Un fragmento

A veces sucede que, cuando menos lo esperamos, encontramos algo que nos detiene. Una escena, una melodía, un dibujo. O como en este caso, un fragmento de Isaac Asimov.

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Asimov entronizado con los símbolos de los trabajos de su vida, obra de Rowena Morrill.

Mal acostumbrados a extensos escritos que no dicen nada, a conversaciones huecas y a palabras vacías que solo provocan emociones efervescentes, un texto que sea a la vez breve, claro y profundo supone una excepción digna de reconocimiento. Ahí va:

La Tierra no debería estar dividida en cientos de secciones diferentes, cada una habitada por un solo segmento autodefinido de la humanidad que considera que su propio bienestar y su propia “seguridad nacional” están por encima de cualquier otra consideración.

Soy partidario de la diversidad cultural y me gustaría que cada grupo identificable valorara su patrimonio cultural. Por ejemplo, yo soy un patriota de Nueva York y si viviera en Los Ángeles me encantaría reunirme con otros neoyorquinos expatriados y cantar Give my Regards to Broadway.

No obstante, este tipo de sentimientos deben ser culturales y benignos. Estoy en contra de ello si cada grupo desprecia a los demás y aspira a destruirlos. Estoy en contra de dar armas a cada pequeño grupo autodefinido con las que reforzar su propio orgullo y sus prejuicios.

La Tierra se enfrenta en la actualidad a problemas medioambientales que amenazan con la inminente destrucción de la civilización y con el final del planeta como lugar habitable. La humanidad no se puede permitir desperdiciar sus recursos financieros y emocionales en peleas interminables y sin sentido entre los diversos grupos. Debe haber un sentido de lo global en el que todo el mundo se una para resolver los problemas reales a que nos enfrentamos todos.

¿Se puede hacer esto? La pregunta equivale a: ¿puede sobrevivir la humanidad?

Por tanto, no soy sionista porque no creo en las naciones y porque los sionistas lo único que hacen es crear una nación más para dar lugar a más conflictos. Crean su nación para tener “derechos”, “exigencias” y “seguridad nacional” y para sentir que deben protegerla de sus vecinos.

¡No hay naciones! Sólo existe la humanidad. Y si no llegamos a entender esto pronto, las naciones desaparecerán, porque no existirá la humanidad.

Pocas veces he estado tan de acuerdo con un mensaje así de sencillo. Un minuto de lectura nos descubre la opinión del escritor de ciencia-ficción sobre el nacionalismo, la ecología, la diversidad o el sionismo. Y pone el acento en dos de los peores males nunca resueltos a lo largo de la historia: la ignorancia y los prejuicios.

Qué bien le sentaría a Europa, Estados Unidos y el resto del mundo algo más de Asimov. Y algo menos de lo que tenemos, y de lo que seguramente vendrá.

Diario becario (II): la suerte del principiante

Trabajar en verano deja de ser un oxímoron a partir de cierta edad. Me temo que para siempre. La época estival apenas se notaría en Madrid si no fuera porque buena parte de los comercios se encuentran cerrados y la temperatura es considerablemente superior, aunque soportable para cualquiera que se haya criado al sur de Despeñaperros.

Hasta la fecha he tenido tiempo suficiente para probar casi todas las líneas de metro, muchas veces en el sentido equivocado. También he estado a punto, en más de una ocasión, de arruinar el adelanto de contenidos que reciben los suscriptores de nuestro periódico (bendita sea la labor de los compañeros de Edición). Iniciarse en lo que sea nunca fue sencillo, pero puede ser más llevadero con una actitud receptiva y la predisposición a aprender algo nuevo cada día. Esa es la meta que me planteo al levantarme cada mañana y no hay día en que no la cumpla.

Tanto la ignorancia como el aburrimiento son dos de los peores fantasmas. Te entierran vivo, convirtiendo tu rutina en un suicidio. Aquí, tales espectros se mantienen lejos, gracias a un ambiente estimulante y a la cercanía  y profesionalidad que demuestran casi todos mis compañeros. Como los autores de los reportajes enlazados, sin ir más lejos. El capital humano es muy importante, diría que imprescindible, y en este medio han sabido encontrarlo. En las circunstancias actuales, con continuos vaivenes e inestabilidad perpetua, no existe peor error que descuidar a las personas. Espero que no caigan en él.

Dijo Nietzsche que ningún precio era demasiado alto por el privilegio de ser uno mismo. Tenía razón. Por eso mismo no me importa currar domingos y festivos, además de por las tantísimas personas que darían lo que fuera por disfrutar de esta misma oportunidad.

La fortuna viene y va. Es siempre caprichosa, en ocasiones muy injusta, pero como decían en aquella mítica serie de Interntet, “la suerte nunca se olvida”. Solo espero que me siga teniendo presente durante el tiempo que me queda en esta ciudad.

El último mensaje de Jacques Hamel

La primavera ha sido más bien fría. Si nuestra moral atraviesa un bache, paciencia, el verano está a punto de llegar. Y también el periodo de vacaciones.

Las vacaciones son el momento ideal para distanciarse de nuestros quehaceres habituales. Pero no se trata de un simple paréntesis. Es un tiempo para el reposo, pero también de renovación, de reencuentros, de compartir, de ser amables.

Un tiempo de curación: algunos tomarán unos días para un retiro o una peregrinación. Otros volverán a leer el Evangelio, solos o en compañía, cual palabra que nos da la vida. Otros pueden curarse frente al gran libro de la Creación, admirando los paisajes tan diferentes y tan magníficos que nos acercan a Dios.

Un tiempo en el que podemos escuchar la llamada de Dios para ocuparnos de este mundo y hacer de éste, dondequiera que vivamos, un lugar más cálido, más humano y fraternal.

Un buen momento para reencontrarnos con la familia y los amigos. Un momento para sacar  tiempo y hacer algo juntos. Una época para ser considerados con los demás, sean quienes sean.

Un tiempo para compartir nuestra amistad y nuestra alegría. Para compartir nuestro buen ánimo con los niños y demostrarles la importancia que tienen en nuestra vida.  

Es también un buen momento para la oración y estar pendientes de lo que pasa en nuestro mundo. Para rezar por los que más lo necesitan, por la paz, por la convivencia. 

Todavía sigue siendo el año de la misericordia. Hagamos del nuestro un corazón atento a las cosas bellas, así como a todos aquellos que corren el peligro de sentirse un poco más solos.

Que las vacaciones nos permitan llenarnos de alegría, de amistad y de energía. Solo entonces podremos, mejor equipados, retomar nuestro camino todos juntos.

¡Felices vacaciones a todos!

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Esta fue la última carta parroquial que escribió el padre Jacques Hamel, con fecha del 6 de Junio de este año. Un mes después fue degollado por terroristas islamistas en la parroquia de Saint Étienne-du-Rouvray, Francia, durante el oficio de la eucaristía. Cuando se enteró de la noticia, Mohammed Karabila, presidente del Consejo Musulmán de la región, no podía creérselo. Acaban de matar a un hombre que consagró su vida a los demás, acertó a decir. Eran amigos.

El mundo de hoy no es un lugar seguro. Ni siquiera Occidente. Nuestras opulentas y distraídas sociedades tendrán que acostumbrarse, muy a su pesar, a convivir con el terrorismo. Pero para que éste no triunfe, no se me ocurre nada mejor que hacer caso al padre Hamel e intentar hacer de este mundo “un lugar más cálido, más humano, más fraternal”.

Malditos sean todos aquellos que imponen sus oscuros ideales derramando sangre inocente. Y muy larga a vida a los que, desde el ámbito que sea, les plantan cara. El mundo pertenecerá siempre a estos últimos.

 Que la tierra te sea leve, Jacques.

Diario becario (I): primeros pasos en Metrópolis

Madrid le queda grande a todo el mundo. Incluso a los propios madrileños, una de las tantas minorías dispersas en la ciudad. La eterna capital republicana de este reino es sinónimo de prisa, encarnada en vasos de café para llevar o en estaciones de metro plagadas de velocistas en traje y corbata, cuyas escaleras mecánicas jamas tolerarán la pausa. Pero Madrid también es pasear por la calle ajeno al que dirán, más que nada porque nadie te conoce. O el poder elegir entre distintas y muy variadas ofertas culturales, gastronómicas y de cualquier alimento para el cuerpo y el espíritu. La libertad, al fin y al cabo.

El primero de los meses que aquí me aguardan ha volado sin darme cuenta. Me lo he dejado ubicándome en calles de esta metrópolis, desplazándome de una punta a otra para ir al trabajo o eligiendo qué hacer y con quién en las escasas horas libres que me restan cada semana. Lo cual no deja de ser un cúmulo de privilegios: un curro que me gusta junto a viejos (y nuevos) amigos en un medio que apuesta por la gente joven y las buenas historias. Y un turno no exento de horas, pero que me permite, entre otras cosas, dejar sonar el despertador y permanecer un ratito más entre las sábanas cada mañana. Cuando no echas de menos el no tener nada que hacer significa que estás en el lugar adecuado.

Creo que la mejor manera de aprender algo de España, de sus grandezas y miserias, no es otra que conocer a gente de cada región y vivir una temporada en algún rincón del norte, en otro del sur así como en la capital, en la que me quedan un par de meses más según mi contrato. Soy un tío con suerte.

Estampas sanfermineras

Carretera de Soria dirección Pamplona. A ambos lados, secarral. Por delante, una caravana en la que camiones se alternan con todoterrenos de la Guardia Civil. Acabábamos de pasar un toro de Osborne (otro más). Se echaba de menos a Los Chichos de fondo. Las fiestas de San Fermín, co-patrón de Navarra, habían comenzado 24 horas antes, y allí nos dirigíamos.

En sanfermines, Pamplona muta. Se emborracha. Por las calles se oyen gritos en todos los idiomas, huele a vino mezclado con orina y hace calor. También calor humano. La urbe se convierte durante una semana en aquella que le gustaría ser el resto del año. Sucede lo mismo con quienes allí se encuentran, sean locales o forasteros. No queda ni rastro de la mojigatería de unos o de la cerrazón de otros. Y me encanta.

Es una sensación extraña la de aparecer un día y, de repente, no reconocer a una ciudad en la que has vivido varios años, aun sabiéndote sus calles y entresijos. Creo que a todos nos habrá pasado alguna vez con una persona a la que creíamos conocer.

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Como bien saben los pamplonicas y mal ignoramos los de fuera, no hay mejor lugar para disfrutar del encierro que la propia plaza de toros. Salvo que seas corredor, evidentemente. Desde el graderío de la Monumental se observa como en nigún otro sitio la llegada de los primeros mozos, sin toro detrás, abucheados por su cobardía. Les suceden una horda intermitente de gente entre la que se entremezclan morlacos y cabestros. Por último entrarán los rezagados, a los que nadie hará caso a menos que tengan cuernos y rabo.

Antes de la carrera se puede disfrutar de bailes y charangas junto a los vídeos de una kiss-cam y los comentarios de un disc-jockey/speaker. Tradición y modernidad, lo local y lo extranjero; inmejorable metáfora de unas fiestas de naturaleza popular y a la vez universal. Al final, tras el encierro, salen las vaquillas. Es hora de que se luzcan los recortadores, más o menos amateurs, más o menos talentosos. A día de hoy, el mejor espectáculo que puede verse en un ruedo.

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A partir de las nueve de la mañana, cuando buena parte de la población comienza su jornada laboral si no lo ha hecho ya, Iruña se va a la cama. Toca reponer fuerzas para la tarde-noche siguiente. Aparece entonces el equipo de recogida de basuras.  Ellos son, junto a los sanitarios, los verdaderos héroes de las fiestas, por lograr que se desarrollen de manera ininterrumpida durante 7 días.

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Las conocidas en el extranjero como “fiestas del toro” son, tal vez, los festejos menos taurinos de toda la geografía española. A la plaza de Pamplona se acude a comer, beber, cantar, bailar y conocer gente. No hay manera de prestar atención a la corrida.

La feria de Pamplona es tan peculiar, que no hay peor desgracia para un espectador que tener que ir “a la sombra” por no haber conseguido una localidad de “sol”. Torear en Pamplona equivale, con todo el respeto del mundo, a jugar al fútbol en Estados Unidos, China o cualquier monarquía árabe petro-millonaria.

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Por la noche salen la luna, los fuegos artificiales, la gente y la fiesta. Es inútil urdir planes demasiado precisos: acabarás perdiendo a tus amigos, te encontrarás con otros y harás nuevos. Se trata de una ley innata sanferminera. Tan real como aquella otra de que siempre te quedarán cosas pendientes, porque entre el caos y el gentío te habrá sido imposible cumplir  tus propósitos iniciales. Un desorden que, dado el buen rollo, no deja de ser agradable, además de contrastar radicalmente con la rutinaria vida PTV (pamplonesa de toda la vida).  Y es que todos los días debería ser San Fermín, al menos durante un par de horas.

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Dicen que todo el que prueba los sanfermines repite. No me extraña en absoluto. En mi caso, me comprometo a hacerlo siempre que la vida me lo permita. Gora San Fermín.

Desencanto académico

No me gusta estudiar. Me imagino que a casi nadie; cumplir cualquier obligación en detrimento de tu ocio nunca resulta placentero. En cambio, siempre me agradó el hecho de aprender algo nuevo. Plantearme preguntas acerca de la realidad (y también sobre la ficción) para buscar una respuesta más o menos satisfactoria. Se suponía que mi perfil era el universitario. Que podría estudiar una carrera o incluso alguna más, y que la experiencia académica me iba a resultar especialmente estimulante y satisfactoria. Nada más lejos de la realidad.

El sistema educativo en España es un fracaso. Una eme. De memorístico, masificado o moribundo, por las tantísimas reformas siempre improductivas que ha padecido. Una eme de mierda. Vomitar datos inconexos que pronto olvidarás sobre un papel estandarizado que pronto se perderá. Y en la tan reciente campaña electoral ni siquiera ha sido un tema recurrente. Aunque poco importa, pues el enfoque siempre fue erróneo: no es cuestión de quitar o poner asignaturas, ni de reestructurar horarios, ni de ampliar el nº de plazas para los funcionarios. El mayor problema nunca fue ese, señorías, que no se quieren enterar.

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En mis años de Bachillerato y universidad constantemente debía de sacrificar tiempo de estudio para alimentar mi curiosidad y creatividad. Dicho de otra forma, más de una vez me encontré en la tesitura de elegir entre estudiar y formarme, entre aprobar y aprender, entre desarrollarme como alumno o como persona. Categorías complementarias que un sistema rígido, impersonal, homogeneizador (que no equitativo, ni siquiera igualitario) ha convertido en antónimos, y en el que cualquier mediocre desapasionado pero lo suficientemente sumiso puede encontrar su sitio y prosperar. Me pregunto desde cuándo las nociones de “esfuerzo”, “disciplina” o “sacrificio” se asociaron a  las de”autoridad”, “jerarquía” u “obediencia”. Cuando se condenó la originalidad y al que piensa diferente, y si éstos son males endémicos de mi país o hay más desgraciados en otras partes del planeta.

Y es que esto es lo que hay, dirán. Las cosas no pueden ser de otra manera, afirmarán. No, si tienes razón, pero no manera de cambiarlo, intentarán convencernos, tras probar suerte consigo mismos. Pero no es cierto. Hay mil maneras de hacer las cosas. Tantas como formas de doblar un papel, clavar una chincheta o barrer un suelo.  Con los medios actuales, sin invertir un solo céntimo más, la educación en España podría mejorar infinitamente. Y lo sé, porque he vivido experiencias que lo confirman. Por suerte, además del enorme privilegio que supone haber estudiado un año en Francia, he encontrado docentes más que decentes, cual señor Keating en El club de los poetas muertos.

Cambiar el sistema educativo resultaría sencillo. Casi nada de lo que importa es cuestión de meter más o menos pasta. No es difícil reemplazar los exámenes puramente memorísitcos por ensayos o disertaciones, que además de datos y cifras, te obligan a razonar. O emplear clips de vídeo, audio o canciones, dado el amplio catálogo en abierto que nos facilita Internet. Ni tampoco desarrollar dinámicas de grupo que además del temario, permitan conocer al individuo que se sienta a nuestro lado con el que tal vez compartamos algo más que una asignatura. Son solo algunos ejemplos de mejoras a coste cero. Pero dejemos de soñar, ninguna de ellas se implementará. Falta lo más importante: actitud e interés.

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Viñeta de Forges.

En el fondo, al poder le interesa mantenernos ignorantes. Ciudadanos (mejor dicho, súbditos) que no piensen ni se cuestionen nada, tampoco su rol en este juego. Ni el de los que mandan. No van a complicarse la vida ni a poner en juego sus privilegios.  Y lo peor es que nosotros lo aceptamos; preferimos ser estúpidos libertos con coche, casa, contrato fijo y vacaciones que saborear la libertad, cuya  sublime dulzura la ha elevado a la categoría de mito. Complicarse, para qué. Saber, para qué. Vivir, para qué. Mientras pueda consumir y pasármelo bien unas horas al día, acepto lo que venga, aunque no aporte nada.

Varios son los intelectuales que, siguiendo la estela de Francisco Giner de los Ríos o Francisco Ferrer Guardia, se han comprometido por mejorar la educación en España. Destaca José Antonio Marina, autor de El libro blanco de la Profesión Docente, y su lucha por la autonomía de los centros educativos y el estímulo de la creatividad y la inteligencia emocional en las aulas. O el esfuerzo de Ángel Lafuente, otrora locutor del NO-DO, por potenciar la capacidad expresiva y el dominio de la palabra de los estudiantes. Tampoco es casualidad si no te suenan sus nombres y si el de otros famosetes sin claro oficio y con mucho beneficio.

Bueno, ya he sido bastante improductivo por hoy. Debería estar  memorizando algo que no me vaya a aportar nada para obtener algún tipo de certificado que me permita ser alguien a ojos de los demás. Pero caray, qué pereza. Y sobre todo, cuánta desmotivación.

Crónicas del gachi (X): una tarde cualquiera en Linarejos

Acudir al estadio el fin de semana constituye una de las pocas actividades rutinarias que en vez de oprimir te libera. Supongo que se debe al hecho de salir de uno mismo y proyectarse en algo más grande, colectivo y hasta cierto punto trascendente. Aunque solo se trate de un club de fútbol. Quienes apoyamos a un equipo pequeño, tal y como el Linares Deportivo, disfrutamos del extraño privilegio de celebrar los pequeños triunfos con gran alegría, además del de haber aprendido a convivir con la amargura. Ser del Linares equivale a convertirse en lector de ensayos y reportajes en un entorno en el que proliferan la literatura de evasión y los libros de autoayuda.

En los días de fútbol, el partido dura mucho más que los noventa minutos reglamentarios. Comienza con la lectura de la previa en la prensa local; continúa con la quedada con los colegas, en mi caso en la estatua de la Paloma o en la puerta de La Gaviota, paso previo a recorrer el Paseo de Linarejos inmerso en una procesión azulilla, más o menos ruidosa según el rival. Y es que en los días de fútbol, el partido, que no el resultado, es lo menos importante.

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El Municipal de Linarejos está desfasado. Sus paredes desconchadas y las pintadas en los muros exteriores, unidos a los hierbajos que crecen salvajes en mitad del descampado que lo rodea causan al aficionado visitante la impresión de haber retrocedido a los años 70. Una pena que reemplazaran el marcador analógico por otro digital. Inmejorable metáfora para una ciudad que en un vacuo intento de modernizarse, derribó sus edificios antiguos y buena parte de su patrimonio monumental a lo largo del siglo XIX. El precio del progreso, dicen.

Mas no todas las buenas costumbres están condenadas a morir. En Linarejos, todavía es posible disfrutar del fútbol de pie. De esa manera observamos la primera parte del Linares-Linense, una tarde noche de sábado a finales de marzo. Los nuestros, como recién ascendidos con más voluntad que acierto y menos suerte que prudencia, salieron al ataque descuidando la defensa. Gol en contra. El público se lamentaba, pero sin dramatismos. Estaban acostumbrados. Sabían que para bien o para mal, el resultado no iba a ser ese, por lo que no dejaron de cantar. Y así fue; segundos antes del pitido que indicaba el descanso, el Linares deportivo consiguió la igualada en el marcador.

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Antes de la reanudación, jugadores y buena parte del público cambiaron de campo. Los locales se armaron de ímpetu y lograron ponerse por delante. Dos a uno a más de media hora del final. No supieron gestionar el tiempo, y en un intento desesperado de anotar el tercer gol recibieron el segundo. Y a partir de aquí prosiguió un duelo a garrotazos que concluyó en empate a nada. Se pudo ganar, también perder. La Balona se trajo a La Línea un punto que la acercaba más a la permanencia que poco después acabó consiguiendo; el Linares se quedó con la diferencia de goles a su favor y dejando un regusto más agrio que dulce propio de los equipos que juegan mejor fuera que en casa.

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Posando para una foto…justo cuando la Balompédica Linense anotó el segundo gol. Fotografía de Antonio del Arco.

Este año nos va a tocar sufrir, repetíamos los aficionados locales, purgando el pecado de la inseguridad en la penitencia del desengaño. Y efectivamente, sufrimos. En cualquier caso, sea cual sea la categoría en la que compitamos, tengo muy claro que volveré a Linarejos la próxima vez que regrese al gachi si mi equipo juega en casa. Por más que el tiempo pase, son los rituales intrascendentes lo que nos generan paz, así como las pequeñas cosas las que hacen la vida.

Y no lo olvidéis: #LinaresNoSeRinde.

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Carmen Linares: el arte de la sencillez

Tal y como hiciera el más célebre personaje cervantino, Carmen Pacheco decidió añadir al suyo el nombre de su patria y llevarlo consigo antes de recorrer el universo de los tablaos. Varias décadas más tarde, Carmen Linares se ha convertido en una leyenda viva del Flamenco. Su reconocimiento resulta unánime, incluso por parte de aquellos no iniciados en este noble arte. Así quedó demostrado el pasado miércoles 18 de mayo, tras el recital ofrecido en el Museo de la Universidad de Navarra.

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La cantaora Carmen Linares. Fotografía de Ana Palma.

Carmen Linares ofreció al público navarro un repertorio rico y equilibrado, aunque no extenso, que incluyó nanas populares y poemas versionados de Juan Ramón Jiménez y Federico García Lorca y en el que se atrevió con palos tan distintos como las cantiñas, los fandangos o un cierre apoteósico por bulerías. Incluso, a petición de un espontáneo, hubo lugar para las tarantas, ese canto desgarrao de su tierra, que también es  la mía. Un detalle que hizo un favor al desarrollo espectáculo, porque como bien saben los entendidos, el flamenco y esa chispa que algunos llaman espontaneidad y otros improvisación son del todo indisociables. De ahí la grandeza de este género.

Cuando era pequeño solía decir que no me gustaba el folclore. Justificaba mi ignorancia bajo una máscara de desinterés e indiferencia, incluso de soberbia intelectual, al menospreciar el mérito de sus músicos y comparar su labor o formación con la de otros. Grave error del que me percaté gracias a la actuación de  una paisana, dotada de un talento solo comparable al de su sencillez y naturalidad. Carmen Linares, seguramente sin proponérselo, ha conseguido intelectualizar el flamenco, convirtiéndolo en patrimonio cultural, sin por ello echar a perder sus raíces populares y toda esa impronta oral casi mitológica, muy ausentes en una Europa que hace tiempo que se convirtió al Racionalismo.

Me gusta pensar que el Arte, así como la Cultura, son universales. Que están por encima del hombre pero que le son accesibles, y que cualquiera, al margen de sus circunstancias y condiciones, puede emocionarse con una gran obra, o que al menos podría llegar a hacerlo si hiciera el esfuerzo de cultivarse. La prueba, las repetidas ovaciones y aplausos durante toda la actuación de Carmen Linares en el auditorio del Museo de la Universidad de Navarra, el pasado miércoles 18 de Mayo.

El chovinismo nunca trajo nada bueno, lo sé. Pero tras asistir a un espectáculo de una artista sin un atisbo de pretensión ni egolatría, que daba muchas veces las gracias y muy pocas órdenes, uno no puede sentir sino orgullo de haberse criado en el Gachi. Gracias por todo, Carmen Linares. Firmado: un paisano orgulloso.

Agustito en Las Palmas

Las islas Canarias tienen su propio ritmo. Tricontinental. Una mezcla de las danzas tribales africanas, encarnadas en sus paisajes; de los ritmos caribeños y latinoamericanos, presentes en los rostros y en la forma de vida de su gente;  también del clasicismo oriundo del viejo continente, al que aspiraban a representar en 2019 como Capital Europea de la Juventud. Todo ello otorga un encanto especial a este archipiélago ubicado frente al Sáhara, del que pude impregnarme hará cosa de un mes.

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Viajar, en sentido estricto, es renunciar al reloj. Cuatro días, dos de ellos de trabajo, no son suficientes para conocer bien siquiera un único lugar. En mi primera estancia en en esta tierra se quedaron pendientes seis de las islas, casi todo el territorio de Gran Canaria y buena parte de su capital, Las Palmas. Incluso nos faltó tiempo para disfrutar de sus playas. Pero los paseos por la zona universitaria, el barrio de Vegueta, la plaza de San Telmo, todo el centro histórico o el puerto deportivo bastaron para que me llevase una más que grata impresión del territorio insular, así como de sus habitantes. Porque conecté con ellos, en el sentido más espiritual  del término.

Varios detalles captaron mi atención nada más aterrizar en el aeropuerto de la isla. La tranquilidad de la gente, su amabilidad con los forasteros (ya sean guiris o godos/peninsulares) o un acento difícil de distinguir del español de Cuba o Venezuela, que parecen resultar consecuencia y a la vez causa de un agradable clima tropical inmune a los fríos continentales. Bajo estos rasgos, aparentemente intrascendentes, subyace una premisa con la que no podía estar más de acuerdo: la vida nos fue dada para disfrutarla en buena compañía.

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Una sencilla filosofía que contradice tanto al afán de éxito, reconocimiento y riquezas materiales, como a la nuevas espiritualidades new age egoístas e indisociables del ocio y del consumo, que tanto maltratan el subconsciente del hombre contemporáneo. Y es que el sentido de la vida, tal vez, se resuma en trabajar una hora menos y aprovecharla para compartir unas papas arrugás acompañadas de cerveza Tropical con los colegas o la familia, comentando todo lo que ha dado de sí el día y lo todo bueno que nos queda por hacer a lo largo de las jornadas venideras.

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Mi impresión, no obstante, es muy sesgada. Todo viajero disfruta de las particularidades, del mágico carpe diem de los destinos que visita, quedando así exento del tedioso día a día, patrimonio exclusivo de los lugareños. Además, las oportunidades laborales y de desarrollo o la oferta cultural para los jóvenes insulares son reducidas en comparación con las de otros territorios de la Península. El Turismo es el único sector en el que se puede prosperar a nivel profesional. Una opción desde luego muy respetable, responsable de que ahora sienta nostalgia por el casi inmejorable trato recibido en la isla, pero que andará bien lejos de satisfacer buena parte de las inquietudes y vocaciones de una población muy alegre y dinámica, condenada al aislamiento por motivos meramente geográficos. Una lástima que se hayan quedado a las puertas de convertirse en Capital Europea de la Juventud. Organizar un evento internacional de tales características hubiera supuesto un bálsamo para las arcas y las necesidades materiales e intangibles del gobierno insular y de sus ciudadanos. En cualquier caso, para quienes merecen lo mejor siempre llegan segundas oportunidades.

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Actuación de El hilo de Ariadna en la plaza de San Telmo.

Repito, cuatro días incompletos no bastan para conocer un lugar, tampoco ninguna de sus peculiaridades. Mucho menos cuando la finalidad del desplazamiento no ha sido el ocio y el disfrute. Aún así, como todo buen viaje, me aportó mucho. Personas, paisajes, conversaciones, destrezas más o menos profesionales, experiencias. Todo aquello  que integra la siempre difusa categoría de los recuerdos. También me regaló más de una certeza, como que siempre hay formas distintas de vivir y hacer las cosas a las que estamos acostumbrados, que la juventud ha de convertirse en el motor que impulsa toda sociedad que aspire a mejorar o que, por la razón que sea, hay entornos en los que uno se siente en paz, cómodo. Agustito. Las islas Canarias y Las Palmas son uno de esos lugares. Por eso mismo, estoy convencido de más pronto que tarde, volveré. Hasta la próxima, chachos.

PD: Merecen una mención y agradecimiento especial el Gobierno de Canarias, así como los Consejos de la Juventud de España y de Navarra, por la organización y participación en el evento que me permitió realizar este viaje. También Amaya, David, Letizia, por la casi inmejorable compañía durante éste. Y  Edu, por lo anterior y por brindarme esta increíble oportunidad de crecer al haber confiado en mi previamente.

Y Luis López Alí, por haberme creado muy buenas expectativas sobre su ciudad natal. De hecho, creo que se quedó corto. 

 

Crónicas del gachi (IX) : previa imprevista de un clásico andaluz

Publicado originalmente en mi muro de Facebook.

A veces el destino nos reserva un final trágico, como en las obras de Shakespeare o Sófocles. En el fútbol, lo más importante entre lo menos importante, estos dramas se palpan muy a menudo. Con 39 puntos y 6 por disputar, el Linares Deportivo se encuentra ahora mismo en fase de descenso directo a Tercera División. Sabíamos que iba ser duro, pero nadie presuponía tanta igualdad al inicio de temporada. Ni tampoco que sería posible perder la categoría con 45 puntos.

Esta tarde, los azulillos disputarán su “clásico” frente el eterno rival, el histórico Real Jaén, a las 18:00 en el Municipal de Linarejos. Ganar no garantiza nada, mientras que no hacerlo les puede condenar a lo peor. No deja de ser una gran lección de vida: no siempre basta con dar lo mejor de uno para alcanzar nuestras metras, pero aún así, a pesar de la falta de certezas y con no se sabe muy bien qué fuerzas, hay que seguir peleando. Simplemente, no cabe otra posibilidad.

Ayer releí esta entrada escrita en junio del año pasado, tras el ascenso en Castellón. “Te derrotan no los que te tiran al suelo, sino quienes te roban la alegría. En estos seis años nada ni nadie lo ha conseguido, por eso hemos vuelto. No nos dejemos vencer ahora, en la categoría que nunca debimos perder […]El verdadero drama de este ascenso no será volver a descender el año que viene, sino encontrarse un campo medio vacío, con más camisetas del Barça o del Madrid que azulillas”.

Creo que las palabras siguen siendo válidas en el momento presente. Por eso, pase lo que pase esta tarde, con el pesar de no poder acudir a la vieja grada de Linarejos, me sentiré orgullosísimo de, como dicen en Argentina, apoyar a un “equipo chico”. Sé que no me entenderán nunca, pero me compadezco de los culés y merengones incapaces de ver grandeza en estas pequeñas historias. Qué suerte tenemos los azulillos. Hoy y siempre, ‪#‎VamosLinares‬.

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Jugadores del Linares Deportivo celebrando un gol. Fotografía de Antonio del Arco.

Posdata: LO LOGRAMOS. Linares 1- Real Jaén 0. Vivos hasta la última jornada y además vengándonos del eterno rival. Y dependemos de nosotros mismos para evitar el descenso directo. Qué bien sabe el aire nuevo cuando se te ha olvidado respirar.