudiando idiomas.  También por el gusto de aprender y comunicar, placeres al alcance de todos que sin embargo la gran mayoría muere sin haberlos degustado. Y cómo no, por la lección implícita que conlleva el estudio de otras lenguas, que no es otra que la de disfrutar con ilusión del camino a la meta; tarde o temprano todo llega, siempre de manera irreversible.

 

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