Pinceladas de La agonía de Francia

Noviembre de 1936. Tras abandonar una España en proceso de autodestrucción, el periodista Manuel Chaves Nogales decide instalarse en París junto a su familia. Cuán ingrata fue su sorpresa al descubrir que el ilustrado país de los Derechos del Hombre había cedido ante la barbarie nazi, como bien recoge en La agonía de Francia (editorial Libros del Asteroide).

Chaves Nogales recaerá finalmente en Reino Unido, donde ni siquiera pudo observar el desenlace de la Segunda Guerra Mundial al fallecer un año antes de su desenlace. Sus pinceladas periodísticas, sin embargo, han envejecido de manera óptima. Y el hecho de que más de una sentencia se mantenga vigente en pleno siglo XXI (ante amenazas distintas, pero idénticas) eriza el vello. A mí, por lo menos. Comparto a continuación unas cuantas del libro antes citado. Disfrutadlas. Y sobre todo, no las olvidéis.

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Manuel Chaves Nogales, en el centro.

 

La revelación más sorprendente y espantable del derrumbamiento de Francia ha sido esta de la indiferencia inhumana de las masas. Las ciudades no han tenido en ninguna otra época de la historia una expresión tan ferozmente egoísta, tan limitada a la satisfacción inmediata y estricta de los apetitos y las necesidades de cada cual.

Creíamos, o queríamos creer, que el progreso material, engendrado por el progreso del espíritu, seguiría siendo fiel a éste. No aceptábamos la posibilidad de que la máquina nos abandonase o nos hiciese traición.

Cuenta Máximo Gorki que hubo un periodo en el que el solo nombre de Lenin despertaba en los más remotos países de la Tierra tan magníficas sugestiones de redención que, cruzando millones de kilómetros, llegaban constantemente en peregrinación a la Plaza Roja de Moscú, gentes sencillas y emocionadas que hablaban todas las lenguas y tenían del comunismo las ideas más arbitrarias pero que comulgaban unánimes en un ideal de liberación no por inefable menos fuerte.Ese ideal había cristalizado en el culto a aquella momia maquillada ante la cual, en señal de devoción, el que no sabía hacer otra cosa se santiguaba.

Yo he visto y he sentido hondamente la amarga decepción de esos cientos de miles de hombres que, perdida su patria por la expansión triunfante de la barbarie totalitaria, llegaban a Francia creyendo encontrar en ella el baluarte de la democracia y la civilización y se encontraban con un nazismo vergonzante, larvado, con el cadáver maquillado de una República Democrática en cuyas entrañas podridas germinaría la gusanera del totalitarismo.

En Francia, país de asilo, convertido ahora en una inmensa cárcel, quedaban tras las alambradas de espino muchos miles de españoles que habían tenido fe en ella. El viejo y acedrado amor que profesábamos a Francia no podrá en mucho tiempo vencer el dolor de la traición que se ha hecho a sí misma y al mundo que creía en ella. […] Era la segunda patria que perdíamos. Pero la catástrofe de Francia, como la de España, no era la derrota definitiva. Era sólo una nueva etapa dolorosa de una lucha que no tiene patrias ni fronteras porque no es sino la lucha de la barbarie contra la civilización, de las fuerzas de la destrucción contra el espíritu constructivo y el instinto de conservación de la humanidad, de la mentira contra la verdad.

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Las tropas de Hitler entrando en París, el 23 de junio de 1940.

Triunfaba el sofisma alemán de la libertad en la disciplina, la igualdad en el servicio y la fraternidad en la jerarquía del ejército. Desde el momento en que había sido necesario este aparato ortopédico del militarismo para que la ciudadanía francesa se restaurase, Francia, la Francia liberal, democrática y antimilitarista, estaba moralmente vencida.

En realidad, los regímenes totalitarios no marcan una superioridad sobre las democracias más que cuando éstas se hallan interiormente podridas. Frente a una democracia que conserva sus virtudes cívicas la inferioridad y la impotencia de los regímenes totalitarios siguen siendo incuestionables.

Las dos grandes fuerzas de destrucción del mundo moderno, el comunismo y el fascismo, la nueva barbarie de nuestro tiempo, ha conseguido arrastrar consigo las eternas antinomias de tradición y revolución, pobreza y riqueza, nación y universalismo, habían librado en Francia una larga batalla no por incruenta menos funesta. Todo había sido arrasado a derecha y a izquierda. Quedaba únicamente lo que era indestructible, la norma, el espíritu, que si bien no impide a las naciones morir, es lo que las permite resucitar.

A medida que reflexionemos más honradamente en la catástrofe de Francia tendremos una convicción más firme en que no han sido las corruptelas de la democracia y el liberalismo sus causas auténticas y estaremos más convencidos de que a la derrota  física del país no hay que unir la derrota moral y el fracaso de cuanto representaba Francia ante el mundo como ciegamente han creído quienes esperan hoy que, negando la esencia misma de la nación, imitando servilmente al vencedor, sometiéndose no solo a su ley, sino a su espíritu, tienen algo que salvar.

La claudicación intelectual de Francia ante la barbarie hitleriana es desoladora. Si en algún momento hubiera podido flaquear nuestra fe en la causa de la civilización habría sido únicamente al ver a los intelectuales franceses renegar de sí mismos y de su tradición, negar su propia esencia y repetir con pavorosa inconsciencia los gritos de guerra del hitlerismo.

Un Estado puede derrumbarse, un país puede ser invadido sin que se produzca en las masas una reacción profunda, pero en cambio no es posible que el servicio municipal de limpieza deje de recoger las basuras durante 48 horas. Las masas modernas lo soportan todo menos la incomodidad material, física.

Francia sabe que hasta ahora no se ha descubierto ninguna forma de convivencia humana superior al diálogo, ni se ha encontrado un sistema de gobierno más perfecta que el de un asamblea deliberante, ni hay otro régimen de selección mejor que el de la libre concurrencia: es decir; la paz, la libertad, la democracia. En el mundo no hay más.

 

Tarde toledana

Pasear por Toledo equivale a viajar a otra era. La ciudad manchega alberga vestigios de todas las épocas, mejor preservados que el patrimonio de cualquier otra villa y casi con toda seguridad que nuestro legado con respecto a las generaciones venideras. Además de tratarse de un museo hecho ciudad, de un pequeño espacio inmune a la inclemencia del paso del tiempo, Toledo constituye un modelo para todas las urbes futuristas en cuanto a equilibrio entre tradición y modernidad. Su mayor defecto tal vez sea a la vez el artífice de su perfecta conservación: un tamaño reducido, casi pueblerino.

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Atravesada por el Tajo, la capital visigoda se divide en una zona moderna, en la margen izquierda y de reciente construcción, y otra histórica, a la diestra del río, en el pasado destinada a la Ciencia, el Arte y la Cultura y hoy reservada al turismo. Fue ésta última la que recorrimos aquella tarde de sábado en la que decidimos romper la monotonía en pos de un plan alternativo, esos que siempre merecen la pena.

Una vez llegas al caso histórico, lo mejor es callejear. Un lujo al alcance de muy pocas ciudades y que siempre resulta placentero de llevar a cabo entre pasadizos estrechos a la sombra. En Toledo, perderse te puede deparar más de una sorpresa, sin pagar otro precio que volver sobre tus propios pasos durante no más de 10 minutos.

La convivencia entre culturas, uno de los grandes desafíos del presente, fue durante varios siglos la seña de identidad de esta ciudad. La llamada escuela de traductores de Toledo, que quizás nunca existió como institución, sigue presente espiritualmente en una arquitectura que combina en armonía elementos cristianos, judíos y musulmanes. La cercanía existente entre la catedral y la judería sería impensable en un mundo en conflicto como el actual, celoso de sus fronteras y orgulloso de los nuevos muros que se edifican. Toledo sigue siendo un sinónimo de tolerancia, pluralidad y respeto al diferente. Creo que no ha existido nunca mayor piropo para aludir a un territorio habitado por el hombre.

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El paraje en el que se ubica la Ciudad Imperial evoca al Sur. El secarral color pajizo combina con los tonos verdosos y ocres de la ribera del Tajo; las casas bajas y la intensa luz que sirvió de inspiración a El Greco consiguen dotar de gracia y personalidad a un paisaje que en otras circunstancias resultaría desolador.Dicen que una ciudad acaba siendo, en parte, producto del carácter de sus habitantes. No me siento capacitado para jugar el rol de los toledanos, pues en nuestra visita solo encontramos transeúntes que al igual que nosotros, se hallaban de paso. Aunque, partiendo de lo absurdo que resulta presumir de algo que no depende de ti, dudo que alguien se atreva a negar que los pobladores autóctonos tienen motivos de sobra para sentirse orgullosos de Toledo, antigua capital de España y actual de Castilla-La Mancha. Como viajero, solo espero que la sigan manteniendo igual de bien.

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En cualquier caso, como bien saben los espíritus curiosos, un viaje no es tanto a dónde vas, sino con quién. Explorar una villa anclada en el tiempo siempre resulta grato; hacerlo a coste cero, de manera casi improvisada y en buena compañía marcan la diferencia.

Solo me queda dar las gracias a Luis, Joaquín, Nerea y Lucía por regalarme un día que, dentro de unos años, recordaré con una sonrisa. No lo olvidéis nunca, la vida es pa’nosotros. 

 

Diario becario (III): tiempo que vuela

Cuando tu horario es extenuante, te das cuenta de que la única manera de disfrutar de un mínimo de libertad y de algo de tiempo para ti no es otra que volverse ordenado. Entraña cierta paradoja, es cierto. Pudiera parecer que que la gente creativa vive continuamente improvisando, redactando sus propias gestas al dictado de la inspiración divina.  Pero solo hay una manera de lograr que tu vida sea algo más que tu jornada laboral, y no es otra que exprimir al máximo tu escaso tiempo libre. Al menos en esta ciudad.

Madrid es una de las villas más desaprovechadas. A falta de remojarse en la playa se puede hacer de todo, por eso mismo no son pocos los planes que se posponen hasta el infinito. Una metrópolis demasiado grande para la gente de otras provincias, incluso para la de ciertos países, pero bien comunicada con el exterior. No sé si sus ciudadanos son conscientes de ese enorme privilegio y de la posibilidad de ir a pasar un día por ahí y volver a casa para dormir. Hace una semana, por fin, aprovechamos la oportunidad.

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Toledo fue el destino elegido, ciudad milenaria que bien merece una crónica aparte. La firme voluntad de hacer algo diferente unida a la flexibilidad con la que planificamos la excursión nos brindaron una jornada para el recuerdo. Una vez leí que viajamos para encontrarnos a nosotros mismos, además de para aprender aquello que no se encuentra en los libros. Solo por eso, espero repetir próximamente la experiencia en Segovia, El Escorial o el lugar que sea, mas con la misma gente. O en su defecto, con otras personas igual de capaces de disfrutar con las pequeñas cosas y de mantener intacta su curiosidad.

Una de las pocas ventajas de cumplir años es darse cuenta que nada ni nadie es perfecto. O dicho de otra forma, que todo es mejorable. A mí también me gustaría disfrutar de un mejor horario y sueldo, ser un poco más ordenado y bastante menos ignorante. Pero en el momento que eres capaz de sobreponerte a los inconvenientes de la rutina y pasas a utilizarlos a tu favor, entonces aprendes a rentabilizar cada segundo. Y haberlo descubierto entraña, sin duda alguna, una de las enseñanzas más útiles de esta experiencia como becario en un diario nacional.

Tengo el presentimiento que todavía me queda mucho por aprender. Y aunque vuelva a sonar raro, no deja de ser una suerte.

Un fragmento

A veces sucede que, cuando menos lo esperamos, encontramos algo que nos detiene. Una escena, una melodía, un dibujo. O como en este caso, un fragmento de Isaac Asimov.

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Asimov entronizado con los símbolos de los trabajos de su vida, obra de Rowena Morrill.

Mal acostumbrados a extensos escritos que no dicen nada, a conversaciones huecas y a palabras vacías que solo provocan emociones efervescentes, un texto que sea a la vez breve, claro y profundo supone una excepción digna de reconocimiento. Ahí va:

La Tierra no debería estar dividida en cientos de secciones diferentes, cada una habitada por un solo segmento autodefinido de la humanidad que considera que su propio bienestar y su propia “seguridad nacional” están por encima de cualquier otra consideración.

Soy partidario de la diversidad cultural y me gustaría que cada grupo identificable valorara su patrimonio cultural. Por ejemplo, yo soy un patriota de Nueva York y si viviera en Los Ángeles me encantaría reunirme con otros neoyorquinos expatriados y cantar Give my Regards to Broadway.

No obstante, este tipo de sentimientos deben ser culturales y benignos. Estoy en contra de ello si cada grupo desprecia a los demás y aspira a destruirlos. Estoy en contra de dar armas a cada pequeño grupo autodefinido con las que reforzar su propio orgullo y sus prejuicios.

La Tierra se enfrenta en la actualidad a problemas medioambientales que amenazan con la inminente destrucción de la civilización y con el final del planeta como lugar habitable. La humanidad no se puede permitir desperdiciar sus recursos financieros y emocionales en peleas interminables y sin sentido entre los diversos grupos. Debe haber un sentido de lo global en el que todo el mundo se una para resolver los problemas reales a que nos enfrentamos todos.

¿Se puede hacer esto? La pregunta equivale a: ¿puede sobrevivir la humanidad?

Por tanto, no soy sionista porque no creo en las naciones y porque los sionistas lo único que hacen es crear una nación más para dar lugar a más conflictos. Crean su nación para tener “derechos”, “exigencias” y “seguridad nacional” y para sentir que deben protegerla de sus vecinos.

¡No hay naciones! Sólo existe la humanidad. Y si no llegamos a entender esto pronto, las naciones desaparecerán, porque no existirá la humanidad.

Pocas veces he estado tan de acuerdo con un mensaje así de sencillo. Un minuto de lectura nos descubre la opinión del escritor de ciencia-ficción sobre el nacionalismo, la ecología, la diversidad o el sionismo. Y pone el acento en dos de los peores males nunca resueltos a lo largo de la historia: la ignorancia y los prejuicios.

Qué bien le sentaría a Europa, Estados Unidos y el resto del mundo algo más de Asimov. Y algo menos de lo que tenemos, y de lo que seguramente vendrá.

Diario becario (II): la suerte del principiante

Trabajar en verano deja de ser un oxímoron a partir de cierta edad. Me temo que para siempre. La época estival apenas se notaría en Madrid si no fuera porque buena parte de los comercios se encuentran cerrados y la temperatura es considerablemente superior, aunque soportable para cualquiera que se haya criado al sur de Despeñaperros.

Hasta la fecha he tenido tiempo suficiente para probar casi todas las líneas de metro, muchas veces en el sentido equivocado. También he estado a punto, en más de una ocasión, de arruinar el adelanto de contenidos que reciben los suscriptores de nuestro periódico (bendita sea la labor de los compañeros de Edición). Iniciarse en lo que sea nunca fue sencillo, pero puede ser más llevadero con una actitud receptiva y la predisposición a aprender algo nuevo cada día. Esa es la meta que me planteo al levantarme cada mañana y no hay día en que no la cumpla.

Tanto la ignorancia como el aburrimiento son dos de los peores fantasmas. Te entierran vivo, convirtiendo tu rutina en un suicidio. Aquí, tales espectros se mantienen lejos, gracias a un ambiente estimulante y a la cercanía  y profesionalidad que demuestran casi todos mis compañeros. Como los autores de los reportajes enlazados, sin ir más lejos. El capital humano es muy importante, diría que imprescindible, y en este medio han sabido encontrarlo. En las circunstancias actuales, con continuos vaivenes e inestabilidad perpetua, no existe peor error que descuidar a las personas. Espero que no caigan en él.

Dijo Nietzsche que ningún precio era demasiado alto por el privilegio de ser uno mismo. Tenía razón. Por eso mismo no me importa currar domingos y festivos, además de por las tantísimas personas que darían lo que fuera por disfrutar de esta misma oportunidad.

La fortuna viene y va. Es siempre caprichosa, en ocasiones muy injusta, pero como decían en aquella mítica serie de Interntet, “la suerte nunca se olvida”. Solo espero que me siga teniendo presente durante el tiempo que me queda en esta ciudad.

El último mensaje de Jacques Hamel

La primavera ha sido más bien fría. Si nuestra moral atraviesa un bache, paciencia, el verano está a punto de llegar. Y también el periodo de vacaciones.

Las vacaciones son el momento ideal para distanciarse de nuestros quehaceres habituales. Pero no se trata de un simple paréntesis. Es un tiempo para el reposo, pero también de renovación, de reencuentros, de compartir, de ser amables.

Un tiempo de curación: algunos tomarán unos días para un retiro o una peregrinación. Otros volverán a leer el Evangelio, solos o en compañía, cual palabra que nos da la vida. Otros pueden curarse frente al gran libro de la Creación, admirando los paisajes tan diferentes y tan magníficos que nos acercan a Dios.

Un tiempo en el que podemos escuchar la llamada de Dios para ocuparnos de este mundo y hacer de éste, dondequiera que vivamos, un lugar más cálido, más humano y fraternal.

Un buen momento para reencontrarnos con la familia y los amigos. Un momento para sacar  tiempo y hacer algo juntos. Una época para ser considerados con los demás, sean quienes sean.

Un tiempo para compartir nuestra amistad y nuestra alegría. Para compartir nuestro buen ánimo con los niños y demostrarles la importancia que tienen en nuestra vida.  

Es también un buen momento para la oración y estar pendientes de lo que pasa en nuestro mundo. Para rezar por los que más lo necesitan, por la paz, por la convivencia. 

Todavía sigue siendo el año de la misericordia. Hagamos del nuestro un corazón atento a las cosas bellas, así como a todos aquellos que corren el peligro de sentirse un poco más solos.

Que las vacaciones nos permitan llenarnos de alegría, de amistad y de energía. Solo entonces podremos, mejor equipados, retomar nuestro camino todos juntos.

¡Felices vacaciones a todos!

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Esta fue la última carta parroquial que escribió el padre Jacques Hamel, con fecha del 6 de Junio de este año. Un mes después fue degollado por terroristas islamistas en la parroquia de Saint Étienne-du-Rouvray, Francia, durante el oficio de la eucaristía. Cuando se enteró de la noticia, Mohammed Karabila, presidente del Consejo Musulmán de la región, no podía creérselo. Acaban de matar a un hombre que consagró su vida a los demás, acertó a decir. Eran amigos.

El mundo de hoy no es un lugar seguro. Ni siquiera Occidente. Nuestras opulentas y distraídas sociedades tendrán que acostumbrarse, muy a su pesar, a convivir con el terrorismo. Pero para que éste no triunfe, no se me ocurre nada mejor que hacer caso al padre Hamel e intentar hacer de este mundo “un lugar más cálido, más humano, más fraternal”.

Malditos sean todos aquellos que imponen sus oscuros ideales derramando sangre inocente. Y muy larga a vida a los que, desde el ámbito que sea, les plantan cara. El mundo pertenecerá siempre a estos últimos.

 Que la tierra te sea leve, Jacques.

Diario becario (I): primeros pasos en Metrópolis

Madrid le queda grande a todo el mundo. Incluso a los propios madrileños, una de las tantas minorías dispersas en la ciudad. La eterna capital republicana de este reino es sinónimo de prisa, encarnada en vasos de café para llevar o en estaciones de metro plagadas de velocistas en traje y corbata, cuyas escaleras mecánicas jamas tolerarán la pausa. Pero Madrid también es pasear por la calle ajeno al que dirán, más que nada porque nadie te conoce. O el poder elegir entre distintas y muy variadas ofertas culturales, gastronómicas y de cualquier alimento para el cuerpo y el espíritu. La libertad, al fin y al cabo.

El primero de los meses que aquí me aguardan ha volado sin darme cuenta. Me lo he dejado ubicándome en calles de esta metrópolis, desplazándome de una punta a otra para ir al trabajo o eligiendo qué hacer y con quién en las escasas horas libres que me restan cada semana. Lo cual no deja de ser un cúmulo de privilegios: un curro que me gusta junto a viejos (y nuevos) amigos en un medio que apuesta por la gente joven y las buenas historias. Y un turno no exento de horas, pero que me permite, entre otras cosas, dejar sonar el despertador y permanecer un ratito más entre las sábanas cada mañana. Cuando no echas de menos el no tener nada que hacer significa que estás en el lugar adecuado.

Creo que la mejor manera de aprender algo de España, de sus grandezas y miserias, no es otra que conocer a gente de cada región y vivir una temporada en algún rincón del norte, en otro del sur así como en la capital, en la que me quedan un par de meses más según mi contrato. Soy un tío con suerte.

Estampas sanfermineras

Carretera de Soria dirección Pamplona. A ambos lados, secarral. Por delante, una caravana en la que camiones se alternan con todoterrenos de la Guardia Civil. Acabábamos de pasar un toro de Osborne (otro más). Se echaba de menos a Los Chichos de fondo. Las fiestas de San Fermín, co-patrón de Navarra, habían comenzado 24 horas antes, y allí nos dirigíamos.

En sanfermines, Pamplona muta. Se emborracha. Por las calles se oyen gritos en todos los idiomas, huele a vino mezclado con orina y hace calor. También calor humano. La urbe se convierte durante una semana en aquella que le gustaría ser el resto del año. Sucede lo mismo con quienes allí se encuentran, sean locales o forasteros. No queda ni rastro de la mojigatería de unos o de la cerrazón de otros. Y me encanta.

Es una sensación extraña la de aparecer un día y, de repente, no reconocer a una ciudad en la que has vivido varios años, aun sabiéndote sus calles y entresijos. Creo que a todos nos habrá pasado alguna vez con una persona a la que creíamos conocer.

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Como bien saben los pamplonicas y mal ignoramos los de fuera, no hay mejor lugar para disfrutar del encierro que la propia plaza de toros. Salvo que seas corredor, evidentemente. Desde el graderío de la Monumental se observa como en nigún otro sitio la llegada de los primeros mozos, sin toro detrás, abucheados por su cobardía. Les suceden una horda intermitente de gente entre la que se entremezclan morlacos y cabestros. Por último entrarán los rezagados, a los que nadie hará caso a menos que tengan cuernos y rabo.

Antes de la carrera se puede disfrutar de bailes y charangas junto a los vídeos de una kiss-cam y los comentarios de un disc-jockey/speaker. Tradición y modernidad, lo local y lo extranjero; inmejorable metáfora de unas fiestas de naturaleza popular y a la vez universal. Al final, tras el encierro, salen las vaquillas. Es hora de que se luzcan los recortadores, más o menos amateurs, más o menos talentosos. A día de hoy, el mejor espectáculo que puede verse en un ruedo.

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A partir de las nueve de la mañana, cuando buena parte de la población comienza su jornada laboral si no lo ha hecho ya, Iruña se va a la cama. Toca reponer fuerzas para la tarde-noche siguiente. Aparece entonces el equipo de recogida de basuras.  Ellos son, junto a los sanitarios, los verdaderos héroes de las fiestas, por lograr que se desarrollen de manera ininterrumpida durante 7 días.

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Las conocidas en el extranjero como “fiestas del toro” son, tal vez, los festejos menos taurinos de toda la geografía española. A la plaza de Pamplona se acude a comer, beber, cantar, bailar y conocer gente. No hay manera de prestar atención a la corrida.

La feria de Pamplona es tan peculiar, que no hay peor desgracia para un espectador que tener que ir “a la sombra” por no haber conseguido una localidad de “sol”. Torear en Pamplona equivale, con todo el respeto del mundo, a jugar al fútbol en Estados Unidos, China o cualquier monarquía árabe petro-millonaria.

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Por la noche salen la luna, los fuegos artificiales, la gente y la fiesta. Es inútil urdir planes demasiado precisos: acabarás perdiendo a tus amigos, te encontrarás con otros y harás nuevos. Se trata de una ley innata sanferminera. Tan real como aquella otra de que siempre te quedarán cosas pendientes, porque entre el caos y el gentío te habrá sido imposible cumplir  tus propósitos iniciales. Un desorden que, dado el buen rollo, no deja de ser agradable, además de contrastar radicalmente con la rutinaria vida PTV (pamplonesa de toda la vida).  Y es que todos los días debería ser San Fermín, al menos durante un par de horas.

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Dicen que todo el que prueba los sanfermines repite. No me extraña en absoluto. En mi caso, me comprometo a hacerlo siempre que la vida me lo permita. Gora San Fermín.

Desencanto académico

No me gusta estudiar. Me imagino que a casi nadie; cumplir cualquier obligación en detrimento de tu ocio nunca resulta placentero. En cambio, siempre me agradó el hecho de aprender algo nuevo. Plantearme preguntas acerca de la realidad (y también sobre la ficción) para buscar una respuesta más o menos satisfactoria. Se suponía que mi perfil era el universitario. Que podría estudiar una carrera o incluso alguna más, y que la experiencia académica me iba a resultar especialmente estimulante y satisfactoria. Nada más lejos de la realidad.

El sistema educativo en España es un fracaso. Una eme. De memorístico, masificado o moribundo, por las tantísimas reformas siempre improductivas que ha padecido. Una eme de mierda. Vomitar datos inconexos que pronto olvidarás sobre un papel estandarizado que pronto se perderá. Y en la tan reciente campaña electoral ni siquiera ha sido un tema recurrente. Aunque poco importa, pues el enfoque siempre fue erróneo: no es cuestión de quitar o poner asignaturas, ni de reestructurar horarios, ni de ampliar el nº de plazas para los funcionarios. El mayor problema nunca fue ese, señorías, que no se quieren enterar.

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En mis años de Bachillerato y universidad constantemente debía de sacrificar tiempo de estudio para alimentar mi curiosidad y creatividad. Dicho de otra forma, más de una vez me encontré en la tesitura de elegir entre estudiar y formarme, entre aprobar y aprender, entre desarrollarme como alumno o como persona. Categorías complementarias que un sistema rígido, impersonal, homogeneizador (que no equitativo, ni siquiera igualitario) ha convertido en antónimos, y en el que cualquier mediocre desapasionado pero lo suficientemente sumiso puede encontrar su sitio y prosperar. Me pregunto desde cuándo las nociones de “esfuerzo”, “disciplina” o “sacrificio” se asociaron a  las de”autoridad”, “jerarquía” u “obediencia”. Cuando se condenó la originalidad y al que piensa diferente, y si éstos son males endémicos de mi país o hay más desgraciados en otras partes del planeta.

Y es que esto es lo que hay, dirán. Las cosas no pueden ser de otra manera, afirmarán. No, si tienes razón, pero no manera de cambiarlo, intentarán convencernos, tras probar suerte consigo mismos. Pero no es cierto. Hay mil maneras de hacer las cosas. Tantas como formas de doblar un papel, clavar una chincheta o barrer un suelo.  Con los medios actuales, sin invertir un solo céntimo más, la educación en España podría mejorar infinitamente. Y lo sé, porque he vivido experiencias que lo confirman. Por suerte, además del enorme privilegio que supone haber estudiado un año en Francia, he encontrado docentes más que decentes, cual señor Keating en El club de los poetas muertos.

Cambiar el sistema educativo resultaría sencillo. Casi nada de lo que importa es cuestión de meter más o menos pasta. No es difícil reemplazar los exámenes puramente memorísitcos por ensayos o disertaciones, que además de datos y cifras, te obligan a razonar. O emplear clips de vídeo, audio o canciones, dado el amplio catálogo en abierto que nos facilita Internet. Ni tampoco desarrollar dinámicas de grupo que además del temario, permitan conocer al individuo que se sienta a nuestro lado con el que tal vez compartamos algo más que una asignatura. Son solo algunos ejemplos de mejoras a coste cero. Pero dejemos de soñar, ninguna de ellas se implementará. Falta lo más importante: actitud e interés.

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Viñeta de Forges.

En el fondo, al poder le interesa mantenernos ignorantes. Ciudadanos (mejor dicho, súbditos) que no piensen ni se cuestionen nada, tampoco su rol en este juego. Ni el de los que mandan. No van a complicarse la vida ni a poner en juego sus privilegios.  Y lo peor es que nosotros lo aceptamos; preferimos ser estúpidos libertos con coche, casa, contrato fijo y vacaciones que saborear la libertad, cuya  sublime dulzura la ha elevado a la categoría de mito. Complicarse, para qué. Saber, para qué. Vivir, para qué. Mientras pueda consumir y pasármelo bien unas horas al día, acepto lo que venga, aunque no aporte nada.

Varios son los intelectuales que, siguiendo la estela de Francisco Giner de los Ríos o Francisco Ferrer Guardia, se han comprometido por mejorar la educación en España. Destaca José Antonio Marina, autor de El libro blanco de la Profesión Docente, y su lucha por la autonomía de los centros educativos y el estímulo de la creatividad y la inteligencia emocional en las aulas. O el esfuerzo de Ángel Lafuente, otrora locutor del NO-DO, por potenciar la capacidad expresiva y el dominio de la palabra de los estudiantes. Tampoco es casualidad si no te suenan sus nombres y si el de otros famosetes sin claro oficio y con mucho beneficio.

Bueno, ya he sido bastante improductivo por hoy. Debería estar  memorizando algo que no me vaya a aportar nada para obtener algún tipo de certificado que me permita ser alguien a ojos de los demás. Pero caray, qué pereza. Y sobre todo, cuánta desmotivación.

Crónicas del gachi (X): una tarde cualquiera en Linarejos

Acudir al estadio el fin de semana constituye una de las pocas actividades rutinarias que en vez de oprimir te libera. Supongo que se debe al hecho de salir de uno mismo y proyectarse en algo más grande, colectivo y hasta cierto punto trascendente. Aunque solo se trate de un club de fútbol. Quienes apoyamos a un equipo pequeño, tal y como el Linares Deportivo, disfrutamos del extraño privilegio de celebrar los pequeños triunfos con gran alegría, además del de haber aprendido a convivir con la amargura. Ser del Linares equivale a convertirse en lector de ensayos y reportajes en un entorno en el que proliferan la literatura de evasión y los libros de autoayuda.

En los días de fútbol, el partido dura mucho más que los noventa minutos reglamentarios. Comienza con la lectura de la previa en la prensa local; continúa con la quedada con los colegas, en mi caso en la estatua de la Paloma o en la puerta de La Gaviota, paso previo a recorrer el Paseo de Linarejos inmerso en una procesión azulilla, más o menos ruidosa según el rival. Y es que en los días de fútbol, el partido, que no el resultado, es lo menos importante.

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El Municipal de Linarejos está desfasado. Sus paredes desconchadas y las pintadas en los muros exteriores, unidos a los hierbajos que crecen salvajes en mitad del descampado que lo rodea causan al aficionado visitante la impresión de haber retrocedido a los años 70. Una pena que reemplazaran el marcador analógico por otro digital. Inmejorable metáfora para una ciudad que en un vacuo intento de modernizarse, derribó sus edificios antiguos y buena parte de su patrimonio monumental a lo largo del siglo XIX. El precio del progreso, dicen.

Mas no todas las buenas costumbres están condenadas a morir. En Linarejos, todavía es posible disfrutar del fútbol de pie. De esa manera observamos la primera parte del Linares-Linense, una tarde noche de sábado a finales de marzo. Los nuestros, como recién ascendidos con más voluntad que acierto y menos suerte que prudencia, salieron al ataque descuidando la defensa. Gol en contra. El público se lamentaba, pero sin dramatismos. Estaban acostumbrados. Sabían que para bien o para mal, el resultado no iba a ser ese, por lo que no dejaron de cantar. Y así fue; segundos antes del pitido que indicaba el descanso, el Linares deportivo consiguió la igualada en el marcador.

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Antes de la reanudación, jugadores y buena parte del público cambiaron de campo. Los locales se armaron de ímpetu y lograron ponerse por delante. Dos a uno a más de media hora del final. No supieron gestionar el tiempo, y en un intento desesperado de anotar el tercer gol recibieron el segundo. Y a partir de aquí prosiguió un duelo a garrotazos que concluyó en empate a nada. Se pudo ganar, también perder. La Balona se trajo a La Línea un punto que la acercaba más a la permanencia que poco después acabó consiguiendo; el Linares se quedó con la diferencia de goles a su favor y dejando un regusto más agrio que dulce propio de los equipos que juegan mejor fuera que en casa.

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Posando para una foto…justo cuando la Balompédica Linense anotó el segundo gol. Fotografía de Antonio del Arco.

Este año nos va a tocar sufrir, repetíamos los aficionados locales, purgando el pecado de la inseguridad en la penitencia del desengaño. Y efectivamente, sufrimos. En cualquier caso, sea cual sea la categoría en la que compitamos, tengo muy claro que volveré a Linarejos la próxima vez que regrese al gachi si mi equipo juega en casa. Por más que el tiempo pase, son los rituales intrascendentes lo que nos generan paz, así como las pequeñas cosas las que hacen la vida.

Y no lo olvidéis: #LinaresNoSeRinde.

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