El arte de viajar en tren

De entre todas las ventajas que te aporta el haber salido de casa, tal vez no haya ninguna comparable a la de volver en vacaciones. Solo ansiamos aquello de lo que carecemos, y valoramos como es debido lo que  acabamos de perder. Explicar qué se siente al volver a quien nunca se ha ido equivale, con el debido respeto, a susurrar en el oído de un sordo.

Cuando la dicha es buena, el viajar es siempre un placer. Y si el medio de transporte es cómodo, como un tren de larga distancia, los trayectos se convierten en un lapso de tiempo agradable en el que la hora de llegada pasa a un segundo plano. Como siempre debería ser.

Me gustan los viajes en tren. Todos son iguales y a la vez muy diferentes. Iguales porque se repiten una serie de escenarios, personajes y rutinas; los saludos y las despedidas en las estaciones de salida y llegada, el ajetreo a la hora de encajar las maletas en los compartimentos o de cambiar de tren para pillar uno de enlace o los paseos del revisor, más o menos simpático según el día, el trayecto y otros tantos factores imposibles de adivinar. Diferentes, porque siempre habrá circunstancias mutables o perecederas: la fecha y la hora del viaje, el punto de partida y de destino, el espacio y su distribución dentro del vagón, los paisajes desde la ventanilla, la compañía o ausencia de ésta… y las pequeñas sorpresas que nos puede deparar toda experiencia.

En mi último viaje en tren pude reencontrarme con viejos conocidos a los que había perdido la pista tiempo atrás. Conversamos, nos pusimos al día y nos deseamos lo mejor. En el vagón-cafetería nos encontramos con algunos jugadores de la Real Sociedad, quienes tras haberse enfrentado al Levante de la noche anterior se dirigían a Madrid para pasar el fin de semana.

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En otra ocasión, coincidí con un compañero del colegio a quien no veía desde el año que nos graduamos. Ambos nos amenizamos la vuelta al hogar una vez acabado el curso. También podría hablar de las dispares y espontáneas conversaciones con desconocidos que se convierten en fieles compañeros de viaje y a los que seguramente no volvamos a ver. O de los libros y películas que hemos descubierto durante un largo desplazamiento ferroviario. Por razones obvias, siempre asociaré a Dostoievski y a Carlos Ruiz Zafón a la sintonía de Renfe. Espero que me perdonen, allá donde queden.

En el artículo para XL Semanal, “Grandes desplazamientos”, Juan Manuel de Prada comparaba la noción de viaje de antes con la actual. Para el escritor, debido al desarrollo del turismo masivo, un “viaje” no supone hoy más que un “desplazamiento” que intentamos acortar lo máximo posible para llegar a un destino cada vez más lejano y exótico, en donde realizaremos las actividades de siempre. Dicho de otro modo: un producto más de ocio y consumo.

Por eso mismo, desde aquí me gustaría reivindicar (¿inutilmente?) otra noción de viaje en la que se englobe no solo lo que acontece en el lugar de destino, sino en el trayecto hacia éste. Las giras artísticas, las peregrinaciones o el volver a casa por Navidad cumplen con esta premisa.

Dicen que la felicidad está en el camino, y no en el destino. Si así fuera, no se me ocurre mejor coartada para disfrutar de los trayectos en tren y de todos los demás viajes, que no simples desplazamientos.

Buen viaje (y mejor desplazamiento) a todos.

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