Oda amarga al Optimismo

El pesimismo está de moda. Suspirar, quejarse y maldecir se han convertido en costumbres que trascienden toda frontera establecida, ya sea geográfica, cultural o incluso generacional.

Al salir de un examen, antes de un partido crucial en la competición o al evaluar las posibilidades de éxito en el mercado de cualquier proyecto o producto, renta mucho más ser catastrofista o escéptico, y sobre todo, NO ilusionarse con nada. No me preguntéis por qué, yo solo me limito a observar y compartir. Lo cual no me quita el derecho a mostrar mi desacuerdo.

Porque cada vez estoy más harto. De los existencialistas sin filosofía,  de los vendados sin lesiones. De los perdedores por no querer jugar. De los que sancionan toda alegría y esperanza ante el futuro, ya sea en nombre de la autoridad o en el de su ausencia. De quienes no solo presumen de  vacío existencial sino que además pretenden imponerlo.

Hoy en día, la indiferencia se ha consolidado como religión mayoritaria. La duda sana, que con tanto acierto definiera Descartes, ha pasado de ser el medio para llegar al conocimiento luminoso a un fin borroso y oscuro que no conduce a ninguna parte. La Nada se convierte en el Todo, por tanto nada vale nada, como bien cantara Soziedad Alkoholika. Nadie que no esté amargado (por el motivo que sea) no es verdaderamente “alguien” que merezca la pena. Tócate los cojones, con perdón.

Todo ese malestar genera  inevitablemente en la gente común la imperiosa necesidad de “antibióticos”. Aquí es cuando entran en juego los medios de desinformación y la más sofisticada invención de la Sociedad del Espectáculo: la autoayuda. Libros que te ayudan a sacar un infinito potencial oculto, y ya que estamos, a hacer millones en bolsa invirtiendo unos pocos céntimos, a hablar con Dios a través de la meditación y a ser un líder amado, temido y respetado. Todo eso (y mucho más) en unas pocas cientas de páginas.

De esta manera, aliviamos, que no sanamos, un malestar y una desafección que entre todos hemos generado. Como en la alta política, sin ir más lejos, donde los tiburones que provocan las crisis económicas se ocupan de evaluar el diagnóstico y repartir los remedios. Al final, todo forma parte de un mismo entramado circular del que no se sabe cómo se ha entrado ni mucho menos cómo salir. Si seguimos a este ritmo, acabaremos catalogando a Orwell, Asimov, Bradbury y Huxley como escritores realistas o costumbristas y no como los visionarios apocalípticos que demostraron ser conforme nos acercábamos al siglo XXI.

En fin, a riesgo de que me sigan llamando populista, solo me queda apelar al acto más revolucionario en estos tiempos, que no es otro que sonreír. Da igual el porqué, a quién, el momento o el lugar. Demos también las gracias (aunque solo sea por poder estar aquí, leyendo esto) y pidamos  por favor las cosas, esas mismas a las que la mayoría de la población mundial no tiene ni siquiera acceso. Más nosotros, menos yo.

Sé que es difícil. Seguramente esta arenga no haya resultado muy convincente. Pero la inacción y el conformismo son alternativas demasiado simples. Dejarse morir es más fácil que querer vivir. Querer implica por definición una voluntad  de acción inexistente en los verbos reflexivos. Por eso mismo, el nihilismo de las clases acomodadas no supone sino una enorme falta de respeto a los que con lo poco que tienen, van tirando y se buscan la vida.

Porque como decía un sabio-y mal logrado- político español (cuyo nombre no diré para que no me cataloguen) “la vida siempre te da dos opciones: la cómoda y la difícil. Cuando dudes elige siempre la difícil, porque así siempre estarás seguro de que no ha sido la comodidad la que ha elegido por ti.” Hagámosle caso. Aunque solo sea porque es Navidad.

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