Erasmus, el retorno más amargo

Llevo mucho tiempo queriendo escribir sobre lo que nos sucede al regresar de una estancia académica en el extranjero. Os adelanto que no es nada agradable.  Como al volver de cualquier viaje o evento que nos haya transformado por dentro. De hecho, la tan repetida “ir siempre fue más fácil que volver” es una de las pocas afirmaciones en la que todos coincidimos.

Hay quien llama a este estado “Depresión Pos-Erasmus”. Antes de nada, afirmo que me parece una una falta de respeto a quienes padecen tal enfermedad. La depresión, que quede claro, no un estado de ánimo. No es sinónimo de tristeza. Ya basta de emplear ese término tan a la ligera, y de “deprimirse” por llevar el mismo vestido que otra compañera de trabajo en una cena o porque nuestro equipo pierda el fin de semana. Un disgusto no es una enfermedad. Y lo que sucede después del Erasmus no presenta, per se, el cuadro clínico de la depresión, aunque puedan coincidir algunos rasgos, o pueda haber personas que a la vuelta de su intercambio padezcan, por qué no, una depresión. Mas personalmente prefiero emplear la palabra síndrome.

Bueno, ¿y en qué consiste el síndrome pos-Erasmus? Al igual que sucede con la experiencia en sí, es muy difícil de explicar a aquellos que no lo viven, por más preciso que sea nuestro vocabulario y muy bien que dominemos el lenguaje. A la vuelta, muchas personas no comprenderán tu estado de ánimo, no por falta de interés o mala voluntad, simplemente por incapacidad (a no ser, claro está, que hubieran vivido algo parecido en otro momento). Y eso lo hace todo mucho más cuesta arriba.

No, un año de intercambio en un país extranjero no supone un año perdido. Insistiré las veces que haga falta a los detractores del programa. Raros son los descontentos con la experiencia y quienes no aprenden nada en absoluto. Proporcionalmente, creo que despilfarramos más la vida universitaria  en general, los 4, 5, 6 (o a veces más) años posteriores a la educación obligatoria, también en los planes académico e intelectual.

En contra de lo que pudiera parecer en un principio, la nostalgia por todo lo bueno que dejaste, o la melancolía, que a veces deriva en impotencia por no poder mantener el mismo ritmo de vida, no son sino dos rasgos más del síndrome pos Erasmus. Ni siquiera se hallan entre los más importantes, aunque eso piensen quienes no se fueron junto a nosotros.

Los que sí lo hicimos éramos conscientes que no íbamos a estar toda la vida en nuestra ciudad de destino (Lille en mi caso) y de que los lugares que frecuentábamos así como las personas que nos acompañaban desaparecerían de nuestra vida cotidiana. No para siempre, pero sí de la rutina. También intuíamos que el ritmo de vida habitual nos impedirían  salir de fiesta y viajar con semejante frecuencia. Unos iban a terminar la carrera ese año para enfrentarse al vertiginoso y siempre incierto mercado laboral, a otros nos tocaba concluir el grado y suponíamos que se nos venían encima miles de prácticas, seminarios, entregas y horas de biblioteca para realizar el trabajo fin de grado.  El qué, los acontecimientos, son importantes, evidentemente. Pero lo esencial, como sucede casi siempre, es el cómo.

Lo mejor del Erasmus no viene de fuera, sino que sucede en el interior de cada uno. Ese cambio que experimentamos gradualmente, casi sin darnos cuenta. Por ejemplo, mientras aprendemos una lengua extranjera, para así poder sumergirnos en la cultura de nuestro país de acogida. O al conocer unos hábitos y una forma de vida distintos que te permiten juzgar con espíritu crítico todo lo que a tu país o a tu ciudad le faltan, pero también aquello de lo que antes disponías y no valorabas como era debido.

Y cómo no, la gente. Conocer a extranjeros, para nada extraños, en tierra distinta, que no rara. Para acabar dándote cuenta que congenias mejor con personas con las que aparentemente no compartes nada que con otros quienes has compartido muchos años a su lado.  El Erasmus es una experiencia en la que puedes divertirte y aprender a la par, en la que se relativiza todo, tanto lo que hasta entonces considerabas imprescindible como los nuevos problemas que van surgiendo. Y en la que cada día es diferente. Lo mejor de la vida Erasmus, por tanto, no es lo que durante ella hacemos, sino la actitud con la que enfrentamos el día a día. Y tal vez sea eso lo que más se extraña a la vuelta.

Cuando vuelves, la sensación es que todo está exactamente como lo habías dejado. Se asemeja a viajar en el tiempo, pero más que al pasado, a un futuro alternativo distópico, como si lo que acabas de vivir nunca hubiera tenido lugar. Por la dificultad que entraña compartir todo aquello, desde las pequeñas anécdotas a las grandes lecciones, con los que no las han vivido. Algunos ni siquiera tuvieron interés alguno en hacerlo, y son capaces de poner al mismo nivel sus prejuicios sobre tu país de destino que tu propia experiencia. Te conviertes por momentos en el protagonista del mito de la caverna de Platón, ese prisionero que consiguió salir de la cueva para ver la luz, y al volver para explicárselo a los que seguían presos no solo no le entendían sino que se reían de él.

La soledad no es no tener a nadie, sino no tener nada que decirle a quienes están contigo. Qué amargo descubrimiento. Te gustaría hablar de cosas serias e importantes, pero de pronto esta noción también ha cambiado, y depende tanto del sujeto que habla como del que escucha. Un pilar más que se tambalea. Y para colmo, los fantasmas y miedos que dejaste atrás vuelven. Si bien es cierto que estás más capacitado para enfrentarte a ellos, éstos no hacen sino molestar y sumarse a las dificultades que la vida nos regala por sí sola.

La siguiente fase es la distorsión de la memoria y los recuerdos. Sientes desarraigo en lo que antaño fue tu casa, y a la vez idealizas el lugar dónde una vez te sentiste extranjero. Es más, empiezas a vivir como extranjero en tu propio país. Olvidas las dificultades iniciales (que también las hubo) simplemente porque extrañas la gratificación que venía después, una vez que las superabas. La seguridad y las certezas de casa se vuelven claustrofóbicas, y la aventura de antaño, aunque no estuviera exenta de chapuzas propias de la improvisación, se convierten en poco menos que un referente de vida.  Y sin ser bueno ni justo llegar a este punto, me parece comprensible.  Los nómadas no entenderán nunca la agricultura sedentaria, por más ventajosa que resulte en teoría.

Eso es, a grandes rasgos, el síndrome Pos Erasmus.

¿Y cómo se supera? Lo primero es intentar adaptarse a tu nueva vieja vida (qué fácil es decirlo, ¿verdad?), empezando por las obligaciones, responsabilidades y compromisos. Si no requieren implicación emocional, mucho mejor. No podemos dejar que el mundo de las ideas condicione al de las apariencias.

Después, poco a poco, toca aplicar a la rutina diaria tu experiencia y las lecciones que aprendiste. A pesar de que sean imperceptibles para el resto o no las sepan valorar como es debido. Las pequeñas cosas son las que hacen la vida; saber rescindir un contrato, organizar una excursión en tiempo récord, hacerte entender con cualquiera o no volverte loco ante una montaña de papeles a rellenar para tal o cual institución te otorga una ventaja competitiva sobre muchos de tus compañeros, que ni siquiera se imaginan en tales situaciones. Sabéis de sobra a lo que me refiero.

Conviene mantener esa autonomía, seguridad y espíritu crítico que hemos adquirido, y aprovecharlos para continuar formándonos en los planos personal, intelectual y en el profesional. En mi caso, me he dado cuenta que me apasionan la Comunicación Internacional, los idiomas, la Historia Contemporánea, los viajes y la escritura. Partiendo de aquí, tengo más de un año para orientarme. Nadie sino yo puede hacerlo. Y me imagino que muchos de los que también partieron de intercambio descubrieron aspectos de sí mismos que desconocían, incluso que no se imaginaban. Por nuestro propio bien, no los ignoremos.

Vivimos demasiado deprisa hasta tal punto que sobrevaloramos todo lo inmediato. Al mismo tiempo, necesitamos respuestas concluyentes y certeras. Por esas dos razones, todo lo que no sea aquí y ahora parece no existir o ser inútil. Gran error. Si para algo sirvió la experiencia Erasmus es para no olvidar aquella máxima, hoy pasada de moda, de que lo bueno se hace esperar. Esa misma que nos ha de convencer que nuestra fiesta de despedida o último encuentro no fue un adiós, sino un hasta pronto. Que, por qué no, siempre podrás volver a la que una vez fue tu ciudad junto a quienes una vez fueron tus grandes amigos.

Aquella sensación de libertad y ganas de vivir, que yo experimenté en Lille y otros tantos lo hicieron en Roma, Amberes, Oporto, Berlín o Varsovia no las deberíamos perder nunca. Y si las circunstancias nos alejan de ellas, qué menos que luchar por recuperarlas. Por volver a ser nosotros.

En fin, lo repito cada vez más convencido, no fue un adiós sino un hasta pronto. Ahora demostradme, por favor, que no me equivoco.

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